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Auto de policiaFoto © CiberCuba

—La casta verde oliva y enguayaberada sigue en su marcha triunfal hacia el desastre con trucos cada vez más pueriles, como la nueva ofensiva de la policía contra supuestos acaparadores, vendedores, trabajadores privados y coleros; como si fueran los culpables de la escasez comunista que amarga la vida de los pobres de Cuba.

¿Cómo es posible que la quinta mejor policía del mundo, apoyada en un sistema único de vigilancia y protección que incluye la chivatería, no haya detectado antes a esos cubanos a los que ahora la dictadura pretende culpar, junto a Donald Trump, de la desgracia colectiva?

¿Que tiempo se necesita para crear un almacén, abastecerlo de productos de alta demanda y comercializarlos; que tiempo se necesita para montar una fábrica clandestina, hacerla producir y vender su producción?; ¿que tiempo se necesita para abrir una casa ilegal de cambio de dólares?; ¿que tiempo se necesita para establecer un banco ilegal de Bolita y su red de apuntadores y recaudadores?

Hasta que llegó la enésima crisis económica, ni una sola fuente, un confidente, policía. jefe de sector, jefe de unidad de la PNR, policía económica, el DTI y la sección de delitos informáticos fueron incapaces de detectar el lógico trasiego de vehículos y personas en torno a una ubicación determinada, anuncios de compra-venta en redes sociales, e identificarla como presunta actividad ilegal y proceder a investigarlas.

Y ahora, de súbito, la televisión anticubana se llena de supuestos pícaros delincuentes, avaros sin almas que explotan a sus hermanos y policías bobos que muestran sin recato su falta de profesionalidad y de cederitas consternados por esos “maleantes que se aprovechan del pueblo”.

¿Cómo es posible que una policía que dice trabajar para cuidar al pueblo haya tolerado durante años esos viles comportamientos en contra de sus supuestos protegidos y de la economía socialista?

Ya sabíamos que el Ministerio del Interior, destruido en 1989 por la saña raulista había descendido al mínimo en sus niveles operativos, pero no podíamos imaginar que el noble pueblo cubano estuviera tan indefenso, aún cuando esté resignado a contemplar en silencio los operativos policiales relámpagos contra los aliviadores de su pobreza por decreto comunista.

La actual ola de terrorismo mediático no es la primera ni será la última de la saga de operaciones como “Adoquín”, contra artesanos de la Catedral de La Habana, “Pío Pío” contra administradores y empleados de la popular red de venta de pollo frito, o aquel mítico jefe de la “Ward”, que construyó un imperio modificando levemente las boleadoras de helados, en esa larga marcha del castrismo contra errores y tendencias negativas.

Lástima que estas operaciones policiales, rara vez, alcanzan a acaparadores y revendedores de gran calibre como las cúpulas de GAESA, CIMEX, Tiendas Caribe, FINCIMEX, bancos Central, Popular de Ahorro, Metropolitano y Crédito y Comercio y Cadeca; por solo citar algunos neodelincuentes con amplios márgenes comerciales y sin repercusión social porque alimentos y medicinas siguen brillando por su ausencia.

¿Cómo es posible que una policía que dice trabajar para cuidar al pueblo haya tolerado durante años esos viles comportamientos en contra de sus supuestos protegidos y de la economía socialista?

Una vez iniciado el adecentamiento de la vida pública que reclamaba Eduardo Chibás sería oportuno que una unidad de la policía económica investigara cuantos dólares deben pagar médicos y enfermeras por acceder a los contratos para trabajar en el extranjero y revisara de arriba a abajo la tienda de la compañera Marcia Cobas, responsable directa de la venta de mano de obra cualificada, no vaya a ser que la apropiación del 75% de salario del personal, también sea delito.

Que tantos desmanes ocurran en las narices del Buró Político lleva a pensar que luego habrá una carga para matar bribones, reclamada por Rubén Martínez Villena, que jubile al ministro del Interior, Vicealmirante Julio César Gandarilla, al viceministro a cargo del Orden Interior, y a los jefes policiales corresponsables de tanta inacción y parálisis ante tal cúmulo de delitos descubierto por los intrépidos reporteros de televisión.

Al menos es lo que cabe inferir de las palabras del presidente Díaz-Canel en vídeo de reciente aparición en la Mesa Redonda:

“El enfrentamiento contra las actividades económicas ilícitas contará con la participación de todas las fuerzas revolucionarias, de ahí que tendremos que preparar al personal (…) coleros, acaparadores y revendedores, son personas que han actuado con total impunidad. Se nos acumuló el problema, porque no enfrentamos la situación de manera inmediata”. Dicho queda, Don Miguel.

Pero el desastre no se resuelve con mandar a todos esos guardias incumplidores de su deber al Plan Pijama castrista, porque las alharacas televisadas y los alborotos de rabia popular fingida confirman el naufragio del castrismo en sus dos nuevas líneas de producción: Policías bobos y pícaros productores de riqueza; todos nacidos después de 1959.

¿Qué tendrá el castrismo que genera tantos delitos en todos los ámbitos de la sociedad, incluida la adicción a las mieles del poder? El poder del pueblo, se sobreentiende.

Cuba demanda con urgencia una reflexión sobre esa rara virtud de producir con abundancia prósperos delincuentes, policías bobos, emigrantes portadores de remesas, inxiliados y marabú; pero no debemos albergar esperanza alguna en apologetas tardocastristas como Víctor Fowler que, hace unos días, ocupó un espacio en Granma alabando las siembras de azoteas, jardines y patios.

“(…) En un segundo nivel, la convocatoria funciona como una oportunidad para el rediseño de las estrategias en el uso de la tierra, para el surgimiento o extensión de prácticas culturales aún escasas entre nosotros y para adentrarnos en cambios en nuestros patrones de consumo. Dicho de otra manera, la conformación de un tejido productivo del cual forman parte no solo tierras de extensión mayor (por ejemplo, granjas, cooperativas, etc.), sino espacios mucho más reducidos como los utilizados para el desarrollo de la llamada agricultura urbana y, a partir de ahora, patios, jardines y quién sabe si hasta macetas y jardineras”.

Un intelectual cubano del siglo XXI asegura que lo que escasea no es la malanga, el azúcar, el jabón, la dipirona y la carne de res, cerdo y pollo; sino prácticas culturales; que supongo se referirá a su habilidad para ser invitado a recepciones oficiales, diplomáticas y otras celebraciones con jama y curda a las que asiste como un deber patriótico y luego corre a sus macetas preferidas para ver cómo prospera el Cundeamor.