Como tantas otras obras, la construcción en los años 80 de la central nuclear era supervisada por Ramiro Valdés. (5 de Septiembre).-

 

En las obras constructivas de la central nuclear de Juraguá muchas veces prevaleció el voluntarismo por encima del criterio de ingenieros y especialistas.

 

La Habana / 14YMedio

—En su constante búsqueda de la gloria, desde mediados de los 70 Fidel Castro planeó erigir en Cuba una Central Termonuclear, pero el proyecto no se inició hasta la década de los 80. El lugar elegido para su emplazamiento fue la zona de Juraguá, en Cienfuegos, y la planta tendría dos reactores similares a los instalados en Chernóbil, en la entonces Unión Soviética.

El gigantesco proyecto incluía la construcción de una ciudad con capacidad para 20.000 habitantes, entre los que estarían los empleados de la central y sus familias. Los edificios para albergar a los trabajadores comenzaron a construirse en 1982, antes de iniciarse siquiera las obras del lugar donde se emplazarían los reactores.

La construcción de la termonuclear era atendida por diferentes organismos, entre los que estaban los ministerios del Interior y de la Construcción, además de la Comisión de Energía Atómica de Cuba, que estaba presidida por Fidel Castro Díaz-Balart, primogénito de Castro. La supervisión general corría a cargo de Ramiro Valdés, que era considerado los ojos del Comité Central del Partido Comunista en las obras.

Era habitual recurrir a uno de los mayores exponentes de la burocracia revolucionaria en las largas reuniones donde se encontraban ingenieros y funcionarios, técnicos y burócratas, civiles y uniformados

Por la magnitud de la ejecución y las constantes problemáticas que surgían ante cada tarea, era habitual recurrir a uno de los mayores exponentes de la burocracia revolucionaria en las largas reuniones donde se encontraban ingenieros y funcionarios, técnicos y burócratas, civiles y uniformados.

A principios de 1985 se convocó uno de estos encuentros con el objetivo de definir si se construía la nave para los equipos auxiliares de la planta. Para ese entonces, Julián -nombre ficticio para esta historia- era uno de los encargados del montaje de los reactores, tras graduarse de ingeniería nuclear. Todos presagiaban que la reunión iba a ser tempestuosa por la reticencia de algunos a realizar la obra.

Por mucho que Julián había argumentado previamente sobre la necesidad de la nave, Valdés se mostraba reacio a aceptar lo que consideraba un “gasto innecesario”, recuerda décadas después el ingeniero. Su única opción era buscar apoyo en otras voces y tratar de convencer al autoritario comandante en aquel encuentro.

Antes de entrar al salón de la reunión, detalló las ventajas de la construcción de la nave frente a los representantes de los ministerios de la Construcción y del Interior, una forma de involucrarlos en la tarea de convencer a Valdés.

El funcionario del Interior lo calmó, asegurando que el ministro José Abrahantes conocía bien “la necesidad de construir esa nave” y estaba de acuerdo en que se hiciera. Tras oír esa respuesta Julián respiró tranquilo, imaginando que con tales aliados no había quien se resistiera a la idea. Pero no contó con el elemento del voluntarismo.

La reunión comenzó y Ramiro Valdés catalogó de innecesario gastar miles de pesos para resguardar unos equipos que podrían situarse en las mismas áreas donde se usaban. Llegado su turno, el ingeniero intervino defendiendo el criterio de la necesidad de erigir un espacio aparte por cuestiones de seguridad, comodidad y cumplimiento de la normas establecidas para una central nuclear.

En vez de presentar más argumentos, Valdés miró inquisitivamente a Julián. “¿Tú sabes quién soy yo?”, le preguntó. A lo que el ingeniero solo pudo contestar que conocía el historial del comandante: “Sí, sé que participó en el asalto al cuartel Moncada, que vino en el yate Granma y que es uno de los cinco comandantes de la Revolución”.

Pero, en realidad, Valdés esperaba otra respuesta. “Eso lo sabe cualquiera, lo que te pregunté es si tú sabías qué había sido yo”. Silencio en la sala, caras largas, todos en vilo mirando el rostro afilado del comandante. “Pues yo estuve a cargo del Desa (el organismo de Desarrollo de Edificaciones Sociales y Agropecuarias, que antecedió al Ministerio de la Construcción) ¿Y tú qué eres?”, cuestionó el uniformado.

Precavido, Julián solo alcanzó a explicar que se había graduado como ingeniero nuclear

Precavido, Julián solo alcanzó a explicar que se había graduado como ingeniero nuclear, pero antes de terminar la frase Valdés concluyó: “¡Ah, chico entonces de esto tú no sabes nada!”.

Con la cara enrojecida y un nudo en la garganta, Julián optó por sentarse y mantenerse callado durante el resto de la reunión para evitar la cólera del comandante que podía costarle su empleo.

Años después, y a pesar del apoyo de los funcionarios del Ministerio del Interior, la nave para los equipos no se construyó y los reactores tampoco llegaron a la Isla. El desastre nuclear en Chernóbil y el proceso de desmembramiento de la URSS dieron al traste con el proyecto. Aunque Fidel Castro trató de convencer a otros socios internacionales para concluir la obra, en septiembre de 1992 tuvo que anunciar frente a los trabajadores de la planta que se paralizaba su construcción.

Julián no sabía si sentirse triste o aliviado.