Raúl Castro abraza a su sucesor en el último 26 de julio celebrado. (EFE).-

 

Al suprimir la existencia de organizaciones opositoras, abolir la prensa independiente y saltarse la regla de elegir a los gobernantes con la participación de los electores, la libertad fue desterrada de raíz.

 

—Como parte de las medidas relacionadas con la pandemia se ha confirmado que el 67 aniversario del asalto al cuartel Moncada no se celebrará con actos masivos. En su lugar, se promueven “actividades acordes con la situación epidemiológica, como se hizo el pasado 1 de mayo”. Se repetirá la consigna “Siempre es 26” y se escucharán viejas y nuevas canciones alegóricas, pero quizás lo más significativo sea que este será, con toda seguridad, el último 26 de julio en el que Raúl Castro aparezca formalmente al frente de las decisiones en Cuba.

Lejos están los días en que aquel joven de 22 años huía a toda velocidad por la calle Garzón en Santiago de Cuba luego de arrojar las armas y ponerse un pantalón de civil que guardaba por precaución. Al percatarse de que la operación del cuartel Moncada había fracasado, abandonó su posición en el Palacio de Justicia desde donde debía cubrir la retirada de los asaltantes.

Al menos eso fue lo que contó el propio Raúl Castro al ser capturado y conducido al Vivac de Santiago de Cuba. Sus declaraciones fueron publicadas entonces por el periódico Prensa Universal y citadas posteriormente por la periodista Marta Rojas en el diario Granma.

El Ejército constitucional de la República tuvo 19 muertos y 30 heridos en el asalto a la segunda fortaleza militar de la nación. Que el hoy general de Ejército pueda presumir de no haberse manchado las manos de sangre en aquella acción no lo exime de otras acusaciones referidas a hechos posteriores, pero ese es otro tema.

Quienes pusieron el muerto en ese bando de la contienda no eran esbirros de una dictadura ni oligarcas de la clase explotadora, sino hombres humildes que encontraron en la profesión militar una digna forma de alimentar a su familia

Ningún historiador ha revelado el prontuario criminal de las víctimas del Ejército. Esto indica que quienes pusieron el muerto en ese bando de la contienda no eran esbirros de una dictadura ni oligarcas de la clase explotadora, sino hombres humildes que encontraron en la profesión militar una digna forma de alimentar a su familia.

Ya sabemos lo que pasó después. Torturas, asesinato de detenidos y mil atropellos más, pero lo primero que ocurrió aquel aciago día fueron los 19 soldados abatidos por el fuego revolucionario.

Siempre que escucho un llamado a derrocar la actual dictadura por la vía de las armas me hago las mismas preguntas. ¿Quiénes van a poner los muertos? ¿Cuál sería la fortaleza elegida? ¿Qué posibilidades de éxito podría tener semejante acción?

Hoy nadie tiene permitido alquilar un lugar bajo el pretexto de criar pollos y luego albergar allí a los combatientes como hicieron los “moncadistas” en la granjita Siboney. Sería imposible sacar tantos pasajes para un mismo destino o alquilar tantas habitaciones en los hoteles de una provincia. Eso, sin hablar de conseguir las armas, del entrenamiento previo y de lograr que el secreto propósito no llegue a oídos de la Seguridad del Estado.

Nadie discute el rotundo fracaso que fue aquella operación militar que supuestamente intentó solucionar de un golpe los males acumulados en 50 años de República.

Para mitigar la frustración se han promovido numerosas alegorías, entre ellas que aquello fue “el pequeño motor que sirvió para echar a andar el gran motor de la Revolución”, de manera que para evaluar con justicia el éxito final de aquella acción habría que medirlo en los resultados de hoy tras 61 años de funcionamiento del metafórico gran motor.

Si nos guiamos por los textos fundacionales y programáticos de ese fenómeno llamado Revolución Cubana podría resumirse de forma general que sus propósitos primigenios proclamados fueron la libertad, la soberanía y la justicia social. Los ciudadanos libres en una nación soberana donde imperara la justicia podrían llevar a cabo dos tareas más, identificadas como ajustadas a un sistema socialista: la satisfacción de las necesidades siempre crecientes de la población y la formación de ese hombre nuevo que debería ser culto, solidario, honesto, cívico, libre.

El fracaso no terminó en el Moncada, porque al suprimir la existencia de organizaciones opositoras, abolir la prensa independiente y saltarse la regla de elegir a los gobernantes con la participación de los electores, la libertad fue desterrada de raíz.

Hoy más que nunca se depende de las importaciones y “paradójicamente” las decisiones de Washington repercuten más que nunca en la política interna

La soberanía se redujo a los discursos desde que Cuba se insertó en el bloque de países socialistas, permitiendo convertir la Isla en una base nuclear extranjera y enviando tropas a África para garantizar los intereses geopolíticos de la Unión Soviética en la Guerra Fría. Hoy más que nunca se depende de las importaciones y “paradójicamente” las decisiones de Washington repercuten más que nunca en la política interna y en la vida cotidiana de los cubanos.

Los empeños de justicia social quedaron incumplidos porque el salario de los trabajadores no alcanza para mantener a las familias, mientras una casta dirigente vive en la opulencia. El deplorable estado actual de hospitales y centros docentes evidencia que todo aquel andamiaje para sostener el modelo de Salud y Educación no descansaba en la eficiencia del sistema de producción implantado en la Isla sino en la subvención proveniente del campo socialista; al extinguirse aquella ficción política hubo que volver a la realidad y en consecuencia, aceptar las diferencias sociales como algo natural.

El fracaso tiene su máximo exponente en la disminución a sus mínimos de la producción y el disfrute de bienes materiales, porque el control estatal y la planificación han arruinado la economía. Por si fuera poco, aquel mejor ser humano, que iba a llegar a protagonizar el escenario público, no acaba de aparecer en este presente, que demagógicamente se anunció como un cercano futuro luminoso.

Ojalá nunca más se produzca algo semejante a aquel 26 de julio de 1953.