Cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez. (ACI PRENSA).-

 

‘El flamante cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez parece diferenciarse de Ortega en el recato y, tanto más, en la humildad.

 

Andres Reynaldo.-

—Frans Hals, el carnicero nazi de Polonia, había instalado su residencia en la sede del entonces arzobispo de Cracovia, Adam Stefan Sapieha. Un día, ya avanzada la guerra, Hals protestó porque a la hora de la cena solo servían pequeñas porciones de pan negro y mermelada.

“En la mesa del primado de Polonia se come lo que comen los polacos en sus casas”, respondió Sapieha, descendiente de una de las principales ramas de la nobleza polaca.

Viene a cuento una anécdota del difunto cardenal Jaime Ortega. Ante el reproche de que la Iglesia de Cuba no siguiera el ejemplo de Polonia, su respuesta fue una pregunta: ¿dónde están los polacos? Cierto o no, era redundante corroborar lo obvio. No somos polacos. Ortega, menos. Como diría Guillermo Cabrera Infante, puede que la anécdota sea apócrifa pero los tiempos la hicieron creíble. Ortega la hizo creíble.

Esto no quita que Ortega estuviera obligado a comportarse como el líder de una Iglesia mártir. El pastor hace al rebaño. Ahí los polacos dejaron una gran lección. Cuando sus obispos no podían ser rebeldes se esforzaban por ser recatados frente al poder totalitario. Tuvimos el cercano ejemplo de monseñor Pedro Meurice, arzobispo de Santiago de Cuba. Acaso esperar rebeldía de Ortega fuera pedirle peras al olmo. Pero, ¿recato?

El flamante cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez parece diferenciarse de Ortega en el recato y, tanto más, en la humildad. Según se asegura, tiene el perfil de un cura de pueblo. Acude con frecuencia a un hogar de minusválidos y enfermos mentales para ayudar a bañar y repartir el desayuno. Como obispo, solía irse de incógnito para hablar con la gente llana. Otras historias hablan de su bonhomía, entrega y discreción. Dadas las circunstancias, dado el antecedente, hay que agradecer esa diferencia. No tiene que saber hacer política. Basta con que sepa hacer silencio.

Algunos obispos cubanos no encajan bien las críticas. Sobre todo, si vienen del exilio. “Es muy fácil criticar desde Miami”, dicen. En eso, coinciden con otros muchos partidarios de la dictadura y hasta opositores en la Isla, para quienes el patriotismo y la fe de los exiliados solo son bienvenidos si se expresan a través de las remesas.

Nadie ignora las condiciones que enfrenta la Iglesia cubana para cumplir su misión. Vigilancia, infiltración, represalias, innumerables limitaciones legales y materiales. De todas las represalias, ninguna revela con mayor nitidez la sórdida condición de la dictadura que castigar en los feligreses la rebeldía de los curas. A esta dictadura, sin embargo, Ortega y el papa Francisco les sirvieron de celestinas para lograr una apertura con EEUU que propiciara la transición dinástica y el tránsito de la opresión sin mercado a la opresión con un poquito de mercado.

Por lo demás, con este papa los cubanos la tenemos cuesta arriba. Sus escasas luces intelectuales, su inclinación al populismo peronista y su lasitud doctrinaria lo empujan a tener una opción preferencial por los rojos. A veces, se queda en la boutade tercermundista, como al decirle al periodista Eugenio Scalfari que los comunistas piensan como los cristianos. A veces, se abisma en la catástrofe, como al poner el nombramiento de los obispos chinos y, de hecho, el destino de esa sufrida Iglesia, bajo el mandato de la gubernamental Conferencia de Obispos de la Iglesia Católica en China. Ahora, los comunistas dictarán el pensamiento de los cristianos.

En junio de 2016, recién nombrado arzobispo de La Habana, Juan de la Caridad García Rodríguez dijo a Associated Press que no quería que en Cuba hubiera “capitalismo ni nada por el estilo, sino que el socialismo progrese”. Doy por seguro que García domina la doctrina social de la Iglesia desde la encíclica Rerum novarum, promulgada por León XIII en 1891, hasta la Centesimus annus, de Juan Pablo II en 1991.

Las enseñanzas de esta doctrina están trágicamente comprobadas en la experiencia de las naciones comunistas en general, y de Cuba en particular, donde el trabajador vive la infernal ausencia de unos valores capitalistas inherentes al cristianismo, como el arbitrio de una justicia imparcial, el derecho a la propiedad, la oportunidad de una honesta acumulación de riqueza, un amplio marco de libertades y un gobierno limitado.

En el escudo cardenalicio de Ortega rezaba en latín: “Sufficit tibi gratia mea” (“Mi gracia es suficiente para ti”). Reza el de García en franco español: “Ve y anuncia el Evangelio”. Es una diferencia. A Ortega, a mi juicio, le falló la gracia. Esperemos que no le falle a García.