Veintidós años en celdas semioscuras, semitapiadas y con poca ventilación ha sido el castigo del preso político por oponerse al régimen totalitario cubano.

 

LA HABANA, Cuba. – Veintidós años de prisión política en celdas semioscuras, semitapiadas y con poca ventilación, ha sido el castigo a Ernesto Borges Pérez por oponerse al sistema totalitario cubano.

Tras permanecer más de dos décadas recluido, su salud avanza en su deterioro, se encuentra débil físicamente y hoy pudiera quedarse ciego. En 2017 fue diagnosticado con cataratas y una hernia inguinal; ambos padecimientos requieren de un proceso quirúrgico que, primero le negaron, y luego Ernesto rechazó por el riesgo de muerte.

Ernesto ha sido el escarmiento para todos aquellos militares cubanos que pudieran mínimamente disentir del régimen. Su caso demuestra un ensañamiento y la macabra pretensión de asesinarlo lentamente.

“Traidor, pero uno que no ha claudicado”

Hacia inicios de la década de los 90´, la Cuba comunista había quedado prácticamente aislada internacionalmente e iniciaba su llamado Período Especial, caracterizado fundamentalmente por la paralización de la economía y una crisis total del sistema y de la sociedad.

Ante este contexto, la permanencia en el poder de los hermanos Castro debía sostenerse en el aumento de la represión, el miedo, el chantaje y la desinformación.

Entre los años 80 y 90, varios oficiales de la inteligencia cubana, decepcionados y hartos del sistema, habían desertado, revelando información sustancial al gobierno norteamericano. El caso del General Arnaldo Ochoa Sánchez y otros tres militares fusilados por “alta traición” fueron ejemplarizantes para todos los cubanos. Pero, a su vez, representaron un duro golpe para la confianza o identificación de los oficiales con el gobierno. Nadie se podría salvar, todos estaban expuestos, algo habría que hacer.

El mismo año del fusilamiento de Ochoa (1989), Ernesto Borges Pérez se gradúa con título de oro en Ciencias Jurídicas en la Escuela Superior de la Contrainteligencia Soviética del KGB, en Moscú. Fue entonces que comenzó a cuestionarse la viabilidad o justeza del modelo marxista-leninista, de partido único.

En 1998, Borges Pérez era un destacado joven Capitán de la Dirección de Contrainteligencia (Departamento 1 de Contraespionaje) del Ministerio del Interior (MININT). Se desempeñaba en la especialidad de “juegos operativos”; algunas de sus funciones eran seleccionar, preparar y tratar de situar en el campo visual de la inteligencia norteamericana a agentes cubanos, funcionarios civiles del Estado, con residencia en Cuba, y que por razones de trabajo viajaban temporalmente al exterior. Es decir, los usaban como “carnadas” para lograr que fuesen reclutados por los servicios de inteligencia norteamericanos y así conocer sus intereses o propósitos.

Su cargo le permitió acceder a informaciones secretas del gobierno. Decidido a hacer algo contra la dictadura, su impunidad, y a favor de la libertad de Cuba, Ernesto reunió un listado de veintiséis espías cubanos listos para entrar en territorio norteamericano.

Sin embargo, el 17 de julio de 1998, cuando pretendía entregar la información a funcionarios de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, fue arrestado.

“Mi determinación y los errores garrafales que cometí en el intento tenían que ver con una profunda decepción personal, con una indignación que me hizo incapaz de poder seguir simulando que creía en el Estado cubano, el PCC (Partido Comunista de Cuba) y sus líderes”, expuso Borges Pérez el 19 de octubre de 2019 en documento de apelación dirigido al presidente de la Sala Militar del Tribunal Supremo Popular de la República de Cuba.

Fue acusado de “espionaje”, un crimen considerado de alta traición. El 14 de enero de 1999 un tribunal militar lo condenó a 30 años de privación de libertad, luego de haberle conmutado la pena de muerte. Ernesto tenía 32 años de edad.

Según las leyes militares cubanas, Borges debía cumplir una tercera parte de la condena, o sea, 10 años. En 2012, cuando ya estaba pasado más de cuatro años en la sanción, y ante la negativa del gobierno a liberarlo, Ernesto inició una huelga de hambre que sólo abandonó cuando el Cardenal Jaime Ortega le comunicó que intercedería por él ante Raúl Castro. Se desconoce si Ortega cumplió su palabra y, en caso de hacerlo, evidentemente fue en vano.

Su hija apenas tenía cuatro años de edad cuando Ernesto es llevado a prisión, en 1998. Seis años más tarde pasa a residir en Canadá. En 2016, cuando por primera vez en doce años viaja a Cuba, le niegan la visita a la cárcel o siquiera una conversación telefónica con su padre.

No fue hasta el 14 de febrero de 2020, cuando toda la familia Borges estaba en la funeraria velando a Santa Ivonne Pérez, madre de Ernesto, que este pudo hablar por teléfono con su hija. Ese día Ernesto fue conducido, encadenado, hasta el féretro de su madre; ni siquiera pudo abrazarla o besarla por última vez, tampoco a su padre y hermano.

Dos días más tarde, el oficial Marcos de la SE visitó a Ernesto en la prisión; le advirtió que de allí no saldría hasta cumplir la condena completa: 30 años.

Para Ernesto, estas atrocidades obedecen al hecho de que él nunca ha claudicado o pactado, ni siquiera ante las decenas de ofrecimientos de colaboración con la SE a cambio de su libertad.

“Cuando en la Seguridad del Estado se habla de Ernesto Borges ellos pueden decir que soy un traidor, pero un traidor que no ha claudicado, que se mantiene firme en sus ideas, en sus posiciones, y yo creo que eso es lo que ha hecho, sobre todo, que tanto la dirección del país como la jefatura del Ministerio (del Interior) se hayan ensañado conmigo”.

El canje

La excesiva condena de Ernesto Borges, por espionaje en grado de tentativa, contrasta ostensiblemente con el caso de los cinco espías cubanos encarcelados en Estados Unidos, quienes sí cometieron el delito e incluso estuvieron involucrados en hechos de sangre. El gobierno cubano los llamó y condecoró como héroes.

En 2011 y 2014, respectivamente, René González y Fernando González fueron liberados. Los otros tres espías (Gerardo Hernández Nordelo, Ramón Labañino y Antonio Guerrero) el 17 de diciembre de 2014 fueron intercambiados, entre el gobierno de Barack Obama y el de Raúl Castro, por Rolando Sarraf Trujillo, excapitán de la inteligencia cubana.

Sarraf Trujillo había sido arrestado en abril de 1995 y sancionado a 25 años de privación de libertad por el delito de “espionaje”, consumado. Le había entregado a la CIA siete disquetes con información secreta.

Tres espías por uno; la oportunidad de liberar a Ernesto no fue de interés de Obama.

Ninguno de los cinco espías fue golpeado, torturado físicamente o asesinado en prisión. Todos regresaron a Cuba antes de cumplir sus condenas y con buen estado de salud.

Prolongación de la agonía

Ernesto ha apelado en varias ocasiones ante los tribunales cubanos por su libertad. Según el sistema penitenciario, ha cumplido 24 años y cuatro meses, por lo que le quedarían 5 años y 8 meses. Es decir, se ha excedido 14 años de lo que debió permanecer en prisión, de acuerdo con las leyes militares cubanas.

Este 17 de julio cumple 22 años de cruel encarcelamiento. Durante la primera década de la condena, Ernesto estuvo en una celda de aislamiento, semioscura, semitapiada y sin ventilación, en el área especial de la prisión de máxima seguridad de Guanajay, en Artemisa. Desde 2011 se encuentra en el Combinado del Este, en La Habana, en una celda también oscura y con apenas ventilación, en donde le cortan la electricidad diariamente entre las 7 am y las 7 pm.

La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH), en sus Reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos (Primera parte), en su sección referida a los locales destinados a los reclusos (inciso 11), dispuso que en todo local donde los reclusos tengan que vivir o trabajar: a) Las ventanas tendrán que ser suficientemente grandes para que el recluso pueda leer y trabajar con luz natural; y deberán estar dispuestas de manera que pueda entrar aire fresco, haya o no ventilación artificial; b) La luz artificial tendrá que ser suficiente para que el recluso pueda leer y trabajar sin perjuicio de su vista.

Pero, debido a las precarias condiciones que tienen en las celdas, tanto Borges como varios de los condenados en la Unidad No. 2, Compañía 2343, Tercero Sur del Combinado del Este, sufren problemas visuales.

Esta situación la han denunciado en varias ocasiones ante las autoridades de la prisión, pero “el plan de ahorro que tienen ellos es más importante que la salud de nosotros”, asegura Borges Pérez.

Ante los constantes reclamos, en 2017 fue atendido por la doctora de la prisión, Elizabeth Rodríguez, quien inmediatamente alertó a las autoridades penitenciarias que, debido a su padecimiento, el reo no podía estar en celdas oscuras. Dos años más tarde, le propusieron operarlo en el sistema hospitalario de las prisiones. Pese al peligro de quedarse ciego, Ernesto rechazó la oferta pues entonces peligraría ‒aún más‒ su vida.

Su estancia en prisión ha sido una constante prolongación de la agonía. De no operarse a tiempo, la hernia inguinal pudiera provocarle complicaciones potencialmente mortales. En el caso de la catarata, si no se le realizara un tratamiento o intervención quirúrgica temprana, pudiera causarle ceguera permanente.

En un informe presentado el primero de julio de 2020, Prisoners Defenders (PD), organización con sede en España, destacó que Ernesto Borges es uno de los 134 presos de conciencia en Cuba.

“El maltrato que sufre necesita un enfoque humanitario urgente tanto por parte de la comunidad internacional como de las autoridades cubanas. Tiene los requisitos procesales necesarios para obtener de inmediato la libertad condicional”.

El sistema judicial cubano suprime derechos a los sancionados pero les otorga otros beneficios penitenciarios, como el hecho de que a Ernesto solo le tocara cumplir un tercio de su sanción (10 años); sin embargo, se los están negando desde hace más de 10 años, violando así, el régimen, sus propias normas.

El fin de las penas y medidas privativas de libertad son, en definitivas cuentas, proteger a la sociedad del crimen. ¿Qué peligro representa hoy Ernesto Borges para la sociedad cubana? ¿Qué peligro pudiera representar para el gobierno si ni siquiera posee secretos de Estado?

Mantenerlo cautivo es ya una cuestión de venganza, no de culpabilidad, supuesta justicia o siquiera defender una ideología.

Hace 16 años que Ernesto no ve a su hija. Recientemente perdió a su madre. Su padre está muy enfermo y añora poder verlo y abrazarlo en libertad. ¿Qué más quiere el régimen de él? ¿Qué más castigo o tortura se le puede infligir a un ser humano?

Cada día, cada minuto o segundo que Ernesto Borges continúe cautivo, es una vergüenza para los que ostentan el poder en Cuba.