Imagen del Observatorio Cubano de Conflictos. / OCC.-

 

Tras un año de trabajo del Observatorio Cubano de Conflictos, DIARIO DE CUBA conversa con su director, Juan Antonio Blanco.

 

 

DDC, Madrid.-

—El Observatorio Cubano de Conflictos lleva un año trabajando en la denuncia y el análisis de violaciones de derechos a los cubanos. DIARIO DE CUBA conversa hoy con su director, y colaborador de este periódico, Juan Antonio Blanco.

¿Por qué un Observatorio Cubano de Conflictos?

Ausencia de protestas públicas no equivale a ausencia de conflictos. Cuba es un país en el que, además de los conflictos políticos, existen numerosos y graves conflictos socioeconómicos que están generando protestas públicas.

¿Cómo surgió la idea?

El Observatorio Cubano de Conflictos (OCC) no nació en la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba (FHRC), sino en la Isla. Fue establecido en diciembre de 2018 en Cuba por un grupo de activistas y desde el inicio tuvo la simpatía y colaboración de la FHRC. Querían poder contar con alguna plataforma externa que los apoyara en diseminar el monitoreo que venían haciendo de los conflictos nacionales, pero también que colaborásemos con ellos en seleccionar, producir y difundir materiales didácticos para la población. Algunos de sus promotores habían apoyado antes al Movimiento Dignidad para denunciar las leyes de peligrosidad y los maltratos en las cárceles, pero ahora querían expandir su trabajo para luchar por condiciones de vida dignas para todos los ciudadanos.

Sin embargo, ya existen varios observatorios de violaciones de derechos humanos en Cuba. ¿Por qué uno más?

El papel del OCC es diferente, aunque complementario al que realizan las otras instituciones dedicadas a identificar las violaciones de derechos económicos, sociales y culturales.

El OCC lleva el inventario de los conflictos que dichas violaciones generan y analiza, mensual y semestralmente, las tendencias que se marcan en la conflictividad nacional.

Lo que es más importante: el OCC no solo apoya el monitoreo y análisis de los conflictos, sino que ayuda de manera proactiva las luchas ciudadanas. En ese sentido, la plataforma del Observatorio es una herramienta práctica, puesta al servicio de quienes solicitaron su creación.

Puede que la pregunta parezca una perogrullada, pero: ¿cómo definen un conflicto?

Hay conflicto cuando dos partes se oponen porque sus intereses se verían afectados —o esa es la manera en que lo ven— si ceden a las demandas de la otra parte. Cuando, por ejemplo, el Gobierno responde a las personas que viven en un edificio con peligro de derrumbe que ese es “su problema”, se está ocultando la raíz del asunto. Eso no constituye un “problema personal” de esa familia. Eso es un conflicto social entre esa familia y el Gobierno que se niega a descentralizar la solución de la construcción de vivienda porque cree que eso resquebrajaría el poder monopólico del Estado sobre la vida de las personas.

¿Qué patrones ha identificado el Observatorio?

Los activistas del OCC resumen lo que está sucediendo en tres puntos:

Primero: múltiples comunidades han demostrado que “sí se puede” enfrentar y ganar demandas al Estado. El principal pilar que sostiene al régimen no es el MININT, sino la idea —derrotista, desmovilizadora y falsa— trasmitida de generación en generación, de que “esto no hay quien lo tumbe ni quien lo arregle”. Esa falsa premisa actúa como una pedagogía de la sumisión que le ha permitido al Gobierno controlar el pensamiento y la conducta de los ciudadanos. Cuando la crisis de las condiciones cotidianas de vida toca fondo, como viene ocurriendo, las personas tienden a despojarse de su miedo y actuar en defensa de sus necesidades existenciales.

Segundo: la estabilidad aparente del sistema es una ilusión. Los opositores políticos pueden ser miles, pero los disidentes son millones. El dictador rumano, Nikolae Ceausescu, se creía seguro porque había infiltrado todos los movimientos políticos de oposición. No le pasó por la mente que disidentes no son solo los opositores, sino todo el que disiente del sistema y de las políticas de gobierno, a los que culpabiliza de sus problemas.

Y tercero: las condiciones de vida cotidianas se deterioran con rapidez y el índice de pobreza ya sobrepasa a la mitad de la población, por lo que la represión enfrenta un nuevo desafío. No hay suficientes policías ni calabozos para reprimir a tanta gente. No están capacitados para enfrentar a millones de ciudadanos que exigen condiciones dignas de vida aquí y ahora, y que no pertenecen a una organización con líderes visibles.

¿Qué impacto ha tenido el Observatorio luego de un año de trabajo?

En estos 12 meses, además del seguimiento nacional, el OCC ha monitoreado muy de cerca la evolución de treinta conflictos en los que se usó, de diversos modos, la metodología que el Observatorio Cubano de Conflictos ha diseminado masivamente en la Isla, usando múltiples vías como las redes sociales, sitios de internet, YouTube, la aplicación Zapya, paqueticos digitales y otros.

De los treinta conflictos, veinte y cinco ya ganaron sus demandas, y el resto sigue luchando por ellas. Creo que es un índice alentador.

Esas victorias populares incluyen: una comunidad a la que le habían dado una semana para que desalojaran sus viviendas que serían demolidas; los inquilinos de un edificio que se había derrumbado en fechas recientes y estaban durmiendo en un portal; una comunidad que llevaba años sin que le repararan el acueducto; otra comunidad rural que hacía dos décadas que solicitaba que pusieran techo a la parada de buses, y así muchas otras más.

En todos los casos, los burócratas abandonaron su intransigencia inicial al percatarse de que los vecinos estaban bien organizados, sabían comunicar sus ideas y negociar sus exigencias con respeto pero también con firmeza, no aceptaban promesas sin fechas a corto plazo de cumplimiento y exigían conocer el nombre del responsable de ejecutarlas. Por otro lado, ya se había filtrado a las redes sociales su lucha y estaban dispuestos —si se negaban a dar solución a la demanda— a escalar su protesta llevándola a las calles, donde era de esperar que podían contar con la simpatía y apoyo de muchas otras personas.

¿Estos hechos no contradicen la muy extendida creencia de que los cubanos son cobardes y evitan enfrentar al Gobierno?

Yo, respetuosamente, difiero de esa opinión. Para imponerse al miedo hay que creer que vale la pena correr el riesgo que supone pasar a la acción; hay que llegar al convencimiento de que no hacer nada es una opción peor.

Cuando las personas son convocadas a buscar un triunfo a corto plazo para resolver necesidades de su vida cotidiana, por lo general logran superar el miedo a las represalias de la policía y la burocracia. Y al aparato represivo le resulta difícil acusar de “contrarrevolucionarios” a quienes se lanzan a la calle a exigir que le restablezcan la luz y el agua después del paso de un huracán, como ocurrió en un barrio habanero que no se dejó intimidar por las tropas antimotines de la policía y tuvo éxito en su demanda.

El cubano es más desconfiado, pero no más cobarde. La experiencia de trabajo en apenas un año del Observatorio Cubano de Conflictos así lo confirma.