Entrada al Barrio Chino de La Habana. (K.BISQUET DDC).-

 

 

‘El cubano de hoy, el de aquí, sufre una dislocación agudísima en la sociedad, una especie de locura atropínica.’

KATHERINE BISQUET, La Habana, para DDC.-

—La Habana cumplía 500 años y mi abuelo sufría un infarto mientras guataqueaba la tierra, mientras arrancaba la mala yerba de la cuneta en el frente de su rancho. Mi abuelo guataqueando la Patria, pensé irónicamente en el camino hasta Yaguajay. La Habana en sus 500, mi abuelo en sus 86, la misma fuerza incomprensible, la misma terquedad. Ambos sostenidos por unos huesos/pilotes tan duros, tan de piedras.

Mi abuelo abandonó la escuela con ocho años para trabajar en el campo porque él era el mayor de sus hermanos varones y tenía que ayudar a su padre gallego. La Habana, como el resto de las primeras villas fundadas, debe su esplendor a su génesis, como mismo mi abuelo debe su dureza al trabajo precoz de alar el yunque de los bueyes.

Puede ser tan ingenuo como tan cínico alegar la apariencia, el panorama, el espíritu habanero a una revolución sesentera y solo constructiva en lo abstracto (su ideal), a un Leal historietista, o a un Fidel saqueador y tirano. Me parece tan dictatorialmente totaliforme —hablando en el lenguaje de Martín Mantra— asir unos edificios, unas calles, unas aguas y unas piedras y agradecérselo a un corto fragmento de la amabilidad histórica. Como si por un mal cálculo, pasara la ciudad su cumpleaños más importante en el momento equivocado. Un momento de pérdida, decisivo, como el divorcio de los padres, donde uno debe tomar partido, quedarse con uno, amar más a uno que al otro, perdonar a uno y aceptar al otro, o caer en estado de apatía y mirar a los celajes, entonces ser tratado por un psicólogo porque la distracción puede caer en los resquicios del autismo cuando somos infantes y cuando crecemos, de la desidia.

Mi abuelo guataqueaba la misma tierra en la que nació, y por su cabeza solo pasaba el significado de la misma tierra y sus frutos, quizás los plátanos, los boniatos y  los retoños de la calabaza. Porque mi abuelo si acaso muriese, sería sin una ideología/ religión/ convicción; mi abuelo podría morir, como mismo La Habana, con un amor muy grande por la tierra que pisa, por la Tierra, la misma que multiplica los cangres de la yuca desde que la yuca fue yuca.

Yo empecé esta serie sobre los 500 de La Habana hace unos meses y culminaría el 16 de noviembre, día del aniversario, Por aquellos días before infarto y en espera del cumpleaños, atendía a la capital con minuciosidad, me impuse una atención alerta, como mismo lee ahora mi madre insomne en su turno de guardia en una sala de terapia intensiva el ritmo cardíaco en el monitor del electrocardiógrafo. Y la actividad eléctrica del corazón de esta Habana no fue la más estable, según las lecturas de esos electrocardiogramas ciudadanos. La Habana sufrió la arritmia, el descontrol logístico por parte del Estado, valiosísimo para su población, su gente, la sangre de la ciudad.

El cubano de hoy, el de aquí, sufre una dislocación agudísima en la sociedad, una especie de locura atropínica, término usado por los médicos a la reacción delirante de los pacientes cuando le es administrado altas dosis de atropina. La atropina es un fármaco anticolinérgico que suprime los efectos del sistema nervioso parasimpático, o sea (en sus efectos cardíacos) reduce su acción, acelerando el ritmo cardíaco y aumentando la velocidad de conducción por el nódulo auriculoventricular. No obstante, en los pacientes con infartos agudos de miocardio se debe usar con cuidado debido a que la taquicardia inducida por el fármaco puede incrementar la demanda de oxígeno del corazón. Por eso se utilizan bajas dosis en casos excepcionales de paro o bradicardia que es cuando se tiene indicaciones de ritmo bajo, lento; aun así sus efectos, paradójicamente, pueden ser poco beneficiosos.

El mismo ritmo bajo y lento que tiene la gente en Cuba, una densidad casi de paro, el ocio y el aburrimiento en su máxima expresión, como una bicicleta con la polea suelta que tristemente sabe que no va a rodar al menos en su naturalidad sanguínea y aun así se arrastra, para orbitar o desorbitar de vez en cuando alrededor del descentrado punto cero capitalino. El Estado presencia este actuar lamentable del paciente enfebrecido, bocabajo, tragando fango y le inyecta, con tal  cinismo que bien sabe a crueldad, este medicamento tóxico, contraproducente, para acelerar la inercia, alegrar las bocas y los anhelos constructivista de esta gente de lo que podría ser una vida mejor, mejor que la no tanta pobreza, el no tanto andrajos, las no tantas piltrafas.

En un sistema obsoleto, un fármaco obsoleto en unos infartados gravísimos.

Mi abuelo rebasó el infarto, así, la gente de este país rebasó la fiebre de los 500 años. Todo se rebasa, nos decimos, las grandes crisis, seguimos flotando en la más incierta de las inercias, alargando nuestras vidas en esos años que nos quedan. La furia convertida en ácido úrico, meada en cualquier rincón. Esa orina que se acumula por capas en los bordes de las columnas de los bajos de cualquier edificio viejo. Desechamos la furia porque es la única forma de limpiar el organismo de tal droga. Al fin y al cabo, los gestores de nuestro bienestar volverán a procurarnos otra dosis y volveremos a mear.

El delirio de una sociedad entera, inducida por una droga administrada en pequeñas dosis durante muchos años. El eterno cliente agradecido por recibir la dosis necesaria para su adicción. ¿Cómo salirse de ese amasijo enfermo? ¿Cómo procurar salir ileso de los espasmos? ¿Cómo empezar de cero? Y para el que recién nace ¿cómo hacerse de una historia clínica? o sencillamente, no se cuestiona nada pues ya nació en ese quirófano donde se negocia (opera) y se sostiene (revive) el corazón radiactivo de la Patria.