Mariela Castro (Foto: AP).

 

 

En la isla la homosexualidad sigue siendo una expresión peligrosa, y sobre todo no se ensambla bien con la Revolución de machos verde olivo

 

No consigo suponer como luce la mesa de Mariela cuando está servida para el desayuno, aunque sí puedo sospechar el holán fino, no del pañuelo, del mantel que cubre la mesa para el desayuno. Si me lo propongo hasta puedo imaginar la leche y la orquesta filarmónica que ayuda a hacer la digestión. Y supongo la fragancia de las flores recién cortadas, y los olores de las frutas, y la conversación, y el diario sobre la esquina de la mesa, ese diario que llegó, como las frutas y los panecillos, de la España y de la Francia, y quizá también desde Colombia.

Supongo a la Mariela que mordisquea el pastelillo, que lo saborea, mientras hurga en los periódicos que trajeron de “allende los mares”. Supongo la sorpresa, supongo el rubor, y hasta la molestia que llega con la noticia, esa que anuncia que una mujer lesbiana subió al poder más alto en ese Bogotá de la Colombia. Puedo imaginar el “asombro” que le provoca la noticia que le hace mirar hacia arriba, hacia abajo y a los lados…, a todas partes. Mariela no puede creer lo que lee, no quiere creer los que lee. “¿Una lesbiana en el sillón más alto de Bogotá?” “¡Sacrilegio! ¡Apostasía!”, debió chillar Mariela.

La Castro no puede creer lo que lee, no quiere creer, no quiere suponer, y mucho menos quiere compartir la información y se sienta encima del periódico que llegara de…, cualquier lugar que no es ese en el que ella está, y quizá hasta pregunta luego cuántos ejemplares entraron a la isla y en qué manos están. Mariela debió molestarse al conocer la noticia, debió ponerse muy furiosa con la publicación de esa noticia, y quizá apretó más el periódico desde su posición de sentada, y quizá pidió agua, mucha agua, porque algo se le atragantaba, y quizá pidió más café, y abandonó los pastelillos, los panecillos, las cremas y los quesos…, las manzanas, las frutas todas.

Mariela pudo maldecir la noticia, al menos yo la imagino así, rabiando. Mariela debió maldecir, más que la noticia, la publicación de esa noticia que advierte que una lesbiana accedió a la más alta jerarquía en la ciudad de Bogotá, en esa Bogotá “antimadurista” “anticomunista”. Esa Bogotá atrevida que dio su voto a una mujer lesbiana que se deja ver con su novia, con su mujer, “pero ¿cómo se atreven?” Así debe estarse preguntando aún Mariela Castro, y lo más probable es que desde la mesa del desayuno se pusiera a preparar alguna declaración para restar importancia a un suceso tan trascendente para toda la América Latina, la gay y la que no.

Mariela tendrá que prepararse ahora para las posibles preguntas de los muchos periodistas que querrán saber su opinión, que harán contraste con la realidad de este país que negó el matrimonio homosexual y que tampoco cuenta con la visibilidad de un gay o una lesbiana en los puestos decisores del Cenesex, que pueda defender, exigir, los derechos de esa “minoría” en esta isla. Mariela estará molesta y preguntándose quién permitió que entrara la noticia, y es muy probable que levantara muy rápido el teléfono para que al Granma no se le ocurra hacerse eco de la nueva, para que Cubadebate y Juventud Rebelde no se atrevan, y quién duda que esté soñando con impedir la entrada de ciudadanos colombianos, o de cualquier parte, enterados de la noticia y prestos a propagarla.

Ella no consiguió el matrimonio entre homosexuales en la isla, aunque dijo que “no todo está perdido” y que ella estaba dispuesta a ofrecer su corazón pa’ conseguirlo, reclamó que le otorgaran la confianza pero que no armaran bulla, que no reclamaran lo mismo que esos colombianos de Bogotá, los que seguro son agentes de la CIA, que están pagados por el gobierno americano. Lo más cuerdo, dirá ella, es no mirar a Bogotá y confiar en las “buenas maneras” del Cenesex, y sobre todo que el Cenesex no tiene que imitar a nadie, que no tiene que seguir ningún proyecto gestado fuera de las fronteras nacionales.

Si Mariela es interrogada en estos días sobre el asunto, lo más probable es que se refiera a la unidad nacional; todos juntitos y esperando; el partido, las iglesias, los CDR y la Federación… “Esperar tranquilos” debe ser la consigna, y confiar en la Revolución, aunque pasen los años y no llegue el instante de jurarse amor eterno y fidelidad ante el notario, ante la Revolución. Y Mariela Castro volverá a sentarse a la mesa, “confiada” en que las lesbianas y los gays cubanos entenderán que se trata de una jugarreta del enemigo.

Tengo la certeza de que Mariela Castro, y dejo a un lado las suposiciones, no quiere hacer visible lo que en el mundo civilizado es ya un hecho concreto desde hace rato. Ella no quiere poner el ojo en los muchos homosexuales que acceden al poder más alto en muchos rincones del planeta, y que hay ministros, parlamentarios y alcaldes homosexuales en todas partes, menos acá, y que los dos o tres que no están “tapiñaos” y que son diputados a la Asamblea nacional, ponen primero en su agenda la fidelidad a la Revolución y al comunismo que a sus sexualidades, porque sus “esencias”, primero que todo, son políticas.

Ningún periódico cubano hará visible que la jefa de gobierno en la ciudad capital de Colombia, es una mujer que amanece en la cama cada día con su mujer, que se aman y desayunan juntas, que unidas fundan, aunque de ese amor no salga la preñez. La concepción para ellas, como para muchos homosexuales en esta isla, es el amor, la vida en común y gozando de las más plenas libertades. Mariela Castro es una mujer heterosexual que no conoce la marginación y el encierro, que no sabe identificar el desprecio, el dolor que viene tras el ninguneo.

La Cuba de los Castro y Díaz-Canel no está interesada en legitimar el amor homosexual, y de ahí el bajo perfil de la noticia, pa’ que no se armen “cabecitas de playa”, pa’ que no haya que reprimir las exigencias de una comunidad que podría compararse con sus semejantes de otras geografías, que podría soñar con las mismas libertades que ellos consiguen cada día. Cuba no puede ser la Colombia que reclama y consigue la unión, ni la Argentina o el Uruguay, ni siquiera el México machista y revoltoso que se ha visto obligado a comulgar con las exigencias de sus homosexuales.

Cuba no habla de esas libertades que ya tantos conquistaron. Cuba ni siquiera permite el paseo callejero, el desfile pacífico, si estos se alejan de las instituciones fundadas por el gobierno que rige también nuestras sexualidades. En Cuba la sexualidad es también política. En Cuba la homosexualidad no puede ser espontánea, no puede aspirar a decidir sus políticas, sus manifestaciones. En Cuba la homosexualidad sigue siendo una expresión peligrosa, y sobre todo no se ensambla bien con la revolución de machos verde olivo.

El discurso de la “Revolución” es machista y no permitirá un “Stonewell”, aunque aquí existan redadas cada día porque temen a la resistencia civil que podría surgir mañana mismo tras la represión a una “loca” en el malecón”, en el parque central o en la “Playa del Chivo”. Acá la represión a los homosexuales no podrá ser discutida, la represión será y no habrá espacio para el disenso. La revolución no tolera la discordia, ni siquiera la inconformidad disimulada. Sin dudas ningún gay, ninguna lesbiana que acceda al poder en algún rincón del mundo será visibilizada, sobre todo si Mariela descubre la noticia en un periódico extranjero, en una televisora del “enemigo”, mientras desayuna. En Cuba los derechos de los homosexuales no serán advertidos en el Granma, en ningún espacio público, aunque para conseguirlo tenga Mariela Castro que interrumpir su desayuno, y advertir, como ya hiciera antes, que acá no hay que imitar, que aquí somos muy singulares.