Un policía en La Habana. K. BISQUET DDC.-

 

 

El policía cubano se encuentra al acecho, y no precisamente del crimen.

Por KATHERINE BISQUET, La Habana, para DDC.-

—Hay una gran ironía en lo que representa el ser policial en Cuba, que salvo para proteger, lo que deviene de su simbología no es otra cosa que represión. El policía cubano se encuentra al acecho, y no precisamente del crimen. Anda de esa manera descarada, pavoneante, mostrando su uniforme y lustrando su patrulla, como si de un cazarecompensas se tratara.

En La Habana este personaje sufre una serie de desmitificaciones, hasta la depauperación. Si acaso un patrullero avizora la llegada del orden, en nuestro caso muy particular solo anuncia la llegada de pueriles esbirros, listos a cumplir órdenes y saciar un deseo que ni ellos mismos entienden, al menos todavía, cual hienas hambrientas en la fosa de un zoológico.

La ciudad tiene esa patología enfermiza con estos antiguardianes. La ciudad los acepta, los adopta, les da cobijo y comida y otros tantos beneficios que procura la vida uniformada. La ciudad sabe que alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Sucio, pero trabajo al fin, pues representa la gran oportunidad, el sueño de emigrar a la capital, a La Habana, “lo más grande”. Un sueño que si bien puede ser bastante riguroso, también es bastante realizable, solo debes contar con la disponibilidad y una mente virgen. Entonces las mayores captaciones de esta especie de hoplitas suceden en el oriente del país, un foco sensible, más adentro, en las montañas o en las zonas municipales, donde disminuye el acceso a la información, donde hay más precariedad, menos caminos y vías de desarrollo.

Acaso estos pequeños policías, escuálidos, reclutados en plena adolescencia, fuera de su adoctrinamiento, ¿saben distinguir o, mejor, pueden tener una opinión propia a la hora de tomar decisiones? En todo caso, sería ir en contra de su naturaleza, para lo cual fueron entrenados. No obstante, es depositado en ellos algo mucho mayor, que puede ser utilizado tanto para bien como para mal, el poder de la legalidad. Ellos son, indudablemente, la ley.

La Habana en sus 500 años se viste de gala, con un cordón de famélicos policías por todas partes. En este devenir “coyuntural”, la policía opta por el trabajo de lo que antiguamente se le conoció como “amarillo”, para controlar que los autos estatales paren en las paradas a recoger a la gente de a pie.

El reciente carnaval habanero, más que carrozas, mostró un desfile de pequeños oficiales arrasando, mucho más numerosos que la conga arrolladora. La pasada Bienal de Arte se tiñó con abundantes detenciones arbitrarias y asedio a los espacios independientes.

Y si seguimos, no tendremos para cuándo parar, pues la policía cubana tiene una agenda bastante apretada. Si la violencia fuese la protagonista de sus desvelos, tal vez a esta policía se le pudiera adjetivar con un tono un tilín caballeresco, pero es la libertad de pensamiento la que llena sus agendas, por tanto de caballeresco solo tienen lo de Cruzada.