Bajorrelieve de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución Ignacio Agramonte, en Camagüey. (Mi comarca/Aymee Amargós Gorrita).-

—Son tiempos de estatuas sacadas de las plazas, de nombres históricos cuestionados y de intensos debates sobre la manera en que miramos el pasado, pero –como con tantas otras tendencias– estas polémicas que se extienden por el mundo apenas llegan a Cuba. En un país con demasiadas figuras públicas “intocables”, pensar siquiera en un proceso de revisión de los sucesos y sujetos nacionales del último medio siglo suena a lejana utopía.

Vivimos en una nación donde el debate de los rostros oficiales y la crítica sobre decisiones gubernamentales se ha negado durante tanto tiempo, que estamos rodeados de temas congelados, sacralizados y alejados de cualquier discusión por parte de la sociedad civil. Por no poder cuestionar, ni siquiera los humoristas pueden publicar caricaturas sobre dirigentes partidistas, funcionarios o ministros. A diferencia de lo que ocurre en otros lares donde retiran bustos, aquí estamos rodeados de “estatuas vivientes” a las que no se puede tocar ni con el pétalo de una crítica.

Sin embargo, este prolongado y obligatorio silencio sobre tantas cuestiones trascendentes no evitará que esas discusiones se produzcan algún día, e incluso la demora en llevarlas a cabo puede estar sirviendo como acicate para la polémica. Una de las más intensas, sin duda, se cebará alrededor de la figura de Fidel Castro, quien estará en el centro de la diatriba en la Cuba futura. No hay manera de que se salve de la controversia y de las miradas encontradas sobre sus acciones. Todos los intentos de sacralizarlo oficialmente para evitar el escrutinio servirán de bien poco nada más que soplen vientos democráticos en esta Isla.

El de Fidel Castro no será el derrocamiento de una figura de bronce sino el juicio histórico contra un individuo y un sistema

Quizás por intuir la picota pública que le esperaba, Castro prefirió evitar las estatuas, aunque dejó varios bajorrelieves con su rostro en numerosas plazas del país. Por lo tanto, el suyo no será el derrocamiento de una figura de bronce sino el juicio histórico contra un individuo y un sistema. No habrá imágenes de esculturas pintarrajeadas, pero muy probablemente se harán nuevas ediciones de libros de historia, los académicos despedazarán su testamento político y hasta los progresistas de entonces pondrán sana distancia entre sus postulados y los del Comandante. La discusión sobre la permanencia de su tumba, tan cerca de los restos de José Martí, también llegará y avivará las pasiones.

El mazazo más duro caerá cuando de manera fluida y natural, en las conversaciones y los recuerdos, se cuele la palabra “dictador” cuando se hable de Castro y de “dictadura” para nombrar su tiempo en el poder. Esos términos, acuñados por el uso popular, instalados en la memoria y ratificados por los estudiosos, serán como miles de martillos golpeando sobre la estatua de su legado.