Camilo Sesto. EUROPA PRESS.

Sin quererlo, el recién fallecido cantante español protagonizó en 1979 una de las crisis más sonadas en el mundillo de la farándula cubana.

 

 

 

Por CAMILO LORET DE MOLA para DDC.-

—No recuerdo a Camilo Sesto entre los artistas censurados en Cuba; al contrario, nos bombardeaban con sus melosos temas en la radio y la televisión de los 80.

En esos años, el régimen disfrazaba una supuesta apertura internacional para contrarrestar la ofensiva de Ronald Reagan, Radio Martí y los SR 71.

En medio de esa distensión habían regresado a la Isla “peligrosos agentes de la CIA”, como Roberto Carlos, Julio Iglesias y José Feliciano.
Dentro del paquete de los recuperados apareció Camilo Sesto, quien con sus temas de amor y su pasado apolítico no ofrecía ningún peligro para el oficialismo.

Pero Camilo Sesto había protagonizado en 1979 una de las crisis más sonadas en el mundillo de la farándula cubana. Un caos que puso en tela de juicio a los sensores oficiales de la cultura, a quienes le habían pasado gato por liebre y la liebre, precisamente, tenía el rostro del cantautor español.

Ese año la televisión y el Ministerio de Cultura habían recibido “banderín abierto” para gastar todo lo que tenían y mucho más en la segunda edición del concurso Adolfo Guzmán.

Tenía que ser el espectáculo de espectáculos en la historia de la revolución. Artistas de todas las provincias, eliminatorias entre los concursantes y cobertura total de la prensa oficialista.

En aquella época, sin internet ni paquetes semanales, las cuatro noches del Guzmán se convirtieron en la atracción principal de los cubanos de la Isla, que entre galas y actuaciones especiales vieron imponerse en la premiación a Ricardo Quijano, quien se llevó el gran premio defendiendo su propia obra “Ser de ti, ser de mí”.

 

Fue tal la aceptación del espectáculo, que por varios días los medios de prensa no hablaban de otra cosa y la casa de discos oficial (la única que había) anunció la salida a la venta en tiempo record del “larga duración” con las canciones premiadas.

Pero entonces sucedió el escándalo. Tal como dijo un alto funcionario del ICRT, “tenía que llegar la gusanera para jodernos la fiesta”.
Resulta que alguien con “familiares en la comunidad”, que era el eufemismo de turno para los cubanos del exilio, había recibido varios discos de regalo desde Miami, incluido uno de Camilo Sesto que tenía una canción llamada “Si tú te vas”, grabada dos años antes y que ¡era idéntica a la canción ganadora del gran premio del Guzmán!

 

En un intento por salvar la honrilla se buscaron expertos que dijeran que era pura coincidencia o que, en contra de la ley natural del tiempo, el plagio había sido a la inversa. Pero sin reconocimiento explícito y a pesar del cierre de filas de los arreglistas y el artista, era evidente que estaban en una crisis.

Cundió el pánico y se repitieron una y otra vez las reuniones del alto mando de la cultura.

El máximo dirigente del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista, Antonio Pérez Herrero, gritaba a voz en cuello que darle para atrás a todo era imposible y dejarlo como estaba tampoco era una opción, así que tocaba cortar cabezas y echarle tierra al asunto.

La solución fue un enorme manto: desaparecieron a Quijano y su tema. De paso, en los medios oficiales no se volvió a hablar del Guzmán.

Según los directores del espectáculo, estaban de suerte porque se trataba de un concurso anual, y el evento había gustado tanto que con la edición de 1980 se olvidarían de todo lo de 1979.

De Camilo Sesto se siguieron escuchando todos sus temas en la radio o la televisión, todos menos la canción de marras.
Quijano reapareció años después en un festival chileno, pero lo anunciaron como ¡venezolano!

Y Camilo Sesto murió este fin de semana sin darse por enterado del rife rafe en que lo metieron sin comerla ni beberla

Años después, en Varadero, fui testigo del “reencuentro” de Antonio Pérez con Camilo Sesto. Ya “tronado”, el exdirigente revisaba los casetes de la grabadora de un empresario cubano que le invitaba a compartir wiski y playa a pesar de su “no influencia”.

Como si todavía siguiera al mando de la ideología local, Tony le advirtió al dueño de la casa “me pones cualquiera menos este”. En sus manos agitaba la cajita plástica con el rostro del español.