F.C., primero a la I y Juan Almeida, el cuarto de I a D, entre los detenidos en el Vivac de Santiago de Cuba. El Tte. Pedro Sarria, jefe del Destacamento que detuvo al líder de los asaltantes, segundo a la D. Foto de archivo.-

“La historia, definitivamente, lo dirá todo.”

Fidel Castro, 16 de octubre de 1953.

 

 Vicente Morín Aguado / CUBAneate. com

—En la madrugada del 26 de julio de 1953 Fidel Castro comandó el asalto al cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar de Cuba. Fracasó, pero la acción, insólita en la historia, marcó el nacimiento de la revolución cubana, que ahora enfrenta el fin de la utopía desatada por el paladín de la izquierda mundial hace 67 años.

Algo más de seis décadas de recuento histórico han esclarecido sumariamente los hechos. La primera conclusión del examen que el propio Castro se propuso al cerrar sus cuatro horas de autodefensa, frente al tribunal que le juzgaba por aquella asonada militar, es que, en los actos cruciales de su vida ha mediado frecuentemente una distancia entre el plan, la palabra y lo sucedido en consecuencia.

El relato inicial de aquella acción armada lo escribió el propio Comandante desde una celda de la prisión de Isla de Pinos, se tituló La Historia Me Absolverá. Supuestamente era una reconstrucción de la defensa frente a los jueces, pronunciada el 16 de octubre de aquel año. Basta leer el párrafo final para comprender la hábil manipulación de los hechos que aflora en sus palabras: “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá.” (1)

No solo había cambiado la frase final del discurso original por otra, digamos, de mayor contundencia, algo perdonable si de política se trata; Fidel Castro mentía deliberadamente. Una carta escrita también desde su encierro, a un amigo, el 4 de abril de 1954, lo confirma: “Me voy a cenar: spaghetti con calamares, bombones italianos de postre, café acabadito de colar y después un H. Upman 4. ¿No me envidias? Me cuidan, me cuidan un poquito entre todos… No le hacen caso a uno, siempre estoy peleando para que no manden nada. Cuando cojo sol por la mañana, en shorts y siento el aire de mar, me parece que estoy en una playa, luego un pequeño restaurante aquí. ¡Me van a hacer creer que estoy de vacaciones! ¿Qué diría Carlos Marx de semejantes revolucionarios?”. (2)

Convertido en gobernante, el opúsculo de la prisión es hoy el documento fidelista de mayor difusión en el mundo. Simultáneamente, la metódica de Clío ha funcionado, proporcionándonos materiales para cumplir aquella evocación sencilla del joven abogado que entonces, justamente se defendía, realmente lo último dicho por él fue; “La historia, definitivamente, lo dirá todo.”

Cuenta Castro: (Las citas, de La Historia Me Absolverá salvo otra aclaración)

“Es cierto igualmente que el ataque se realizó con magnífica coordinación. Comenzó simultáneamente a las 5:15 a.m., tanto en Bayamo como en Santiago de Cuba, y, uno a uno, con exactitud de minutos y segundos prevista de antemano, fueron cayendo los edificios que rodean el campamento.”

De Bayamo nada diremos porque no hubo asalto, unos 28 complotados dispararon algunos tiros sin penetrar en el cuartel. De ellos 13 fueron asesinados por el ejército al capturarlos. Seguimos con el ataque principal.

Asalto al Moncada. Foto de la prensa de la época. / Archivo.-

Eran 135/136 asaltantes de un auténtico plan comando, digno del mejor guión de Hollywood. Sigue narrando F. C., cuya sacralidad reconocida ha impedido desmentidos públicos, aunque hay excepciones:

“Abel Santamaría, con veintiún hombres, había ocupado el Hospital Civil; iban también con él para atender a los heridos un médico y dos compañeras nuestras. Raúl Castro, con diez hombres, ocupó el Palacio de Justicia; y a mí me correspondió atacar el campamento con el resto, noventa y cinco hombres. Llegué con un primer grupo de cuarenta y cinco, precedido por una vanguardia de ocho que forzó la posta tres. Fue aquí precisamente donde se inició el combate, al encontrarse mi automóvil con una patrulla de recorrido exterior armada de ametralladoras. El grupo de reserva, que tenía casi todas las armas largas, pues las cortas iban a la vanguardia, tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de una ciudad que no conocían. Debo aclarar que no albergo la menor duda sobre el valor de esos hombres, que al verse extraviados sufrieron gran angustia y desesperación. Muchos de ellos, detenidos más tarde, recibieron la muerte con verdadero heroísmo.”

F.C. interrogado por el coronel Chaviano, jefe militar del Moncada.-

Recordemos que estamos leyendo un texto escrito meses después de lo sucedido. Sin embargo, contiene una falsedad significativa, resaltada por el hermano menor, Raúl, en un texto publicado, poco conocido, de 1961: “El grupo de reserva a que hace Fidel alusión y que se extravió, más tarde pudimos comprobar que se perdió en la ciudad; porque el automóvil que iba al frente del mismo desertó y, en su huida, se llevó el resto de los compañeros. Es decir que los hombres que atacaron al Moncada, contando los 21 del Hospital Civil, los 7 del Palacio de Justicia y los ocho que tomaron la posta tres, más los 45, al frente de los cuales iba Fidel fueron en total: 87 hombres.” (3)

Lester Rodriguez, jefe real del grupo que ataco el Palacio de Justicia en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953.-

Cuentas posteriores reducen la cifra a 85. Es decir, de una forma u otra, 50 movilizados evadieron el combate. Otra mentira se refiere al propio hermanito consentido, quien aceptó calladamente su protagonismo en la supuesta toma del Palacio de Justicia. Está probado que el mando de esta acción recayó en el combatiente Léster Rodríguez junto a 5 hombres, uno de ellos el joven Castro de 22 años. Tratándose de un domingo de carnaval, había en el enorme edificio un solo custodio, hombre entrado en años que no opuso resistencia.

Subieron a la azotea y tropezaron con un alto muro perimetral, que impedía disparar hacia El Moncada. Resumen: 6 hombres perdidos en una acción inútil. Acudieron al sálvese quien pueda a la señal de retirada, recibida bien temprano, y está probado que el Castro menor dio negativo al aplicársele la parafina. Ni siquiera disparó un tiro.

La realidad frente al cuartel, que albergaba unos 200 y tantos hombres de una plantilla de 400, fue muy distinta del guión cinematográfico.

Todos los asaltantes vestían uniformes del ejército para causar sorpresa y entrar sin contratiempos. La vanguardia, en el carro No. Uno, bajo el mando del único santiaguero convocado, Renato Guitart, y posiblemente la primera baja en combate, alcanzó la posta # 3, según lo previsto, a las 5:20 AM, diez minutos después de su partida de la conocida Granjita Siboney, punto de reunión general.

No fue posible engañar completamente a los guardias, un sargento intentó tocar alarma, le dispararon y antes de morir consiguió hacer sonar el dispositivo. Casi simultáneamente pasaba una guardia móvil, se percató de algo raro, otro disparo, otro soldado muerto y comenzó el combate.

Varios asaltantes penetraron en un barracón cercano donde dormían alrededor de 50 guardias, eran solo tres, sin ametralladoras, los soldados se espabilaron, repelieron el ataque, muertos de ambos bandos, pero hasta allí llegó la penetración en la fortaleza.

La idea de vestir uniformes del ejército resultó nefasta, hubo fuego amigo de consecuencias mortales. Gustavo Arcos, compañero de Fidel en el segundo auto, fue herido por esta vía. Es natural que entre compañeros se oculten las tragedias, basta con el testimonio del combatiente Severino Rosell: “No olvidaré jamás la confusión que tuvimos con Pepe Suárez Blanco. Él iba vestido de completo uniforme kaki y parecía un soldado batistiano. Benítez, que no lo conocía bien, a pesar de estar herido le apuntó con su rifle 22 y cuando iba a disparar, me di cuenta de que era Pepe el que pasaba en su auto junto a nosotros e impedí que hiciera fuego. Por su parte Suárez Blanco también le había confundido y estuvo a punto de disparar.”

Jesús Montané, quien llegaría a Comandante y Ministro, amplía sobre la confusión reinante: “Muchos compañeros que no conocían la topografía del Moncada, equivocadamente entraron en las casas aledañas al cuartel, creyendo que eran parte de la fortaleza.”

La llegada de unos soldados pertenecientes a la banda musical, de vuelta desde los carnavales, creó un doble fuego que debieron enfrentar los bisoños combatientes.

Desde el Hospital, las enfermeras y el Doctor Mario Muñoz estuvieron a gran altura humana. Sus compañeros disparaban bien, pero no estaban dentro del cuartel.

Melba Hernández muestra sus dotes adicionales de cronista: “Cuando nos bajamos en el Hospital, ya tuvimos que atravesar el espacio hacia la puerta bajo fuego graneado. La batalla estaba andando. Casi en seguida que llegamos tuvimos que atender heridos: los dos primeros fueron soldados de la dictadura que levantamos del suelo inútilmente: estaban muertos. Más tarde llegó uno de los nuestros, herido de bala a sedal en el vientre. Luego llegaron más y más. Pero el ruido de los balazos disminuía y eso era un signo malísimo. [Luego] “Entró Abel y nos hizo notar que los disparos venían de un solo frente de los que se habían señalado para el ataque al Mancada. Esto era señal de que habíamos fracasado: Eran como las ocho de la mañana. Abel nunca perdió la serenidad. Nos llamó a las dos aparte y nos dijo: Estamos perdidos. Ustedes saben igual que yo lo que me va a pasar a mí y posiblemente a todos. Escóndanse por el Hospital. Ustedes son las que más oportunidad tienen de salvar la vida. Conserven la vida de cualquier manera. Tiene que quedar alguien para contar lo que pasó aquí”.

F.C prisionero del Ejercito Nacional.-

Retirada fue la palabra de orden, dada muy pronto por el mayor de los Castro:

“Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis francotiradores que, al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al Ejército”.

Dice José Ponce: “Protegidos por el carro comenzamos a responder al nutrido fuego de la soldadesca. Así transcurrió largo rato. Entonces observé que algunos de los compañeros de la avanzada iniciaban la retirada, cumpliendo órdenes de Fidel”.

Otra vez Severino Rosell: ”El tiroteo duraba una hora acaso. Fidel dio la orden de retirada. Trabajosamente pudimos llegar a nuestro carro.”

La escapada de Ramiro Valdés, hoy Comandante de la Revolución y Héroe nacional,

es el mejor testimonio de aquella estampida, continúa Rosell: ”Recuerdo a Ramirito Valdés, guiando su auto con las gomas ponchadas por las balas. Parecía aquello una cosa de locos, pues el vehículo daba grandes tumbos y parecía que iba a chocar contra las aceras y las paredes de las casas. Todavía no me explico cómo fue que Ramiro pudo salir de allí”.

El gran jefe, en sabia huida, hace el resumen final: “Pude reunir otra vez, en Siboney, la tercera parte de nuestras fuerzas; pero ya muchos estaban desalentados. Unos veinte decidieron presentarse; ya veremos también lo que ocurrió con ellos. El resto, 18 hombres, con las armas y el parque que quedaban, me siguieron a las montañas”.

Los militares perdieron 19 soldados y 30 fueron heridos. El comando forjado por Castro mayor tuvo 9 bajas mortales y 52 prisioneros que serían asesinados durante aquel día.

En La Historia Me Absolverá la arenga alcanza el paroxismo dramático al narrar su autor actos de salvaje tortura, vinculados a interrogatorios que jamás tuvieron lugar. No se sabe si algo de estas declaraciones fue dicho durante el juicio o es una invención posterior del autor al escribir desde su cómoda celda.

“Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría, y dirigiéndose a la última mostrándole el ojo, le dijeron: ‘Este es de tu hermano, si tú no dices lo que no quiso decir, le arrancaremos el otro’. Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó llena de dignidad: ‘Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo”.

Se infiere que Abel estaba siendo torturado en ese momento y ellas en un calabozo.

El historiador Antonio de la Cova (4), después de 30 años investigando, de recopilar 115 testimonios grabados, 132 documentales y asimilar cuanto se ha escrito sobre el tema, concluye que tales actos, y otros similares, jamás ocurrieron. Castro, declarado amante de Best Sellers como El Perfume, de Patrick Suskind, había desatado el resquicio macabro de su imaginación; tal vez eran los remordimientos por degustar espaguetis con calamares en aquella prisión “preñada de amenazas, de ruin y cobarde

ensañamiento”.

Melba Hernández y Haydée Santamaria, prisioneras en el Moncada.-

Mejor hablaron Melba y Haydée, la primera contó: “Alrededor de las siete de la noche de aquel día terrible en que la soldadesca venía a rendirnos cuenta constantemente de sus atrocidades, un sargento que hasta entonces se había mantenido discretamente y no había participado en aquellos hechos siniestros, se acercó a nosotras. Le dio un pañuelo blanco a Haydée y le dijo: -Toma, lo vas a necesitar. Lo que ustedes esperaban, pasó ya”.

Ambas mujeres se encontraban presas, no exactamente en un calabozo, era el salón de oficiales, de alguna forma conectado con un sótano a donde llevaban los prisioneros. Haydée Santamaría terminó dándose un tiro en fecha no precisa que el gobierno decretó 28 de julio de 1980. La internet no existía, pero en 1964 había dejado un recuerdo de la tragedia: “El hombre se nos acercó. Sentimos una nueva ráfaga de ametralladoras. Corrí a la ventana. Melba corrió detrás de mí. Sentí las manos de Melba sobre mis hombros. Vi al hombre que se acercaba y oí una voz que decía: ‘han matado a tu hermano’;. Sentí las manos de Melba. Sentí de nuevo el ruido del plomo acribillando mi memoria. Sentí que decía “las nueve” sin reconocer mi propia voz: ‘¿Ha sido Abel?’; El hombre no respondió. Melba se me acercó. Toda Melba eran aquellas manos que me acompañaban. ‘¿Qué hora es?’ Melba respondió: ‘Son las nueve.’ Estos son los hechos que están fijos en mi memoria, pero desde aquel momento ya no pensé en nadie más, entonces pensaba en Fidel.”

Fidel había escapado a las lomas cercanas, buscando las alturas de El Caney, que sobrepasan los mil metros en la Gran Piedra. Deambulaba el grupo, extenuado, sin rumbo fijo, a merced de la bondad de los campesinos. Muertos de hambre y frío, dormidos, los sorprende una patrulla del ejército al mando del Teniente Pedro Sarría. Junto al ilustre fugitivo quedaban dos hombres, el resto, disperso, iba entregándose a sus rastreadores.

Sin mucho esfuerzo cinco rebeldes más fueron encontrados aquel primero de agosto, sumando 8 prisioneros que fueron llevados directo al Vivac de Santiago de Cuba. Entre los nombres sobresale Juan Almeida Bosque, futuro Comandante, generalmente reconocido como el tercero en la jerarquía histórica de la Revolución entrada en años.

Interrogados antes de cerrarse los barrotes, Fidel jugó su última y hábil carta: rechazó la prueba de la parafina, alegando su condición de máximo responsable de los sucesos del Moncada, por ser el Jefe. Nada arriesgaba entonces porque era imposible ocultar su figura, además, Monseñor Pérez Serantes, arzobispo de Santiago de Cuba, había publicado el 29 de julio una carta pastoral con la siguiente aseveración: “Ha de haber piedad cristiana para los vencidos, hechas las diligencias conducentes, podemos asegurar a nuestro amado pueblo que estos justos anhelos se han de ver plenamente cumplidos. Tenemos la promesa personal y formal del Jefe del Ejército de esta Región, y confiamos en su pundonor militar y en su palabra de caballero, lo mismo que confiamos en los servidores de la Patria a sus órdenes, añadía el Arzobispo”.

El gran jefe de comandos había salvado la vida. De paso evitaba el estigma de una prueba documental, incontrastable, de que en toda la aventura jamás disparó un tiro.

En la extrema D, F.C. al prestar declaracion sobre el asesinato ante el Tte. Ortega Chomat. El disparo que mató a Manolo Castro es el único que la historia recoge disparado por, el entonces estudiante de derecho, Fidel Castro. / Foto del periódico HOY del 26 de febrero de 1948.-

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Vicente Morín Aguado. Julio 26 de 2020.

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NOTAS:

(1) Pueden consultarse múltiples ediciones de La Historia Me Absolverá. Preferir las más antiguas,

impresas en Cuba.

(2) Mario Mencía, La Prisión Fecunda, 1980. Pág. 74. Hay otros dos libros suyos de obligada

consulta: El Grito del Moncada, 1986 y El Moncada: La Respuesta Necesaria, 2006.

(3) Este y los siguientes testimonios de combatientes, tomados de Relatos del Moncada.

Testimonios de los comandantes Raúl Castro, Pedro Miret, Jesús Montané y José Ponce, así

como los combatientes Haydée Santamaría, Melba Hernández, Rubén Castillo, Severino Rosell

y Andrés Castillo. Ver http://www.latinamericanstudies.org/moncada/relatos.pdf

(4) De la Cova Antonio: The Moncada Attack, 2007. Disponible en Amazon y librerías de EEUU. De

la Cova legó, disponible al público libre de pagos, la mayoría de sus fuentes orales, ver

http://www.latinamericanstudies.org/entrevistas.htm

(Mencía y De la Cova fallecieron ambos a finales del pasado 2019.)