Antigua piscina en la ensenada de Jaimanitas, destruida. / FRANK CORREA DDC.-

 

 

La Habana cumplió 500 años, brindaron por eso. El viejo Atila recordó que antes de la revolución, desde la desembocadura del río y por toda la orilla de la ensenada la costa estaba llena de restaurantes y bares.

 

 

Por Frank Correa / DDC, La Habana.-

—Por algún cumpleaños, para ver un partido de fútbol o con cualquier otro pretexto, los pescadores de Jaimanitas se reúnen a menudo en casa del viejo Pejediente y se cuentan historias.

“Estaban los clubes La Playa y Miami, con sus cantinas y casetas para alquilar trusas, equipos de buceo, bicicletas. La ensenada siempre estaba concurrida. Había una piscina. La arena de la playa era blanca y el agua siempre estaba limpia

La Habana cumplió 500 años, brindaron por eso. El viejo Atila recordó que antes de la revolución, desde la desembocadura del río y por toda la orilla de la ensenada la costa estaba llena de restaurantes y bares.

“Estaban los clubes La Playa y Miami, con sus cantinas y casetas para alquilar trusas, equipos de buceo, bicicletas. La ensenada siempre estaba concurrida. Había una piscina. La arena de la playa era blanca y el agua siempre estaba limpia.

“En la desembocadura del río había un bar con un cañón del tiempo de la colonia, que Eusebio Leal recogió. También había seis cabañas de un norteamericano apellidado Harris, que las alquilaba. Con la revolución se acabó todo eso. Las cabañas de Harris las convirtieron en cuarterías y la playa en un basurero”, dijo Atila.

El fondo de la casa de Pejediente da a la ensenada. Su patio baja hasta la arena, donde reposan tres botes rústicos, con restos de sangre y escamas en las popas blancas, de poli espuma.

En un taburete, el viejo Atila recordó a los más jóvenes el origen de su alias:

“Fue a principio de los años 60, cuando reunieron a los pescadores de Jaimanitas en una cooperativa y el Comandante, que era aficionado a la pesca y al buceo, acababa de mudarse para acá. Visitó la cooperativa. Salió a pescar con pescadores escogidos. Se quedó maravillado conmigo y cómo cogía peces. Al atracar por Guardafronteras me puso una mano en el hombro y me dijo ‘Atila, porque por donde pasa el anzuelo no queda ni el alga'”.

Ñico informó que no aparecía oro desde hacía un mes, cuando Mingo encontró, buceando, una argolla de oro 14 de tres gramos en la playa La Conchita.

Chiqui, que es buzo y salvavidas, con un vaso lleno de ron en alto, brindó porque en Cuba ya no se podía ser ni salvavidas.

“No hay ni siquiera torretas, que es lo menos que debe tener un salvavidas. Ni dan vestuario, ni caretas, ni patas de ranas, ni silbatos, ni flotadores. Un salvavidas hoy es un bañista”.

Chiqui comentó que la última noticia del pueblo era la detención de Rascacio, acusado de portar calandraca.

“Un patrullero lo detuvo en la calle descalzo y sin camisa, le preguntó qué llevaba en el saco. Rascacio le regó el contenido sobre la acera y los policías, que en su vida habían visto una calandraca, notaron que ‘los tubos’ se movían. Lo esposaron y lo llevaron a la estación, con la evidencia. Dicen que eran pinareños”.

Todos los pescadores ríen.

La otra noticia que recordó Chiqui fue el derrumbe de la casa de Margot, la espiritista, quien desde hacía tiempo quería repararla, pero no le daban ningún subsidio. Margot había jurado el arreglo para este año. Sacó cuentas de los materiales y los precios y vio que con lo que ganaba en las consultas no le alcanzaba.

Chiqui representó la escena:

“Margot se paró frente a sus santos y los reprendió duramente por la poca ayuda que daban. Les dijo que en lo adelante solo tendrían comida, ron y velas cuando dieran una prueba de estar con ella. ¡Y procuren que sea rápido!, les gritó y salió al portal, cuando escuchó el estruendo. Se volteó y la casa estaba en el piso. Casi la mata”.

Antes de despedir a sus invitados, Pejediente preguntó si habían entrado los anzuelos 16, que andan perdidos. Chiqui, medio borracho, le dijo que no había anzuelos, ni atarrayas, ni jamos, ni nasas, ni plomadas, ni vergüenza.