El cantautor cubano Carlos Varela. CANARIAS 7.

‘Esto no es Gente de Zona. Aquí entran en juego los elementos de una narrativa estética y política’.

 

 

Andres Reynaldo / DDC, Miami.-

—Días atrás, el cantautor Carlos Varela repetía en Islas Canarias que la desconfianza entre las dos orillas se debía a los dinosaurios de ambos bandos, quienes han convertido el odio entre los cubanos en un negocio político.

Varela es uno de esos artistas que se han forjado una reputación de contestatarios sobre un singular principio: su crítica dentro de la Isla nunca rebasa el límite de expresión de la dictadura, mientras que su crítica fuera de la Isla nunca rebasa el límite de aceptación de la izquierda. De lo contrario, es redundante decirlo, la dictadura lo convertiría en no persona dentro de la Isla y la izquierda lo convertiría en persona non grata fuera de la Isla.

Lo que en otros acusaría pose, agentura u oportunista picaresca, en Varela es visto por algunos como actitud y convicción. Tomémoslo, pues, en serio. Esto no es Gente de Zona. Aquí entran en juego los elementos de una narrativa estética y política. Al igual que Silvio Rodríguez en mi generación, en la suya Varela representó una sensibilidad, si no de franca rebeldía, al menos de inquieta marginalidad. En resumen, ya sabemos: La Coyuntura. Silvio pasa a la épica de la opresión; Varela, a la ambigüedad que enmascara la opresión.

Esta ambigüedad, que caracteriza al establishment intelectual y artístico con residencia en la Isla, tiene la uniformidad de la consigna. Si la consigna es impuesta y/o autoimpuesta, lo dejamos para otra columna. El caso es que a la dictadura le funciona. Sobre todo, es un producto de exportación, como aquellos paquetes de vegetales que a fines de los 60, en plena hambruna insular, aparecían en los mercados europeos con el sello de “excedente de la agricultura cubana”. De ahí, tal vez, que no sea de amplio consumo nacional.

El punto de venta principal de este establishment consiste en complejizar, tergiversar y omitir la obvia y simple raíz de los males cubanos: la familia Castro. Balzac hablaba de la ficción sin realidad. Imposible escribir La guerra y la paz sin mencionar a Napoleón. No cabe duda del éxito de la dictadura en introducir, incluso en el exilio, una narrativa que promueve la explicación no causal de la historia y problematiza manipuladoramente su presente, cuando no consigue negarlo. Shakespeare, que lo dijo todo, nos invita a dudar en Macbeth (Acto 5) de las mentiras que el diablo dice como si fueran verdad.

En esta batalla de ideas, Varela siempre pone su granito de arena. Un buen ejemplo fue su visita a Estados Unidos en diciembre del 2009, un par de meses después de compartir escenario con Silvio en la Plaza de la Revolución durante el concierto Paz sin Fronteras, que organizó el colombiano Juanes. Patrocinado su viaje por el procastrista Centro para la Democracia en las Américas, al pasar por Miami declaró que no hablaría de política. Sin quitarse el polvo del camino, reapareció en Washington para condenar el embargo en una informal sesión de la Cámara de Representantes. Un vuelo de apenas dos horas lo trasladó de la torre de marfil a la Tribuna Antiimperialista.

Según una nota de The New York Times, firmada por Ginger Thompson (diciembre 29, 2009, pag. A4), Varela formaba parte de “un movimiento de artistas, académicos y empresarios para cambiar la política de Estados Unidos hacia Cuba ‘from the bottom up‘”. (Ahora vemos claro que Raúl había movido ficha a principios de ese mes con la detención de Alan Gross). Por esos días, nuestro bardo almorzó con un alto funcionario de la administración de Barack Obama y fue agasajado con una fiesta por el conocido consultor político Andy Spahn, quien suele llevar celebridades de visita a La Habana y promovió la campaña por la liberación de los cinco espías.

Aparte del mantra sobre los dinosaurios y la disposición al cambio democrático de “todo el mundo” en Cuba, ignoramos lo que Varela diría en privado a su liberal auditorio. Sin embargo, podemos estar seguros de lo que no dijo. Lo mismo que todavía no dice.