El castrochavismo trabajaba para impulsar el retorno de Cristina, la liberación de Lula y la desestabilización de Ecuador y Chile, y suponía segura su plaza boliviana.

Opositores a Evo Morales en La Paz, este sábado.
Opositores a Evo Morales en La Paz, este sábado. E. CASTILLO EFE.

 

 

JUAN ANTONIO BLANCO, Miami, para DDC.-

—La vida es lo que te sucede cuando planificas otra cosa. En La Habana y La Paz planificaron prorrogar los poderes de Evo Morales en el principal país productor de materia prima para el narcotráfico, pero las cosas pronto se fueron fuera de control.

En los estados democráticos, las crisis de gobernabilidad están controladas por las instituciones y la fuerza pública. En los estados fascistas se emplean grupos de choque paramilitares. Las camisas negras o pardas de Hitler y Mussolini se han actualizado con los grupos de respuesta rápida cubanos, los colectivos venezolanos y los grupos de choque del Estado narcofascista boliviano contra opositores y descontentos.

Recientemente Evo dispuso el incendio de miles de hectáreas del Amazonas boliviano para ampliar las plantaciones de coca y facilitar las rutas del narcotráfico. Y con sus socios cubanos ha tramado en su país continuos golpes de Estado disfrazados de procesos electorales que permitan la continuidad del tráfico de narcóticos.

Pero esta vez apelaron a este esquema electoral y no les ha ido bien. Después de haber servido fielmente por 14 años a las redes “antimperialistas” del narcotráfico regional conectadas con Cubazuela, Evo se vio obligado el pasado sábado, en el trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlin, a buscar refugio en su histórico bastión cocalero del trópico del Chapare, en el departamento de Cochabamba.

Estos sucesos son muy graves para los planes de reconquista regional castrochavista.

Mientras trabajaban para impulsar el retorno de Cristina Kirchner, la liberación de Lula y la desestabilización de los gobiernos de Ecuador y Chile, suponían segura su plaza boliviana. ¿Acaso no había aceptado ya la población, resignadamente, fraudes anteriores? ¿No había tolerado la violación de la Constitución al aceptar una decisión espuria del Tribunal Supremo Electoral que autorizaba a Evo Morales a postularse para ser reelecto?

La gestión económica del país tampoco había sido mala, como es el caso de Venezuela. Entonces, ¿por qué preocuparse? A fin de cuentas, ¿no controlaban La Habana y sus servidores locales el sistema electoral? ¿No creían haber reclutado a suficientes líderes militares y sociales claves para proteger a su sempiterno candidato de cualquier cuestionamiento?

Era una ecuación fácil. Si alguien protestaba los resultados de los comicios  —garantizados por un proceso electoral viciado de nulidad de principio a fin—, bastaba con acusarlo de impulsar un golpe de Estado pro yanqui y fascista contra ese afable indígena. Ese era el plan. Sencillo, pero varias veces probado. Olvidaron la frase de Karl Marx cuando afirmó que la Historia es un topo que cava túneles y sorprende a todos cuando sale,  repentinamente, por el lugar menos esperado.
En dos semanas los mecanismos de control del régimen boliviano y de la embajada de Cuba en La Paz han entrado en crisis. Uno tras otro:

El pueblo se indigna con el menosprecio de haber sido considerado un tonto pasivo, se rebela y no se deja amedrentar por los grupos de choque paramilitares; la policía se amotina en contra del Gobierno y retira la protección al Palacio Presidencial; las fuerzas armadas rehúsan participar en la represión; los funcionarios —esos oportunistas que saben hacia donde sopla el viento— inician trámites de renuncia e incluso de asilo en otros países; las protestas toman edificios públicos y las calles. Al final, la demanda por la renuncia del presidente se ha vuelto masiva y abarca todos los sectores sociales, salvo los vinculados al narcotráfico.

De poco sirve en esas circunstancias el aparato de agentes de influencia cubanos en los medios de prensa internacionales. Esta crisis no la deciden los lectores de The New York Times, sino las cholitas de Plaza Murillo. Tampoco la OEA, que ya ha reconocido la imposibilidad de avalar el fraude.

Evo —contrariando la intolerancia dogmática de La Habana— ha tenido que dar un paso atrás, convocar nuevas elecciones y finalmente renunciar. A fin de cuentas, es él quien mejor conoce a los bolivianos, y no quiere tener el trágico final que tuvo otro presidente cuando el pueblo terminó colgándolo  de un poste de alumbrado público frente al Palacio Presidencial. El racismo castrista menospreció la inteligencia y amor a la libertad de un pueblo eminentemente indígena… y se equivocó.

La brisita del otoño norteño de Cubazuela ha tropezado con un inesperado viento sur boliviano. El golpe electoral narcofascista de Evo y Castro ya ha fracasado, pero la lucha por la libertad no ha cesado. Ha caído Evo Morales.  Ahora habrá que asegurar que el nuevo proceso electoral esté libre de la manipulación e injerencia del narcotráfico y Cubazuela.