Alexandria Ocasio-Cortez y Joe Biden. – SLATE/AFP/GETTY IMAGES.-

‘Según varios analistas, al subir a bordo de la campaña demócrata a la congresista Alexandria Ocasio Cortez, Joe Biden ha terminado aceptando la hoz y el martillo.’

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ. / DDC. Miami.

—En EEUU, al subir a bordo de la campaña demócrata a la congresista Alexandria Ocasio Cortez, según varios analistas, Joe Biden ha terminado aceptando la hoz y el martillo en su mascarón de proa.

Es sabido que era un barco trajinado, con muchas magulladuras después de más de 40 años de uso prolongado, sin un segundo de atraque, de reposo. Por eso, quizás, han renovado con una tripulación joven; la esperanza de ganar seguridad con este viejo “lobo de pantano”; atraer a los jóvenes que adoran al también veterano capitán de la regata socialista Bernie Sanders.

De esta manera, en el horizonte electoral norteamericano las opciones se han hecho más antagónicas que nunca. Aquellos que decían que en EEUU no había nada más parecido a un demócrata que un republicano, han quedado sin argumentos. Es curioso suceso en el país del capitalismo por excelencia. Y en momentos donde la izquierda más conservadora, la propaganda antisistema y la prensa totalitaria anuncian al Covid-19 cual torpedo para hundir definitivamente la economía de mercado.

Detrás de las muy lógicas demandas de los partidos verdes, los movimientos por la igualdad de género, y la comunidad LGTB, parece existir una inocultable voluntad de imponer —ojo al verbo— un sistema económico y social que solo existe en la mente de poetas, filósofos, y en los pies de los demoledores comunistas. Tal imposición ha tomado la pandemia como evidencia de fracaso después de tres siglos de experiencia capitalista. Algún amanuense en el diario Granma cita a Karl Marx como autor intelectual, olvidado de que el mundo de los telares ingleses no es el mismo del teletrabajo y la nanotecnología.

Una parte del movimiento antisistema debe existir como contrapeso a los excesos del sistema, en lógico equilibrio. Esa incorregible bandería neo-jacobina acaba de lanzar la proclama “Contra una vuelta a la normalidad”. Más de 200 artistas y personalidades de la ciencia y la cultura mundiales señalan que no se puede volver a ser como antes; que el consumo desmedido está llevando a la humanidad a un “punto de ruptura”. Piden acciones concretas. No dicen cuáles. No indican forma ni método. Hay queja, muchas razones, ningún proyecto para unir todos sus capitales personales, que suman millones.

Como es habitual en el mundo del espectáculo, del glamour y la academia, una buena cantidad de estos firmantes no son, precisamente, “verdes”. Lo único verde en sus vidas son las cifras millonarias que cobran por una corta aparición en cine, una conferencia, llenar un teatro, aparecer en la propaganda de productos que si depredan el medio ambiente.

Ese discurso vacío de acciones filantrópicas, de entrega desinteresada, las cuales deberían empezar por ellos mismos, es muy parecido al delirante mundo de la señorita Ocasio y el llamado Escuadrón. La capitana latina quiere que desaparezcan las vacas, usen pañales o no ventoseen, que las bicicletas sustituyan los automóviles y los cristales de los edificios por claraboyas; una reconversión de la vida moderna a una estricta dieta sin hidrocarburos. Como si el “Romance sonámbulo” de Lorca —”verde que te quiero verde”— fuera mejor que el Pledge of Alligiance como lema matutino en las escuelas norteamericanas.

Para saber por dónde van los tiros no debe dejar de leerse Granma, el órgano oficial. Tan pronto el manifiesto, carta o proclama se hizo público, el órgano le cedió sus páginas principales. Hay que tener gandinga, lo sabemos. Sobreponerse a la mentira. Asumir cada encabronamiento como nuestro propio acto de reafirmación contrarrevolucionaria. El órgano oficial, subliminalmente y como esa es su misión confesa, les propone a todos esos inconformes sin rumbo que el camino, el método y la verdad que buscan está en Cuba.

Si es insufrible por las noticias falaces, y los artículos de opinión sin opinión, los comentarios permitidos traslucen el verdadero mensaje que, por chifladura y talante facistoide no pueden llevar la firma de nadie. “La dictadura del proletariado se impone, no se exige con firmas”, escribe este anónimo. Y otro remata con una frase apocalíptica que nadie sabe de dónde la saca: “El capitalismo occidental se está desintegrando. Y sus enterradores son sus propias clases dirigentes, que están podridas de corrupción hasta la médula. Nosotros solo tendremos que dar el último puntapié”.

El ser humano, viva donde viva, y en el período histórico que sea, no ha cambiado esencialmente. La mala memoria, y sobre todo, no respetar la memoria de los otros, hace que el pasado vuelva una y otra vez, a veces como comedia, a veces como tragedia. Se percibe una revolución de los inconformes, como aquella comedia de George Seaton de 1968 —época, precisamente de inconformidad en Tlatelolco, París y en el National Mall de Washington—. Una parte de la juventud y otros no tan jóvenes, se proponen aprovechar la pandemia, las hormonas y las inmadureces para sumar chicos inconformes en el mismo barco… al pairo.

Si la señorita Ocasio, el viejo lobo del pantano político y algunos firmantes del manifiesto, proclama o lo que sea, no desean volver a sus mansiones y autos de lujo, solo tienen que poner rumbo unas millas al sur. La carta de navegación-invitación es ahora el coronavirus, allí donde, como en el antiguo mito precolombino, la curva desaparece… inexplicablemente. Al bojear la Isla-Faro, atraídos como tantos otros, los inconformes encontrarán la luz cegadora de la tan soñada y jamás vivida, anormalidad involucionaria.