En las reuniones de capacitación se advierte a los médicos para que no publiquen imágenes que puedan perjudicar al sistema de Salud. (flickr).-

 

Los sanitarios se enfrentan a la pandemia agotados por jornadas eternas en parte para cubrir a sus colegas en misión internacional

 

—Ernesto se considera “perro viejo” en su profesión, médico de cabecera. Sin embargo aún recuerda como a él y sus colegas se les quedó “tatuado con fuego” la advertencia que las autoridades les hicieron durante una reunión de capacitación sobre los protocolos para el covid-19. “Ojo con el que publique una foto o información que no vaya acorde con lo que se esté diciendo, porque serán tomadas medidas a la altura de lo que se diga”.

La “foto o información” inapropiada se refiere, a su juicio, a las precariedades del sistema de Salud y a las condiciones de trabajo del personal médico. Los policlínicos no tienen ni un baño o cuarto en condiciones donde los médicos, que dedican siete días a su tarea por apenas 1.600 pesos al mes, puedan descansar y eso dificulta el cumplimiento de todas las medidas sanitarias. Además, una vez salen del hospital, se enfrentan a los mismos problemas que el resto de la población: el desabastecimiento y las colas.

El acceso a fuentes médicas y centros hospitalarios en Cuba requiere permiso del Ministerio de Salud Pública, que se lo niega a la prensa independiente ya en condiciones normales. Ahora, cuando el personal sanitario está en el centro de la atención mediática, una declaración publicada con la identidad del autor puede propiciar una sanción o expulsión del sistema de Salud, dependiendo la gravedad de la falta.

Ahora, cuando el personal sanitario está en el centro de la atención mediática, una declaración publicada con la identidad del autor puede propiciar una sanción o expulsión del sistema de Salud

Ernesto, que habla con un pseudónimo, explica cómo transcurre habitualmente su jornada, que empieza a las 7:00 de la mañana en un apartamento con tres habitaciones, una para enfermería y dos para las consultas. “En el baño no tenemos agua: ni en el lavamanos ni en el inodoro. Tenemos que cargarla a cubos”.

Su primera tarea es rellenar la hoja, en la que anota a los pacientes que atiende por “grupos dispensariales”, un sistema de categorías implementado por el ministerio para clasificar a la población según sus riesgos y vulnerabilidades. “Debo atender un mínimo de 20 pacientes diarios. Si no, mi trabajo no se considera productivo”.

A las 9:00 de la mañana llegan los estudiantes de medicina que realizan las pesquisas. Ernesto les reparte los formularios y ellos deben visitar todas las casas para saber la cantidad de personas que viven en el hogar, su edad y su sintomatología, un sistema basado en la vigilancia epidemiológica que ya se realizaba para el zika o el dengue.

“Después de las primeras semanas los vecinos me llamaban porque los estudiantes no estaban pasando todos los días (como está establecido), pero a mí sí me estaban entregando los reportes diarios. Falsificarlos es fácil: primero hacen una pesquisa completa, bien hecha, con todos los datos y antes de entregarla le hacen una foto. Luego se guían por esa y visitan las casas solo un par de veces a la semana”, lamenta.

Ernesto trató de hacer rotar a los estudiantes para evitar la trampa, pero la facultad acordó que debían pesquisar en áreas fijas para conocer a sus pacientes, con un máximo de 40 viviendas. “Como comprenderás, hay veces que pasan, y hay veces que no”, cuenta.

Desde que comenzó la pandemia el número de pacientes de Ernesto ha bajado y ya empieza a notar la vuelta a la normalidad. “La mayoría son adultos mayores que vienen a buscar recetas. Piden la misma por segunda o tercera vez, porque el medicamento está en falta y la receta vence”. El doctor protesta que las autoridades no hayan aprobado prórrogas de recetas como sí hicieron con otras cosas. “Si no he repetido 100 recetas vencidas no he repetido ninguna. Es una pérdida de tiempo y recursos incalculable siendo este un país tan pobre”, se queja.

“La mayoría son adultos mayores que vienen a buscar recetas. Piden la misma por segunda o tercera vez, porque el medicamento está en falta y la receta vence”

Entre los medicamentos más demandados están analgésicos como la dipirona y el naproxeno, antibióticos como la gentamicina y la triamcinolona, y sedantes como el clordiazepóxido, que no se consiguen.

Después del almuerzo, Ernesto visita a los pacientes cercanos que viven solos y a los que han declarado síntomas a los visitadores o mediante la aplicación móvil. “Con estos últimos me ha pasado que a veces llego y me dicen que no tienen nada, que están aburridos, o que solo querían comprobar si de verdad funciona la aplicación. Casi todos son adultos mayores. Les explico que se imaginen si de verdad me necesitaran y yo estuviese visitando a otra persona que falseó síntomas”, dice, aunque la propia aplicación indica que dar información falsa está sujeta a sanciones previstas por la ley.

Cuando entrega el papeleo en el policlínico concluye su jornada y se entretiene charlando con sus colegas durante la hora u hora y media que demora en llegar el autobús que reparte el personal médico, aunque algunos, según el municipio en que residan, deben esperar dos o tres horas.

Ernesto cree haberse contagiado de coronavirus hace un par de meses tras estar en contacto con una italiana procedente de Bolonia. Una semana después fue al policlínico con fiebre, dolor de cabeza y decaimiento, y lo remitieron al hospital militar Luis Díaz Soto, en La Habana. “El doctor me miró y me dijo, con toda su caradura: ‘usted lo que tiene es faringo-amigdalitis. Váyase para su casa’. Él sabía que yo era médico porque lo dice la remisión. Al día siguiente hicieron la desinfección en mi casa y estuve 21 días aislado. No me hicieron análisis, nunca se supo lo que tuve”.

El doctor cree que casos como el suyo pueden permitir mejorar las estadísticas, aunque dice que no conoce de otros casos de presunta omisión de registro de un contagiado por el virus. “A mí no me gusta hablar de política porque siempre se malinterpreta todo, pero la manera que tienen de defender el sistema es diciendo ‘miren como nosotros hemos manejado la pandemia'”.

En el país ya se han reportado dos brotes de contagio en centros hospitalarios, ambos en Matanzas. Un medio local detalló las condiciones de trabajo e higiene y la escasez de materiales de protección que favorecieron el brote en el hospital Comandante Faustino Pérez. El piso donde se originó el foco carecía de agua desde hacía más de un año. Además, con todo el personal aislado en el hospital para evitar nuevos contagios, se redujeron los médicos disponibles en la provincia y aumentó la carga de trabajo de los demás, hasta el punto de que una brigada de Mayabeque tuvo que ir a prestar apoyo.

“Se formaron grupos para ir relevando. Los intensivistas, internistas, ginecólogos y pediatras tenían que entrar obligatoriamente, para los demás era voluntario. Después sacaron médicos para las misiones y hubo que hacer más grupos”

Milena es estudiante de Medicina, cursa su último año y está haciendo prácticas en primera línea, pero teme por su embarazo. “La cosa de verdad se puso fea cuando empezamos a contar entre 25 y 30 ambulancias diarias que traían pacientes con síntomas respiratorios. Se habilitaron consultas específicas para ellos, a las que se entra por otro lado del hospital. A mí me ubicaron en el cuerpo de guardia. Pero igual, una que otra vez, por ahí llegan casos sospechosos. Y hay que examinarlos para hacerles un prediagnóstico”.

La joven da cuenta de la influencia que tienen las misiones internacionales en la pérdida de profesionales en Cuba. El Gobierno mantiene personal en 59 países, una merma de unos 29.000 sanitarios, 3.300 en las 29 naciones en las que participa en la lucha contra el covid-19.

“Se formaron grupos para ir relevando. Los intensivistas, internistas, ginecólogos y pediatras tenían que entrar obligatoriamente, para los demás era voluntario. Después sacaron médicos para las misiones y hubo que hacer más grupos porque no daban abasto los médicos. Nadie sabía lo que iba a pasar”, recuerda.

“Se temía mucho porque las medidas de seguridad eran pocas. Solo te daban un nasobuco de tela, de los verdes, para toda una guardia de 24 horas. No daban sobrebatas, ni gorros y menos espejuelos. Solo después de las donaciones [del Gobierno de China] mejoraron un poco las cosas. Pero igual nos preocupaba que llegara algún paciente que no tuviera síntomas, que viniera por otra cosa, y que cualquiera de nosotros se infectara”, dice. Ella trae de casa cuatro o cinco mascarillas, dos trajes de protección, un par de guantes y un gorro quirúrgico.

El Ministerio de Salud retiró al personal mayor de 60 años con el 60% del sueldo por ser un grupo de riesgo, pero no así a las embarazadas, ya que no se ha determinado que el virus provoque anomalías o complicaciones severas, pero Milena tiene miedo porque el sistema inmunológico se deprime durante la gestación. “En el caso del covid-19, puedes hacer una neumonía o bronconeumonía, con mucho peligro para la vida de la madre y del bebé”, señala.

Estos temores han llevado a algunas sanitarias que aún no superan el segundo trimestre a presentar certificados médicos que les permiten ausentarse hasta su vencimiento. Después los prorrogan hasta que, en la semana 34 pueden acogerse a la licencia remunerada. Pero Milena tuvo que regresar al acabarse la validez del primero por ser estudiante. “Si no cumplo con el 80% de asistencia pierdo el derecho a la prueba estatal”, explica.

Mariela, doctora de familia en un consultorio en el municipio habanero de Plaza de la Revolución, está preocupada por el Programa de Atención Materno Infantil. “Las embarazadas y lactantes llevan una serie de estudios por trimestre, un nivel de seguimiento que es de las cosas más agotadoras que hay”. Eso se traduce en más pruebas, más consultas, más seguimientos, más informes y reportes. No tiene descanso.

Antes trabajaba de lunes a viernes y los sábados hasta las 12:00, pero ahora también debe hacerlo los domingos, en las pesquisas diarias. “Esto no se lo esperaba nadie. Y no es un extra. Si no lo hacemos así, siguen los casos”

Antes trabajaba de lunes a viernes y los sábados hasta las 12:00, pero ahora también debe hacerlo los domingos, en las pesquisas diarias. “Esto no se lo esperaba nadie. Y no es un extra. Si no lo hacemos así, siguen los casos. Pero desde mi punto de vista uno se agota porque, además, no todo es covid-19. Uno tiene a la población con otras afecciones, los programas de seguimiento… Además, están las guardias médicas, los adultos mayores, los que viven solos, el seguimiento de los contactos y a ellos hay que verlos todos los días”, repasa.

Cuando el personal está cansado, señala Mariela, deja de cumplir con el mismo rigor los protocolos y ella solo descansa ahora en los días siguientes a las guardias en el policlínico,cuatro veces al mes.

—¿Te han dicho cuándo podrás descansar oficialmente?

—No, no lo sé, supongo que cuando termine todo esto.

Francisco Durán, jefe del Departamento de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, ha explicado que la epidemia se dará por concluida 28 días después del último caso positivo, el tiempo que corresponde a dos períodos de incubación del nuevo coronavirus.

Mientras, La Habana luce carteles que destacan la batalla, triunfante, contra la pandemia. Algunos incluyen fotografías de Fidel Castro y José Martí. Hay uno donde aparecen varios médicos con mascarillas verdes guardando distancia; el primero de ellos sostiene la bandera cubana.

Es muy probable que la foto la hicieran en el acto de abanderamiento y despedida de alguna brigada médica antes de partir hacia su misión. El cartel lleva el texto: “Por Cuba, unidos venceremos”. El mensaje se repite en los medios estatales para recordarnos que son nuestros héroes: los de bata blanca. Y en realidad lo son, pero no por su incondicionalidad y disciplina, sino porque hacen su trabajo sin los medios adecuados, sin pago por horas extra, sin días de descanso y sin poder disfrutar a su familia.