Agnes Heller entrevistada durante una manifestación antigubernamental frente al Parlamento de Hungría, Budapest, 2005. (AP).

ANDRÉS REYNALDO, Miami para DDC.-

 

—Hace apenas un mes murió la filósofa húngara Agnes Heller. Fue por uno de esos laberintos intelectuales que recorríamos los jóvenes de La Habana Vieja en la década del 70 que vinimos a dar con sus textos y los de otros autores y cineastas de la Escuela de Budapest.

Entonces devorábamos cualquier libro, artículo o filme húngaro, polaco o checoslovaco que tuviera un hálito de disidencia, o que por lo menos arrojara un atisbo de duda sobre la construcción del socialismo. Construcción, dicho sea, de la cual ya éramos escombros.

La nostalgia, que a mi edad tiene la misma fuerza de la ilusión, me hizo leer algunos de los recientes ensayos de Heller. No me defraudó el reencuentro. A sus 90 años, el vigor y la claridad del pensamiento estaban intactos. Me recordó también que hay lecturas con una cualidad faústica. Te permiten volver a un olvidado placer con renovado deseo.

En los últimos años, Heller estudió el fenómeno del poder autocrático obtenido a través de elecciones en los países de Europa del Este. Sus críticas al primer ministro Viktor Orbán fueron recibidas con hostilidad en los círculos de extrema derecha húngaros. A tal punto que familiares y amigos exigieron investigar las circunstancias de su muerte mientras nadaba en el Lago Balatón. Como era de esperar, murió contra la corriente.

Un ensayo publicado esta primavera en la revista Social Research reúne sus ideas sobre el fenómeno. Citando a Hanna Arendt, nos recuerda que la liberación no equivale a la libertad. Las tiranías siempre colapsan, dice Heller. Pero advierte que aún está por ver si los húngaros pudieron escapar del comunismo con la cordura necesaria para forjar una democracia liberal. (Heller se refiere al liberalismo en su acepción clásica, no a la denominación de la actual progresía norteamericana.)

Al leer, no podía dejar de preguntarme: ¿si esto es Hungría qué será en Cuba? En la transición puede estar implícita la continuidad disfrazada de pluralismo o una nueva dictadura con otro ciclo de violencia y corrupción. Los representantes de los partidos comunistas y de los nuevos partidos se sientan a una mesa, dice Heller, y deciden el futuro de la nación, el carácter de las instituciones y el ritmo de la “transición pacífica”. (Las derogativas comillas son suyas.) Mientras, los ciudadanos observan con el rostro pegado a la vidriera sin las estructuras que le permitan deshacerse de los viejos conocidos y fiscalizar a los nuevos por conocer.

En ese aspecto, los escollos de una democracia cubana se agigantan a medida que pasan los años. Situándonos dentro del marco descrito por Heller, más de tres generaciones de cubanos tienen la tradición de seguir a un líder, esperar que todas las decisiones vengan desde arriba y creer o pretender creer en todo lo que se les dice, mezclado con “un género de fatalista cinismo sobre la imposibilidad de que las cosas sean de otro modo”.

Respecto a los cubanos, los países de Europa del Este tuvieron la ventaja de que sus dictaduras eran una imposición imperialista, apuntaladas por las tropas de ocupación soviéticas. Bastó que Gorbachov prometiera que los tanques no saldrían de sus barracas. Lo nuestro es más complejo. El castrismo es la imposición de nuestro más retrógrado sector nacionalista. Las ideologías le sirven de máscara y herramienta.

De todas las naciones sovietizadas, Cuba probablemente sea la que menos interés concedió a la elaboración de su canon comunista. Ya se pueden escribir novelas criticando a Lenin. Guárdate de tocar a Fidel y al depurado grupo de próceres que conforman su brigada de respuesta antinorteamericana.

Una Cuba intelectual y emocionalmente anclada en el siglo XIX español se alzó y sigue alzada contra una Cuba que buscaba en el Norte de la democracia y el orden su puerta a la universalidad y la modernidad. El nacionalismo mesiánico, autocomplaciente, integrista y compulsorio, contra el modelo liberal, inclusivo y autocrítico de la nación moderna. Para esclavizar a húngaros, polacos y checos, tenían que entrar los rusos. Para esclavizarnos a nosotros tenían que irse los yanquis.

Heller insiste en que el destino de las naciones liberadas depende de su éxito o fracaso en transformar la liberación en libertad. Por lo visto, a Hungría aún le queda un largo camino por recorrer. ¿Aunque sea largo, espantosamente largo, le queda