Ilustración.-

El socialismo totalitario no admite reformas. Y esperar a que el menor de los Castro muera en Birán puede ser demasiado tarde para enviar un emisario a la Casa Blanca.

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ / DDC, Miami 

—Ellos lo saben: están embarcaos. De no hacer cambios radicales hacia una economía descentralizada, allí donde el productor individual, privado, desarrolle toda su inventiva y capacidad de producir bienes y servicios, reinará el caos y con él se irán los días gloriosos que han vivido. Con prisa y alguna pausa, el régimen autorizó la reinserción del dólar en el mercado minorista, y el CUC podría estar de salida antes de fin de año. El Designado reclama en todas sus apariciones públicas con antifaz, bozal, o ese nombre horroroso, nasobuco, producir más y mejor sin decir cómo ni cuándo.

El regreso del dólar era una jugada cantada por todos los que, afines o que desafían al régimen, sabían era la única salida viable. Hubo una resistencia inútil durante muchos años a admitir el fatalismo financiero: no se puede vivir como si fueras dueño del billete con la imagen de Washington y al mismo tiempo pagar con el de José Martí. Esa contradicción de símbolos y patriotas alguna vez estuvo resuelta. Pero se fajaron con el cocinero que imprimía el dinero con el héroe de Saratoga y de Yorktown.

La contradicción en las alturas es evidente debido a la pandemia de Covid-19. Un día anuncian la derrota del coronavirus y al otro cierran Varadero para los cubanos. En una aparición pública el Designado proclama la ofensiva final contra la infección, se ufana de no tener fallecidos, y a la mañana siguiente ordena no abrir ninguna empresa o escuela hasta concluir las trasmisiones autóctonas. Ante un auditorio amordazado más por los miedos que por la precaución de contagio, nadie se atreve a decirle lo incoherente que resulta.

Es fácil adivinar de donde viene la cañona: de quienes tienen los cañones. La elite nonagenaria sospecha que, como un barril repleto de agua, un pequeño orificio terminará por dejar vacío el tonel. En parte tienen razón: el socialismo totalitario no admite reformas. Es un edificio de naipes al cual sustraerle una de las barajas, lo derrumba. La rigidez aplicada en los últimos diez o quince años para sobrevivir a la ausencia del Difunto —sin duda un Houdini político, capaz de zafarse de cualquier conflicto— les ha hecho una camisa de fuerza que ata las manos a las generaciones más jóvenes.

Quienes tienen todavía algunos años por vivir, y también poseen los cañones de dinero y relaciones, saben que pueden perderlo todo. Esperar a que el menor de los hermanos muera en Birán cuando se le antoje puede ser demasiado tarde para enviar un emisario a la Casa Blanca, pactar una transición pacífica a una economía de mercado, y restablecer la credibilidad financiera para traer inversiones serias.

Aunque parezca un absurdo, toda la esperanza del régimen hasta ahora radica en la derrota de Donald Trump por los demócratas. El presidente norteamericano no ha logrado muchas concesiones del Palacio de la Revolución, salvo poner el dólar nuevamente en circulación. Saben, por sus agentes de influencia y sus colaboradores anónimos, que una administración demócrata empezaría por revertir, como ha dicho el candidato Biden, todas las medidas coercitivas del actual ejecutivo.

El problema para la gerontocracia es que son porfiados hasta para morir. Comen y no dejan comer. Y el dilema para los encargados, quienes deben dar la cara, es tener que seguir sus instrucciones cuando de sobra saben que cada medida que toman, como los llamados “juicios ejemplarizantes“, ponen la cosa mala hasta para resolver. No debía ser un secreto para nadie que la única vía efectiva e histórica del socialismo, para perdurar, es el robo y la corrupción. No ha existido ni existirá otra.

¿Qué buscan los bisabuelos? ¿Qué la gente se tire pa’ la calle? ¿Negar el apotegma raulista y que los cañones sean más importantes que los frijoles? ¿Prefieren los venerables morir con las botas puestas defendiendo su palacete en Nuevo Vedado y el reparto Kholy y no en la Sierra, que los ha complacido más que el Mal?

La pregunta que desde acá debemos hacernos no es si el régimen cambiará. Eso es inevitable y el regreso del dólar así lo presagia. La pregunta es si el exilio cubano y sus líderes estarán a la altura de esos cambios y sabrán responder con mesura y cautela, misericordia sin olvidar la justicia, sin humillaciones a quienes, vencidos, aceptan el diálogo. Una transición pactada con quienes hoy reciben órdenes y no tienen delitos de sangre ni compromisos afectivos con la generación del desastre parece la única posible para evitar heridas perdurables.

Al Escogido le ha tocado la difícil tarea, como le sucedió a Elpidio Valdez, de traer dólares del enemigo para continuar la guerra, no contra España, sino contra su propio pueblo. Hasta ahora, la gestión ha sido fallida. Encañonado por sus propios gestores, un día dice una cosa tan simpáticamente cruel como que el jugo de limón es la base de todo, como al otro habla con ácida alegría de dar el golpe final al Covid-19 en la Isla.

El Designado, “Gallo Tapao”, o “Dedazo” recuerda la parábola aborigen norteamericana de quién prevalecería en un futuro cercano, si será el dólar, para salvar a todo el pueblo, o el cañón, para terminar de destruirlo. La respuesta es sencilla: depende de a quien alimenten aquellos que hoy tienen el poder real y absoluto.