Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero en la inauguración de un hotel en La Habana. / FOTO: REPORTUR.-

El binomio de Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero no rompe con la idea heredada de que gobernar es controlar, dominar y manejar los resortes del poder para mantener a un grupo minoritario al mando de Cuba.

YAXIS CIRES DIB, Ciudad de Panamá 

—Cuba no es un estado fallido, pero su Gobierno no gobierna. El binomio de Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero Cruz no logra —o no le dejan— romper con la idea heredada de que gobernar es controlar, dominar y manejar los resortes del poder para mantener el control del país en manos de un grupo minoritario.

Las ideas de que no todo se resuelve “solo con represión o con multas” (Díaz-Canel) o la apelación  a la unidad entre los cubanos “más allá de una preferencia política o afiliación religiosa” (Marrero Cruz), hasta ahora han quedado como dos anécdotas o deslices freudianos.

El problema es que este exceso de poder, cada vez más represivo e intimidante, y lleno de contradicciones en su interior, no deja espacio al ejercicio del gobierno, ya no como expresión democrática, que nunca lo ha sido en estos 60 años, sino como forma moderna de gestionar la cosa pública.

Esta es una situación grave que afecta y embarga todavía más el presente y el futuro de millones de cubanos que se ven condenados a la miseria y la frustración. Es imposible no percibir que estamos ante un país sin rumbo.

Uno de los sectores donde más se manifiesta la ausencia de gestión y proyección y que es representativo de otros, es el económico. No se sabe, por ejemplo, qué va a hacer el Gobierno para evitar el colapso del sector no estatal de la economía —en especial el de los cuentapropistas—, uno de los pocos destellos de luz que se mantenían capeando la crisis que ya afectaba al país antes de la pandemia y las sanciones externas, y que ahora se siente abandonado. Pero tampoco se sabe si tiene previsto reformas profundas e integrales para activar la economía.

Si en algo hay coincidencia entre los economistas, con independencia de sus tendencias, es que la economía y las finanzas cubanas están heridas de muerte; por ello el viceprimer ministro Ricardo Cabrisas pidió a los acreedores del Club de París suspender el pago de su deuda hasta 2022. Hoy la sociedad cubana es un paciente en terapia intensiva al que el médico le hace un chequeo diariamente y sabe lo que tiene, pero nunca le pone tratamiento, porque no quiere o porque no le dejan.

Para derrotar la pobreza, la inequidad, la inmoralidad pública, la corrupción y el cinismo, más que mandar, hay que gobernar. Hay que liderar y, para hacerlo, hay que ganar jerarquía moral, que no viene con el cargo sino que se opta por ella, se practica y se transparenta. Pero también hay que reconocer a los otros y convocarlos a pactar.

No hay otra forma de gobernar y de servir que no sea liderando y pactando. La ineludible transformación económica nacional es uno de los espacios en que el presidente y el primer ministro deben abrirse a otros cubanos, especialmente de la oposición y de la sociedad civil independiente.

Díaz-Canel y Marrero deberían crear el Consejo Nacional para la Modernización de la Economía Cubana, invitando a ser parte de éste a políticos del Gobierno y de la oposición, a economistas, a representantes del ejército, por el peso que tiene en la economía, y de las iglesias, por su papel social. Este Consejo serviría de órgano asesor del Gobierno, proponiendo acciones y reformas para el corto, mediano y largo plazo. Ello no sería un signo de debilidad, sino el inicio del rescate de la confianza nacional e internacional en los cubanos.