El régimen impide a su antojo la entrada y la salida de los cubanos de la Isla (Foto: Juventud Rebelde).-

 

La decisión arbitraria de permitir salir de la Isla, incluso de ser autorizado a entrar, ha sido usada por el régimen como uno de sus más temidos métodos de castigo.

 

El ejemplo más ilustrativo es el de los médicos, que ni pueden salir de la Isla sin una autorización del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), aun cuando el propósito sea vacacionar, ni son libres de contratarse de modo independiente sin solicitar antes la licencia correspondiente —a modo de “carta de libertad”—, y comprometerse a tributar una parte excesiva de sus salarios al Estado.

De hecho, cuando un médico, enfermero o tecnólogo de la salud cubano habla de tales trámites se refiere a ellos como “pedir la liberación”. Cuando decide interrumpir su contrato oficial con la empresa Comercializadora de Servicios Médicos del MINSAP, el acto es nombrado por el Gobierno como “abandono de misión” y, si se diera el caso de que no retornara al país, entonces pasaría a ser una “deserción”, la cual es castigada con el destierro temporal, y hasta definitivo si decidiera “abrir la boca” para hacer determinadas revelaciones.

(Sí, todavía en Cuba se habla de destierro cuando ya en el mundo es una forma de castigo abolida desde hace décadas).

Pero también está el otro ejemplo de los estudiantes universitarios recién graduados que primero deberán cumplir con el “servicio social” y más tarde pagar en dólares al Ministerio de Relaciones Exteriores una certificación de su título si pretendieran buscar trabajo en el extranjero. En conclusión, nadie pone un pie fuera de Cuba si antes no demuestra que es un “liberto” o, en términos de patrimonio, una “propiedad” en tránsito, traspasada, vendida, alquilada, abandonada o prescindible.

Durante muchísimos años existió el ominoso “permiso de salida” otorgado por el Ministerio del Interior, y que ahora ha sido sustituido por la obligatoriedad de estampar en el pasaporte una absurda “prórroga” con validez de solo dos años, pagada también en dólares, y que ignora y vuelve totalmente inútil la fecha de expiración del documento de identidad.

No solo es uno de esos requisitos “extra” que funcionan como parte del “chantaje burocrático” que le sirve al régimen para lucrar con nuestros deseos de viajar y de librarnos de la asfixia cotidiana —lo cual confirma que como gobierno son conscientes de lo incómodo y sofocante que es el comunismo—, sino que es una burla para quienes tragaron la mentira de que el “permiso de salida” alguna vez fue eliminado. También es, quizás por sobre todo lo demás, un modo “sutil” de advertir que nos comportemos bien si queremos volver a salir o, simplemente, que salgamos y nos quedemos afuera, convirtiéndonos en el emisor de remesas que “la patria necesita”. De cualquier manera le haríamos un gran favor.

La decisión arbitraria de permitir salir de la Isla, incluso de ser autorizado a entrar, ha sido usada con frecuencia como uno de los métodos de castigo más temidos por los cubanos. De modo que viajar, incluso de circular dentro de Cuba, agregando a eso la voluntad de entrar o salir de la casa sin rendir cuentas a nadie, no es un derecho sino un privilegio que el régimen otorga o niega, amplía o restringe, y al que deberás corresponder con determinadas dosis de obediencia.

Retornar al país de nacimiento, en el cual están las raíces familiares y culturales, y por lo cual se decide conservar o compartir la ciudadanía, también el régimen lo ha trastocado de derecho humano básico, indiscutible —como sin dudas debiera ser—, en una dádiva amparada en ese mismo acto antojadizo de prepotencia con que clasifican de “cubanos” o “no cubanos” a los ciudadanos por sus opiniones políticas.

En las antípodas de lo que sucedía en el Imperio Romano, en que el máximo castigo no era la muerte sino la expulsión de Roma, el Gobierno cubano ha descubierto que peor que dejar de existir es obligar a las personas a permanecer encerradas, sin ninguna esperanza, por lo que algunos han llamado a Cuba con total razón la “Isla prisión”, de modo que en una realidad como la nuestra ir a la cárcel vendría a ser algo así como ser azotados en el cepo.

La represión del régimen cubano no va dirigida solo a grupos específicos, sino a toda la ciudadanía (Foto del autor)

Con el paso de los años Cuba ha sido transformada por el Partido Comunista en el “Alcatraz del Caribe” y como prueba de eso, y de la desesperación, de la locura que provoca el encierro, estarían las balsas extraviadas en el Estrecho de la Florida y los miles de cadáveres, sin nombre ni memoria, sin más sepultura que el lecho marino y las aguas de ese mar que todos hemos observado alguna vez con el deseo de que se abra o desaparezca, aunque sea por unas horas.

Hay muy pocas cosas que logran persistir más en la mente de los cubanos que el deseo de escapar. En algunos este se ha vuelto mucho más fuerte que la necesidad de aplacar el hambre o de permanecer junto a los hijos o los padres ancianos. El régimen lo sabe y, no pudiendo hacer algo para evitarlo que no implique la renuncia al poder absoluto, entonces elige manipularlo a su favor. No solo refuerza la obsesión —sin olvidar la dosis de miedo necesaria para que el hartazgo no desemboque en la total desobediencia— sino que la conduce a ese punto ideal, favorable, en que la persona confunde la libertad con el mero acto de escape.

De esa confusión, así como de los chantajes asociados a ella, se ha servido durante décadas. Y no me refiero exclusivamente a ese médico, diplomático o funcionario estatal que, consciente de que la fidelidad política pesa más que los méritos profesionales, sale de vez en cuando a respirar el “aire fresco capitalista” mientras su familia queda como rehén del socialismo sino, fundamentalmente, a esos que, sintiéndose “absolutamente independientes” del sistema por haber escapado en cuerpo —pero no en alma— de la Isla, creen que están a salvo de la crueldad de los carceleros.

En realidad, salvo contadas excepciones, de la Isla-prisión nadie ha logrado fugarse física y mentalmente. Tanto es así que pudiera afirmarse que de aquí apenas han escapado o “salido de pase” aquellos a quienes les han permitido salir, ya porque le han dado el “permiso de salida”, ya porque le han dejado la puerta abierta muy a propósito de “algo” que posiblemente nunca tendremos certeza.

Una de las cosas que tendríamos que observar con mucho cuidado quienes hablamos sobre la libertad es si en realidad nuestro concepto de esta, tal vez anclado en la más rancia psicología de viejo presidiario, trasciende la obsesión por escapar físicamente de un lugar, incluso de amotinarnos como simples reos cuyos reclamos no van más allá de una mejor ración de comida, agua caliente para el invierno y un par de horas semanales de ejercicio al aire libre o si, en realidad, estaríamos pensando en esa otra LIBERTAD, en letras mayúsculas, que empieza cuando nos adueñamos de la cárcel sin el propósito de someter a nadie, nos despojarnos de los uniformes, derribamos los muros que nos separan del mundo y construimos caminos y puentes por donde cada quien, sin necesidad de atropellar a nadie, transite en el sentido de su elección.