Gente de Zona. SONY MUSIC ESPAÑA.-

 

No se puede mascar chicle y dar vivas el comunismo al mismo tiempo. Es una lección que no acaban de aprender algunos artistas e intelectuales.

Francisco Almagro Domínguez, Miami

—Después de 60 años los cubanos deberíamos estar advertidos: no es posible estar en “dos zonas” al mismo tiempo. Quienes así lo han intentado, por capricho, ética fingida o sencillamente por soplones, terminan descuartizados por jalones en direcciones contrarias. Como en el juego de la soga, hay un punto en el que cada cual reclama la victoria sobre el otro. Aquel que emplea con mayor racionalidad y eficiencia el arrastre, es quien se hace con el triunfo.

El último episodio de este juego de la soga cultural ha tenido como protagonista al dúo reguetonero Gente de Zona. Nos guste o no, los artistas salidos de la Cuba profunda son sin duda alguna los músicos insulares más oídos en el mundo entero, sobre todo en el ámbito latino. Una diríase inteligente y hasta temeraria asociación con Enrique Iglesias y, sobre todo, con Marc Anthony, puso a “bailar” y a “gozar” a millones de personas. Y las cuentas del banco a crecer.

Pero también sabemos, los cubanos, que la apolítica dura lo mismo que un merengue en una pista de baile. Sobre todo, cuando hay billetes por medio. Una noche gozadora en La Habana se convirtió en desventura cuando uno de ellos, en el éxtasis del concierto, saludó al Designado —no el Elegido, de Silvio— como “nuestro” presidente. Aquí uno de los Gente se colocó, quizás sin saberlo y sin quererlo, del otro lado de la soga: en la era de los celulares, todo lo que te filmen puede ser usado en tu contra.

No puede tildarse de exagerada la respuesta de las víctimas, las de verdad, las que han tenido que zonificar en suelo ajeno, sin derecho al retorno, porque en virtud de una ideología se les ha declarado “apátridas” o “ex cubanos”. Lo cierto es que un saludo, inocente o emotivo, puede salir caro. No se puede mascar chicle y dar vivas el comunismo al mismo tiempo. Es una lección que no acaban de aprender algunos artistas e intelectuales: no hay una zona de neutralidad cuando la fama y el dinero tocan a la puerta de un cubano. Tarde o temprano, los tirones en direcciones opuestas se harán sentir.

A pesar de que los reguetoneros no parecen personas ilustradas, la Universidad de la Calle los entrenó desde temprano en el difícil arte de la sobrevivencia. Después de pedirles la llave simbólica de la ciudad de Miami, donde trabajan y viven sus familias, era presumible la cancelación de conciertos y otras actividades culturales por la mafia anticubana. Era, ni más ni menos, el tirón de la soga a esperar. La lógica simple indica que Gente de Zona cobra en dólares, no en CUP. No hay nada malo en ello. Al parecer fueron más perspicaces que la sonera que sucumbió al beso de la muerte del Difunto, de quien no se ha vuelto a hablar y menos escuchar.

Como es habitual, en la Isla ha comenzado el proceso de hacer invisible a Gente: que permanezcan fuera de la zona cultural cubana, como cientos de escritores y artistas de renombre universal. Aducen los comisarios a dignidades y lealtades, cuando no hay nada más indigno que 60 años de promesas, miserias y necesidades, y la deslealtad mayor ha sido, precisamente, tergiversar la cultura cubana, diversa, polémica, contradictoria desde sus raíces. Cuando no hay nada más vergonzoso que ver al funcionario y el comisario cultural vivir con y para los dólares.

Gente de Zona, como tantos otros en Miami, al fin han encontrado una zona de paz, con dignidad y lealtad, primero, con sus familias y su trabajo. Después, como dijeron, con el pueblo cubano todo, que, en mayoría abrumadora en las zonas norte y sur, rechazan la propaganda presuntuosa y los fracasos de un régimen que ya no sabe ni a dónde ir. Los éxitos futuros de los músicos no dependen de un sindicato, un funcionario o un cuadro del Partido. Son ellos y nadie más, lo dueños de su obra. Eso puede dar vértigo. Pero es el único paso seguro para franquear el abismo de las mezquindades.

Desgraciadamente, otros artistas o no quieren o no pueden vivir y trabajar en otra zona que no sea la Isla. No hay por qué culparlos. La Habana, aun bajo asedio de la maldad y el derrumbe, es un lugar maravilloso, único, para pintar, escribir, componer música. Pocas ciudades poseen ese misterioso aliento creativo. Vivir en La Habana es y será una fiesta innombrable, como diría Lezama, a quien también redujeron su zona existencial a la Calle Trocadero. En tanto llega el día en que la zona Cuba sea para toda la gente, bienvenido aquel que borre un poco de nostalgia.