La ex bailarina María Elena Llorente. (Captura).-

¿Defiende Viengsay Valdés verdaderamente el legado de Alicia Alonso?

 

—Arnold Haskell, célebre crítico británico que nos dejó la expresión “las cuatro joyas”, definió a María Elena Llorente como “una soprano de la danza”. En su carrera de más de medio siglo fielmente apegada al Ballet Nacional de Cuba (BNC), Llorente no solo se consagró como gran bailarina, sino también como maître, coreógrafa y ensayadora. Su trabajo y su devoción son sobradamente reconocidos y respetados en el mundo de la danza, donde nadie duda de que tendría mucho que aportar todavía, sobre todo porque la célebre compañía atraviesa el peor momento de su historia.

Pero la nueva dirección del BNC encabezada por Viengsay Valdés ha decidido, para sorpresa y alarma de los miembros del conjunto artístico, que la “soprano de la danza” debe hacer silencio y abandonar para siempre el escenario de la compañía.

Pese a su longeva reputación, el BNC se ha ido hundiendo en la decadencia desde antes de la muerte de Alicia Alonso, y Viengsay Valdés -una de sus más afamadas bailarinas- no es culpable de ello. Su papel se reduce a capitanear el naufragio, agravando todos los males que ya aquejaban a la compañía, como el autoritarismo excesivo, la corrupción, la enajenación de la élite, el éxodo del personal, el empeoramiento de las condiciones de trabajo, la pérdida de calidad técnico-artística y las rencillas internas.

La nueva dirección del BNC ha decidido, para sorpresa y alarma de los miembros del conjunto artístico, que la “soprano de la danza” debe hacer silencio y abandonar para siempre el escenario de la compañía

Desde antes de que, en enero de 2019, Valdés fuese designada oficialmente por el Ministerio de Cultura para dirigir la institución, su objetivo era claro. “Debo mantener el legado de Alicia Alonso, pero también tengo que actualizar a la compañía”, dijo en Nueva York hace más de un año, cuando vivía la fundadora todavía pero ya le habían dado a ella el control real.

A lo largo de 2020, todo lo que ya estaba mal ha empeorado fatalmente. Como una caricatura del “nuevo” Gobierno del país, la actual dirección del BNC se empeña en la continuidad del desastre separándose aún más de su base, fomentando el ya profundo malestar y al mismo tiempo incrementando el temor a represalias desde la cúpula autoritaria, que se deshace de todo el que le moleste.

Carlos Acosta, uno de los más grandes hijos artísticos de la compañía, en noviembre de 2019, aseguró para El Imparcial de México que la danza en Cuba había retrocedido y que, aunque él mismo había tenido una educación de primera con “profesores de los más grandes que había”, ya quedaban muy pocos de estos. Seguramente se refería a figuras como María Elena Llorente.

Al margen de su pasada gloria, la exbailarina seguía siendo una excelente ensayadora de los grandes clásicos en el repertorio de la compañía, por su larga experiencia en obras como Giselle, El lago de los cisnes o Coppelia, que le permite montar coreografías lo mismo con el cuerpo de baile, que con los solistas o con las primeras figuras. Además, puede desempeñarse con igual eficacia trabajando con piezas más modernas.

“Para mí, la compañía es mi vida. Todo lo que tengo y todo lo que sé se lo debo a ella”, dijo Llorente a Juventud Rebelde en 2009, y añadió: “Es mi casa, mi familia, lo que tengo que defender. Me siento en la obligación de restituir cuanto me han dado”.

Explicando el significado de su labor, parecía hablar de una misión, en el más alto sentido de la palabra: “Para mí, que se mantenga la escuela cubana de ballet es tan vital como respirar. Sobre todo ahora que existen tantas compañías e influencias. Mi papel hoy es no dejar perder lo que con tanto esfuerzo se edificó: una manera distinta de bailar y asumir a los clásicos, de enfrentar los diferentes estilos, trabajar los personajes y ejecutar los pasos. La conciencia de que la técnica no es el fin, sino el medio para expresar el arte”.

Fuentes dentro del BNC informan que a Llorente y a su esposo, Salvador Fernández -de larguísima carrera también como diseñador y subdirector técnico-, fueron forzados al retiro

Fuentes dentro del BNC cuya identidad no podemos revelar por obvias razones, informan que a Llorente y a su esposo, Salvador Fernández -de larguísima carrera también como diseñador y subdirector técnico-, fueron forzados al retiro como último paso de un proceso de exclusión que comenzó desde que la nueva directora se alzó con el poder.

Poco a poco, la maître fue perdiendo contenido de trabajo. Se le apartaba de la conformación de elencos y ya no conducía ensayos. A tal punto se le fue apartando que hubo ocasiones en que acudió a la casona de El Vedado, sede de la compañía, para simplemente no hacer nada. Hasta su criterio había perdido toda vigencia.

Sin dudas, una nueva dirección tiene derecho a hacer los cambios pertinentes para mejorar y actualizar el funcionamiento de la entidad bajo su mando; pero aquí encontramos demasiada confusión en los métodos con los que se pretende buscar mayor eficiencia. Para muchos miembros de la compañía, es como si solamente se quisiera ir contra todo lo que se había hecho hasta entonces, con el único propósito de afianzar el poder absoluto.

Tampoco se pretende traer sangre joven, pues no hay incorporaciones frescas en ningún departamento, ni siquiera en regisserato, unidad importantísima en la producción artística y el trabajo básico diario, donde chapotean viejas amistades procedentes de otras compañías o ya retiradas del propio BNC. Un ejemplo revelador es que a los noveles coreógrafos -aun si ya tienen resultados notables en su carrera, como Ely Regina-, no se les da ninguna oportunidad.

Viengsay Valdés empieza únicamente a replicar, con un patetismo grotesco, el culto a la personalidad que por desgracia empañó la genialidad de Alicia Alonso, pero sin su grandeza.

Viengsay Valdés empieza únicamente a replicar, con un patetismo grotesco, el culto a la personalidad que por desgracia empañó la genialidad de Alicia Alonso, pero sin su grandeza

La fallecida prima ballerina assoluta, pese a todo, no se caracterizaba por hacer tan burdos ajustes de cuenta, como en opinión de muchos ha sido el caso. Hay tal temor en el ambiente que incluso la “lista negra” podría sumar el nombre de Miguel Cabrera, luego de que el historiador de la compañía se atreviera a opinar que tamaña exclusión era algo “que había que pensar mucho mejor”, porque María Elena Llorente y Salvador Fernández eran fundadores y miembros honorables de la institución durante décadas.

Como sabemos, Viengsay Valdés acaba de recibir en Italia el Premio Positano de la Danza “Léonide Massine”, antigua y prestigiosa distinción, como mejor bailarina internacional y por considerársela heredera artística de Alicia Alonso, que lo había merecido igualmente. Es de notar que, entre los varios galardonados, se incluyó también un cubano que baila en la Ópera Estatal de Berlín, Alejandro Virelles, aunque esto fue silenciado por la prensa oficial.

Cuando en diciembre de este año se cumpla el centenario de la Alonso, será difícil que la nueva directora haya conseguido algo que, desde el principio de su gestión, aseguró que garantizaría antes de esa fecha: la actualización del BNC. Otra meta suya ha sido que vuelvan a actuar en Cuba valiosos bailarines de la compañía, hoy dispersos por el mundo, para así revitalizar la escena del ballet en el país. Pero tampoco en esto hay señales de éxito.

En fin, a pesar de la propaganda triunfalista, la nueva dirección no puede exhibir logros de peso y, para colmo, a la vez que asegura que mantendrá vivo el legado de su antecesora, se deshace de figuras tan respetables y valiosas como María Elena Llorente.

Hay que subrayar, para que no queden suspicacias, que Valdés no debe su autoridad a una especial cercanía con Alicia Alonso ni a un plan de sucesión de la vieja fundadora, sino solo a un designio de quienes rigen la política cultural en el país.

Ante el panorama, de nada vale que Viengsay signifique “victoria” en laosiano. Como sus tutores gubernamentales, Valdés puede creer que ha vencido al alcanzar el poder, pero todo indica que, al cabo, trepar hasta allí no es sino una satisfacción pasajera de sus ambiciones antes de que la empecinada realidad demuestre lo ilusorio de ese triunfo.