Momia de Lenin. REUTERS.

‘La anécdota, propia de estos tiempos de guerra civil fría, tiene para mí un espeluznante significado. Aquellos que venimos de un país comunista ya hemos visto esta película.’

 

ANDRÉS REYNALDO, Miami para DDC.-

—El hombre, más bien regordete, se baja del metro en la estación de Times Square. Su traje blanco y la pajarita que le cierra el cuello de la camisa blanca le dan un aire de académica ingenuidad. Sin embargo, el joven que lo ha descubierto en la multitud no cederá en su indignación.

“¡Por culpa tuya hay niños muertos en las calles!”, le grita el joven. “¡Ese es tu legado: niños muertos!”

Luego lo culpará de haber comenzado varias guerras y le gritará que es un nazi, un blanco nacionalista, un fascista.

El hecho ocurrió hace una semana. Y el hombre es James Panero, editor ejecutivo de New Criterion, probablemente la revista cultural conservadora más prestigiosa de EEUU. Considerado una autoridad en la crítica de artes plásticas, también escribe sobre arte y cultura. Su especialidad es el modernismo francés.

Más tarde, Panero descubriría un tuit del joven, cuya identidad no quiso revelar en el artículo publicado el pasado sábado en The Wall Street Journal.

“Le he gritado semi-incoherentemente a un hombre que tomé por un blanco nacionalista debido a su traje blanco, su pajarita, su corte de pelo y su cara presumida y pastosa”, decía el tuit ya borrado de la red. “Mi dispositivo antimperialista se disparó al ver su bolsa @newcriterion. Escoria imperial”.

La anécdota, propia de estos tiempos de guerra civil fría, tiene para mí un espeluznante significado. Por primera vez, en casi 40 años en EEUU, compruebo que alguien con mis gustos, alguien que escribe lo que yo leo, alguien que escribe lo que yo quisiera escribir, puede ser atacado en plena calle. Con toda impunidad. Yo, también, soy escoria imperial. Imperial scum.

Aquellos que venimos de un país comunista ya hemos visto esta película. Su título es Marxismo-leninismo. Sabemos, además, que nunca tiene un final feliz. Precisamente, en un ensayo publicado en el número de octubre de New Criterion, Gary Saul Morson aborda este fenómeno de una generación que, sin leer a Lenin, actúa con un pensamiento leninista.

Como matriz de los totalitarismos comunistas y fascistas, dice Morson, el “pensamiento Lenin” solo se preocupa de quién domina a quiénes, quién le hace qué a quién y quién, finalmente, aniquila a quiénes. Es la introducción en la historia de un principio de dominación basado, según el término empleado por Morson, en la antiempatía: el rechazo programático a considerar las opiniones, los derechos y hasta la misma existencia de quienes no piensan como tú.

Morson pone el ejemplo de sus estudiantes que se dicen defensores de la libertad de expresión, excepto cuando se trata de un discurso de odio. El problema es que los estudiantes califican como discurso de odio toda opinión contraria a la suya. Viene a cuento Georgi Plejanov, el primer marxista ruso, quien postulaba que no hay contradicción en condenar los puntos de vista contrarios antes de comprenderlos. El solo hecho de ser contrarios prueba que están equivocados. Entonces, concluye Plejanov, si están equivocados sirven al enemigo y, por tanto, son criminales.

Panero habla en su nota de cómo el marxismo-leninismo reemplaza nuestro sentido natural de la vergüenza por la cultura del avergonzamiento. Cita la máxima aristotélica de mantener a la vergüenza en su adecuado equilibrio. Poca vergüenza, advierte, y los descarados dirán lo que quieran, sin respeto por la opinión ajena. Mucha vergüenza, agrega, y los tímidos, los decentes, se quedarán callados ante la feroz opinión contraria, aunque sepan que tienen la razón. Los leninistas no mostrarán la menor vergüenza en destruirte. A su vez, para destruirte, se aprovecharán de tu sentido de la vergüenza.

Con Panero no había nada que debatir. El joven ni siquiera se quitó sus auriculares. La cuestión era someterlo a la pública ignominia. Hacerlo culpable de una falta que contemple una condena unánime. Privarlo de un lugar en la comunidad. Mientras más absurdos los cargos, menor la posibilidad de defensa de la víctima. Ante los fiscales de Stalin, ¿quién pudo demostrar que no había envenenado el trigo de Ucrania?

Escenas como esta ya no sorprenden. De Nueva York y París a Sydney, en las sociedades más libres, prósperas y democráticas, el “pensamiento Lenin” encarna en la rebelión de las minorías, los jóvenes y los mediocres. Las minorías para ejercer el poder que no les corresponde por la proporción del voto. Los jóvenes, criados en la tolerancia y la abundancia,  para vivir el ideal thelemita de hacer lo que deseas, sin el límite de la autoridad ni el compromiso de la responsabilidad. Los mediocres para evadir el juicio del mérito.

Al joven de Times Square le bastó ver un traje blanco, la pajarita, un corte de pelo… No, yo no quiero repetir esa película.