La discriminación institucionalizada que sufren cientos de miles de personas en Cuba a causa de su lugar de origen es un fenómeno del que apenas se habla.

LA HABANA, Cuba. – “Lo único que tenía que hacer era no abrir la boca, entonces pasaba por un blanquito habanero y ya, (los policías) no pedían el carnet de identidad”, así explica Yordanis una de sus muchas estrategias para pasar inadvertido en La Habana.

Holguinero, sin familia en la capital, casi un adolescente cuando escapó de su provincia para probar suerte en otro “lugar mejor” —en un país “donde no hay mucho para escoger”, según sus propias palabras— el joven debió dormir durante algún tiempo entre los sacos de harina en una panadería donde un desconocido le dio techo, comida y un empleo “ilegal”, gracias al cual pudo alquilarse un cuartucho sin baño ni cocina en un caserío —también ilegal— del municipio Regla.

“Tuve suerte porque solo dormí una noche en la calle (…), conozco gente que se metió meses dando vueltas por ahí, durmiendo en parques (…) pero yo no parezco palestino, tengo los ojos claros, la piel blanca, lo que no puedo es abrir la boca porque me descubren”, dice Yordanis riendo pero muy consciente de la discriminación, ya institucionalizada, que sufren cientos de miles de personas en Cuba a causa de su  lugar de origen.

Un caso muy distinto es el del joven Rosniel, también de Holguín. A diferencia de Yordanis, por tener la piel negra no podía caminar dos cuadras sin que un policía lo detuviera y casi siempre de muy mala forma, “como si fuera un delincuente”.

Incluso, mientras conversamos sentados en el Paseo del Prado, un oficial de la policía nos observa con insistencia y Rosniel, nervioso, se palpa los bolsillos del pantalón verificando que lleva el carnet de identidad. Me lo muestra como queriéndome convencer de que no es un bandido.

Le digo que no es necesario pero él insiste. Víctima de la discriminación constante, juzga necesario demostrar a todos que no es esa “figura del mal” que el prejuicio ha ido enquistado en las mentes, también en la de los policías, la mayoría reclutados en la zona oriental del país y traídos a La Habana a cumplir servicio por falta de personal.

“No me quiero acordar de lo que pasé (…), estuve tres veces en el VIVAC (centro de detenciones de la policía) a pesar de estar en proceso para el cambio de dirección. (…) Cuando les enseñaba los papeles igual me cargaban, me llevaban esposado, a empujones y yo tratando de explicar pero era peor, eso hizo que la gente que me alquilaba me cerrara el alquiler”, dice Rosniel quien, a pesar de llevar varios años viviendo en la capital y de haber logrado con mucho esfuerzo el cambio de dirección necesario para dejar de ser un “ilegal” con muy pocos derechos como ciudadano en su propio país, continúa siendo tratado como “palestino”.

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“Palestinos”, la discriminación invisible (foto del autor).

“Yo me ajunté con la persona que me recogió (…). Yo era un muchacho, y él un señor mayor. (…) no soy homosexual pero ese hombre fue el único que me dio una mano (…), sin preguntar me llevó para su casa y gracias a él hoy tengo un lugar y un trabajo  que él me consiguió pero realmente no era la vida que yo hubiera querido (…), aún con todo el trabajo que pasé prefiero estar aquí en La Habana y no en Holguín (…), allá la vida es peor, y más si eres negro”, afirma Rosniel.

Las escenas de policías deteniendo a ciudadanos tan solo porque “la cara” no les gusta o porque el color de la piel les sugiere que son “potencial delictivo” se hicieron cada vez  más frecuentes y ya no causan demasiado asombro.

Pocas veces alguien se detiene a observar tales escenas o si lo hacen no protestan porque muchos también “suponen” que los “palestinos” son los causantes de algunos de los tantos males que atraviesa la capital pero sobre todo de la suciedad, los robos a viviendas, asaltos, estafas, violaciones a mujeres y menores de edad.

No existe en la televisión cubana, totalmente en manos del Partido Comunista, un spot que advierta sobre el fenómeno de la discriminación ni que eduque en la erradicación de la palabra “palestino” y el prejuicio que contiene. Tampoco avizoramos una ley que condene tales actitudes o la derogación de las que existen y legalizan la discriminación, ni se advierten reclamos populares en redes sociales al respecto. Sencillamente, de eso no se habla.

Por su parte, el régimen pareciera usar tales prejuicios a su favor, en tanto desviar la atención de cierto modo los absuelve de ser identificados como los verdaderos culpables del aumento de la violencia en las calles, de la falta de higiene, del apartheid a que condena a los ciudadanos por haber nacido en una región u otra, y de las grandes diferencias e injusticias que conducen al crimen y forjan la criminalidad.

Incluso da la impresión de que algunos “ideólogos” alimentaran esa idea cuando en seriales televisivos como “Día y noche” o “Tras la huella”, producidos por el Ministerio del Interior, los personajes negativos con mayor frecuencia son caracterizados por personas que responden a características físicas y de lenguaje usualmente asociadas con los “palestinos”.

“Llegué a La Habana como policía y es verdad, no lo voy a negar, llevé a un montón de gente al calabozo por ser palestinos (…). Hoy no soy policía y sé lo que se siente cuando te piden el carnet solo porque eres palestino”, nos dice Javier, un joven de Santiago de Cuba que pasó recientemente su servicio militar como policía en la capital, y hoy, ya de vuelta a la vida civil, continúa desandando sus calles pero ilegalmente, a escondidas, como un fantasma.

“Tengo suerte porque conozco a muchos policías y me dejan tranquilo pero a veces paso mis sustos. Ya estoy ajuntado con una chamaca ahí y eso me salva un poco pero si mañana me bota, vuelvo de nuevo a dormir por ahí, hasta que me recojan”, dice Javier convencido de que no hay vuelta a su provincia natal, de que La Habana es el único lugar de la isla donde tiene mayores posibilidades de realizar su sueño de emigrar algún día. “La Habana es el trampolín”, dice sonriente.

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“Palestinos”, la discriminación invisible (foto del autor).

Nadie sabe quién, en Cuba, usó por primera vez la palabra “palestino” con el significado que le dan algunos cubanos y cubanas, muy diferente al del gentilicio universalmente conocido.

El término en la isla dejó de ser adjetivo para transformarse en un sustantivo despectivo, racista y regionalista acuñado por un sector social de personas nacidas o establecidas legalmente en La Habana y otras provincias del occidente, y que se ha extendido al habla cotidiana de manera muy peligrosa pues, siendo altamente discriminatorio, ha sido asumido como “normal”.

Más allá de su origen histórico, de las asociaciones con los conflictos en Oriente Medio o de las diversas definiciones en los glosarios de cubanismos existentes, “palestino” o “palestro”, como también se suele decir, es el reflejo de una injusticia social que de tan cotidiana se ha vuelto invisible a los ojos de todos, al punto de que muy pocas veces la prensa, tanto la oficialista como la independiente, así como los grupos de activismo social, le prestan la atención permanente que merece.