Mausoleo funerario de José Martí, Santa Ifigenia, Santiago de Cuba. ONLINE TOURS.

 

Las reacciones por las pintadas del grupo Clandestinos contra imágenes y bustos de José Martí vienen a recordar la urgencia de un postergado debate.

Andrés Reynaldo para DDC, Miami.-

—Las  reacciones por las recientes pintadas del grupo Clandestinos contra imágenes y bustos de José Martí y Fidel Castro, juntos y por separado, vienen a recordar la urgencia de un postergado debate.

Sabemos que el pensamiento de Martí ha sido manipulado por Fidel. Esa obsesión comparativa concluye con el depósito del esotérico mojón castrista a pocos pasos del mausoleo martiano en el Cementerio de Santa Ifigenia.

Una vez reconocido que es una apropiación oportunista, sostenida por la propaganda y la educación de un régimen totalitario, a despecho de la inequívoca aspiración libertaria del prócer independentista, quedan en pie ardientes preguntas: ¿Hay algo en ese pensamiento que tolera la apropiación? ¿La sacralización del héroe muerto facilita la sacralización del héroe vivo?

Las respuestas, quizás, no estén en nuestro inmediato horizonte. Esos debates, lleven a donde lleven, forman parte de una lenta construcción intelectual. Obviamente, a Martí no podemos hacerlo responsable de 61 años de castrismo. A pesar de las ambigüedades y contradicciones de su pensamiento. Fidel, creo yo, le hubiera parecido una abominación, un sanguinario payaso.

Asimismo, el afán de Martí por la imposición revolucionaria, rechazada por la mayoría de los cubanos a fines del siglo XIX, no partía de una voluntad programática de dominio. Para empezar, carecía del aguzado instinto de conservación que distingue a los dictadores. Su caída en Dos Ríos, después del amargo encontronazo de La Mejorana, tiene el aura de un suicidio por fuego enemigo.

Esta imposición revolucionaria apenas le sobrevive dos años. Muy lejos de ser un especialista, como interesado lector de nuestra historia no encuentro un dato que me convenza de la efectividad militar de los mambises frente al combinado poder de soldados españoles y voluntarios en 1897. Transparente, sin embargo, es el rechazo a la estrategia de tea incendiaria, a la “guerra necesaria”, que destruyó, tal como destruiría Fidel en 1959, una era de prosperidad.

Vengan a mano unos pocos detalles. En carta del 28 de abril de 1897, ya el general Calixto García sugiere al general Máximo Gómez la disolución de  la tropa independentista. En noviembre, España concede la autonomía (lamentablemente tardía) con igualdad de derechos para insulares y peninsulares. La única protesta significativa procede del bando integrista que se manifiesta en Nochebuena frente al Diario de la Marina, al grito de “¡Viva Weyler!”

El 1 de enero de 1898 entra en funciones el Gobierno autonomista, elegido por el 80% de los votantes. A los tres meses, reducido el número de soldados españoles en la Isla, el capitán general Ramón Blanco Erenas decreta unilateralmente el fin de las hostilidades. Repito: unilateralmente. Sin tomar en cuenta la amenaza contraria.

Hugh Thomas cita en su magnífico Cuba: la lucha por la libertad (Debate, Barcelona, 2004), las observaciones del magnate y filántropo norteamericano Edwin Atkins.

“No encuentro oposición a la autonomía en ninguna parte, sino que ahora se difunde por toda la comunidad una opinión general favorable a la anexión […]”, dice Atkins. “Todos los cubanos de categoría temen la independencia”.

Pasarán más de 20 años, hasta que vuelva a ser reflotada la imposición revolucionaria y cobre auge la sacralización de Martí. Revolucionarios y martianos serán figuras tan disímiles como Julio Antonio Mella y Fulgencio Batista, Blas Roca y Gerardo Machado, Rubén Martínez Villena y Jorge Mañach.

Pomposos en la retórica, confusos en sus postulados y, con frecuencia, brutales en sus propósitos, pistoleros y presidentes, sindicalistas y policías, comunistas y anticomunistas, abrazarán en Martí una universal coartada patriótica y el mito compensatorio a las deficiencias de nuestra identidad.

Aun así, el desarrollo de la economía y la sociedad al margen de la turbulencia política, había mermado ya para 1953 el prestigio de la imposición revolucionaria. “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario”, diría Fidel con extraordinario tino en el juicio por el asalto al Moncada. La realidad había estado a punto de ganar la partida.

Quiero pensar que a Martí, muerto a los 42 años, le hubiera sobrado el coraje y la humildad para caminar sobre los escombros de un nacionalismo mesiánico que partía del inmaduro desconocimiento de la idiosincrasia de las gentes y las potencialidades del país, el anclaje en el obtuso marco intelectual de la España decimonónica y un craso, a todas luces deliberado, error geográfico.

Las virtudes para emprender ese viaje estaban en su carácter, brillan en lo mejor de su obra. ¿Por qué no acabamos de echar a andar nosotros?