Una moneda cubana ‘intervenida’. / ALEN LAUZÁN DDC.-

 

 

Nunca la dictadura de Cuba tuvo un equipo de gobierno más inepto y hoy los cubanos sí protestan en las colas.

ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES. Los Ángeles 

—Pocas veces, o nunca, la dictadura castrista tuvo un equipo de gobierno más inepto que el presidido por Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura, Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero, precisamente cuando está atenazada por quizás la coyuntura internacional e interna más desfavorable en 61años, en medio de una profunda crisis económica que toca de cerca a la de los años 90, agudizada por una pandemia que ha derrumbado su única industria rentable, la turística.

Cuando desapareció la Unión Soviética y se acabaron los subsidios, el Producto Interno Bruto (PIB) cubano cayó en un 35% en tres años. En tres décadas la URSS obsequió a los Castro unos 80.000 millones de dólares, incluyendo alimentos, maquinarias y equipos, insumos inversiones y miles de millones de dólares adicionales en armamento y equipos de guerra.

Al acabarse aquel mecenazgo de Moscú el hambre y la extrema pobreza (“Periodo Especial”) cayeron  sobre los cubanos. Bajaron de peso corporal hasta en un 25%, cocinaban bistec de cáscaras de  toronja, desayunaban agua con azúcar. Debido a la desnutrición, decenas de miles de personas contrajeron neuritis óptica, y muchas perdieron parcial o totalmente la visión por algún tiempo, y miles quedaron como débiles visuales o casi ciegas para toda la vida.

Fidel Castro era un criminal y un megalómano, pero como exgánster sabía dónde decía peligro. Tenía olfato político y para su propia sobrevivencia autorizó la circulación del dólar, las remesas en dólares, los mercados campesinos, el trabajo por cuenta propia y las inversiones extranjeras. Se evitó una fatal hambruna más aguda  y el probable estallido social que podría haber acabado, o transformado radicalmente al castrismo.

Raúl Castro espera que Biden le gane a Trump

Pero Castro II, el actual dictador por derecho dinástico, y el grupo de militares que junto con él integran la mafia privilegiada que ostenta el poder real, se niegan a mover ficha, aferrados a mantener intacto su modelo de capitalismo militar de Estado y seguir disfrutando de la dolce vita. No quieren compartir espacio con un pujante sector privado. ¿Será que reciben dinero del narcotráfico que, se sabe, militares cubanos coordinan en Venezuela?

Este inmovilismo castrista se basa en una esperanza: “Compañeros, si aguantamos siete meses más estamos salvados”. Esperan que en las elecciones de noviembre en EEUU no triunfe Donald Trump, sino Joe Biden, quien tomaría posesión como presidente a fines de enero de 2021, y ya ha anunciado que revertirá las sanciones de Trump contra la dictadura cubana y resucitará la política de Obama de acercamiento al castrismo para que no sea tan “malito” y respete los derechos humanos.

Son incapaces de advertir que la crisis socioeconómica difícilmente aguante hasta enero si no se adoptan unas cuantas medidas aperturistas. En Cuba habrá hambre si no se hace eso. Dada la improductividad socialista, el país necesita importarlo casi todo porque no produce casi nada. Pero está quebrado financieramente. Sin subsidios externos ni petróleo gratis de Venezuela, el obsoleto andamiaje económico del castrismo ya no da más. El modelo estalinista centralista entró en su fase terminal.

Sigue descendiendo la producción nacional de alimentos. En 2019 y lo que va de 2020 ha caído la producción de carne de res, de cerdo,  leche,  huevos, hortalizas, maíz, y hasta de arroz, frijoles y viandas, la triada alimentaria fundamental de los cubanos.

Y Machado Ventura, vicedictador del país (es el segundo secretario del PCC) y quien da la cara en nombre del escurridizo Castro II, ya anunció que no habrá más importaciones de leche en polvo, ni de otros alimentos  y que, por tanto, la leche “para los niños menores de siete años dependerá de la producción nacional”, que hoy apenas llega  a la mitad de la producida en 1958.

Las fuentes principales de divisas, que ya venían declinando, ahora con el Covid-19 se desplomaron. Se derrumbó el turismo, la cifra de médicos en el extranjero en 2019 se redujo en 9.000, las exportaciones de bienes  han descendido a su más bajo nivel desde el “Periodo Especial”, las remesas han descendido por las sanciones de Washington y por la crisis económica generada por el coronavirus. Encima, los precios de los principales rubros exportables cubanos han caído por la crisis económica mundial.

Por otra parte, la Cuba de 2020 no es la misma de los años 90. Hoy los cubanos sí protestan en las colas por falta de comida, de medicamentos, de agua, o de transporte. Muchos no tienen miedo a expresarse en público y hasta se enfrentan a la policía. Con las nuevas tecnologías están mejor informados. Hay prensa independiente y presión constante de la oposición interna. Ya nadie cree en las musarañas ideológicas marxista-leninistas, ni en las promesas del régimen. La temperatura de la caldera social en Cuba es hoy mucho más alta que en los 90.

¿Y qué hace Raúl Castro para bajar esa temperatura? No solo no hace nada para bajarla, sino que la aumenta. Se niega a hacer cambios  indispensables y en su lugar ha lanzado una escalada represiva que incluye la utilización de la pandemia para aplastar cualquier descontento de la población, y la criminalización de actividades que son legales en cualquier país normal.

Están arrestando y encarcelando  a quienes protestan en las colas por la falta de comida, y a carretilleros, los vendedores ambulantes de productos agrícolas. En tres meses, hasta el 4 de junio, han ido encarceladas 1.089 personas, condenadas en 1.360  juicios por  los supuestos delitos comunes de “desorden público, desacato, atentado, o  resistencia”, según informó Granma.

La tapa al pomo de la inercia raulista la puso el 11 de junio el vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, Alejandro Gil. Dijo por la TV que lo que reactivará  la economía cubana tras la pandemia será “más planificación”. Y llamó a “fortalecer el ahorro y utilizar más eficientemente los recursos del país”.

¿Lo dijo en broma o en serio?¿Cómo, si el modelo de planificación centralizada es la causa principal del desastre económico, puede el vicepresidente llamar a fortalecer ese inviable sistema?

La única solución es abrir el sector privado

El sol no se puede tapar con un dedo. La única solución es hacer lo contrario, desmantelar el sistema centralista estalinista.

Solo para comenzar, si se permitiese que los 605.908 trabajadores por cuenta propia (en marzo de 2020) y los casi 300.000 campesinos, incluyendo 1.089 cooperativas, pudiesen importar y exportar, producir libremente sin restricciones ni impuestos abusivos, y sin los absurdos centros de Acopio en el campo, hasta el “bloqueo” casi podría desaparecer.

Y es que la Ley Helms-Burton excluye  al sector privado. Atañe solo al sector estatal. O sea, los emprendedores cubanos privados, urbanos o rurales, hoy mismo podrían negociar directamente sin intermediarios con empresarios estadounidenses y solicitar créditos comerciales, recibir préstamos de Citibank, Bank of America, Wells Fargo, Chase, o de cualquiera otra institución financiera de EEUU o del resto del mundo, sin problema alguno.

Si en Cuba  se creasen pequeñas empresas, las llamadas Pymes (generan más del 70% del empleo global y el 50% del PIB mundial), y otros tipos de empresas privadas en las distintas ramas de la economía, con la posibilidad de obtener financiamiento privadamente por su cuenta, así como exportar e importar, el Estado  dejaría de ser la retranca económica, y poco a poco se iría construyendo el sector privado que necesita desesperadamente la nación.

Mientras eso no ocurra, los factores que llevan al desplome de la economía se siguen acumulando. Y agravándose cada día debido a la ostensible incapacidad de Castro II como líder y del “presidente” Díaz-Canel, para quien la mejor forma de acabar con el hambre es haciendo guarapo y limonadas.