Miguel Díaz-Canel y otros altos dirigentes, con nasobucos. / ESTUDIOS REVOLUCIÓN.-

De no ser por la prensa independiente, el coronavirus en Cuba quedaría ‘como una impertinente cepa gripal que obligó a los funcionarios a vestir con nasobuco’.

ANDRÉS REYNALDO, MIAMI.-

—En Occidente, a través de los siglos, las plagas agitan las ideas. Hoy, con la plaga del virus chino, apenas queda tiempo para dividir la atención entre la polémica científica y la polémica civil. De página en página, pasamos de la crítica de la cloroquina a la crítica de la civilización, del conteo de anticuerpos a la auditoría de las arcas nacionales. No hay político que no lleve dibujada en la espalda la diana de nuestra ansiedad.

A Kierkegaard, cuya muerte a los 42 años corrobora que el verdadero genio madura en juventud, debemos la observación de que la ansiedad es el mareo de la libertad. Bienvenido, pues, el mareo. Para aquellos que hemos vivido bajo la dopamina totalitaria es de alguna manera reconfortante el espectáculo de instituciones, prensa y ciudadanos libres confrontando los errores de sus líderes, exigiéndoles convertir lo imposible en lo posible. Puede que no nos dé absoluta seguridad. Basta con que establezca un margen razonable de esperanza.

En Cuba, ni polémica científica ni polémica civil. Cabrera Infante (últimamente vuelvo a tocar puerto en su fascinante lectura) decía que Cuba era un sueño que salió mal. Yo lo veo como el fallido intento de un Caribe que se resistía a ser la parodia de lo mediterráneo y la antítesis de lo anglosajón. Un sueño occidental. Que salió muy mal.

La inteligencia de la isla muere por asfixia. Pocos son capaces de obras y proyectos de un valor permanente en una cultura que cada vez se vuelve más autoreferencial; si cabe la frase, menos sedienta de trascendencia. Menos celosa de su excelencia. La cultura es, sobre todo, ambiente. Y el oxígeno del ambiente de una sociedad es la crítica.

Si no se puede decir que Silvio desafina, que García Márquez es, básicamente, un canon juvenil y que Alicia ya solo daba en sus últimas décadas para bailar valet parking, ¿cómo condenar las potencialidades suicidas del Interferón, la explotación del personal médico internacionalista y, en suma, el desamparo de la población a manos de una mafia que lleva 60 años actuando como un despiadado ejército de ocupación?

De no ser por la prensa independiente, el tránsito de la plaga a través del territorio nacional quedaría para los historiadores futuros como una impertinente cepa gripal que obligó a los funcionarios a vestir con nasobuco. (Por cierto, Randy Alonso no debía volver a quitárselo jamás.) Del origen de la plaga, ni hablar. En todo caso, la mano propagadora apunta hacia EEUU. Una búsqueda de la palabra “Wuhan” en el sitio Cubadebate nos remite a un repertorio de servilismo prochino que excede el enmascaraje de la propaganda en Beijing.

Al repasar periódicos y publicaciones italianas, francesas, británicas, norteamericanas, españolas, para citar los principales focos, destaca la urgencia de lucidez de sus intelectuales, el magma contestatario de una población en ejercicio de sus derechos. La plaga pone al descubierto fracturas subterráneas, destruye la conformidad, ridiculiza la retórica política, saca a la luz las imprecisiones de la ciencia. Su inadmisible costo humano impide saludar esa purificación en el caos. Pero uno se da cuenta de que muchas cosas van a quedar más claras.

No así en Cuba. Allí, la nueva normalidad será un regreso a la vieja anormalidad. Infantilizado en la opresión, aturdido en su miseria, el cubano es incapaz de decir “no”. Una pasividad que no se explica solamente por el miedo sino por una quiebra de su identidad, por la ausencia de responsabilidad con su propia persona, por su incapacidad de escándalo ante el dolor.

Triste país el nuestro, despojado hasta de la ansiedad.