Bustos de Martí en el tiempo. ALEN LAUZÁN.-

 

Es lamentable, aunque comprensible, que muchos jóvenes culpen a Martí del actual estado de cosas en Cuba.

ORLANDO FREIRE SANTANA para DDC, La Habana 

—En enero de cada año sale a la palestra la figura de José Martí al conmemorarse otro aniversario de su nacimiento. Pero en esta ocasión la efeméride adquiere una mayor connotación, todo a raíz de la acción del grupo Clandestinos contra bustos del héroe nacional cubano.

En el contexto de las condenas gubernamentales a esas acciones, el presidente de la oficialista Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Ricardo Ronquillo, publicó el domingo 12 de enero en el periódico Juventud Rebelde el artículo titulado “José Martí, ¿blanco de agravios o Apóstol de la inspiración cubana?”.

Ronquillo se refiere al surgimiento de dos bandos en cuanto a la asimilación del legado del héroe de Dos Ríos: “quienes intentaron sacar a José Martí de la podredumbre y el lodo, y los que, en su nombre, no hicieron más que hundirlo en los fanguizales del olvido o la manipulación”. Y, por supuesto, coloca a los actuales gobernantes cubanos en el primer grupo.

Es cierto que siempre ha habido cubanos que no han comulgado con el ideario martiano y, en consecuencia, se han manifestado por bajarlo de esa especie de altar que ocupa en nuestra historiografía. Muchos de esos críticos de Martí argumentan, por ejemplo, que su prédica revolucionaria le cerró el paso a la variante evolucionista enarbolada por el Partido Autonomista, la cual —argumentan— hubiese ahorrado a los cubanos la destrucción en que quedó la Isla al finalizar la gesta independentista de 1895, así como la sangre derramada en los campos de batalla.

Sin embargo, sería después de 1959 cuando se produce una verdadera fractura en lo concerniente a la apropiación del legado martiano. Los nuevos gobernantes de la Isla, con tal de legitimar sus acciones, se dieron a la tarea de torcer la historia a su conveniencia. Y en semejante maniobra la figura de José Martí adquiriría un singular protagonismo.

Ya antes de llegar al poder, Fidel Castro había declarado que Martí era el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada, y después del triunfo de sus huestes pretendió que el Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado por Martí en 1892, era el antecedente del Partido Comunista de Cuba, que actualmente gobierna la Isla.

No hay más que consultar las Bases del PRC para desmentir semejantes falacias. Allí se aclara que el partido prepara una guerra “generosa y breve” para lograr la independencia de Cuba, y no “un movimiento mal dispuesto y discorde”. Nada más alejado del propósito martiano que la descabellada acción del 26 de julio de 1953, que contó con la desaprobación de todos los componentes de la sociedad, incluyendo al Partido Socialista Popular, entonces estandarte de la izquierda política en el país.

Las Bases del PRC también expresaban que ellos “no tenían por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considerara la Isla como su presa y dominio, y que al final entregarían a todo el país la patria libre”. Concluyente. No hay ninguna afinidad con este Partido que hoy sojuzga a la patria.

¿Y qué decir de aquella advertencia martiana de que una nación no se funda como se manda un campamento?  O su máxima de que “la Patria es ara y no pedestal”. Sería bueno que se la aplicaran a personajes como José Ramón Machado Ventura o Ramiro Valdés —por solo citar dos casos—, lo cuales en uno u otros cargos llevan más de 60 años encaramados en el trono de la nación.

A todas luces, el castrismo ha despojado a Martí de su condición de símbolo patrio para convertirlo en un estandarte de su ideología totalitaria. Por ello es comprensible, y también lamentable, que muchos jóvenes culpen al Apóstol por el actual estado de cosas en la Isla. Y, por eso, igualmente no es aventurado destacar la cuota de responsabilidad que cabe a los gobernantes cubanos por acciones como la de Clandestinos y cualquier otro hecho que atente contra la imagen de los padres fundadores de nuestra nación. Porque tampoco hay que olvidar que las nuevas generaciones de cubanos han crecido bajo el bombardeo mediático de que la revolución cubana ha sido una sola, desde 1868 hasta nuestros días. Equiparando así a Carlos Manuel de Céspedes con Fidel Castro.

El señor Ricardo Ronquillo censura el hecho de que algunos quieran medir la heroicidad en estallidos de horror o violencia absurda y desenfrenada. El articulista parece olvidar, empero, que los gobernantes a los cuales él sirve no llegaron al poder por vías muy pacíficas que digamos.