Vista aérea de La Habana. (CIBERCUBA).-

Por Andrés Reynaldo / Miami.-

 

—Como en una obra de teatro bufo de la Calle Ocho, Néstor Díaz de Villegas llegó al Café Versailles del aeropuerto de Miami y engulló seis pastelitos de guayaba con grandes sorbos de café con leche para quitarse el polvo, el espanto y (en una paradójica refutación de la semilla) el desarraigo de sus viajes a Cuba.

Pero aquí nadie va a reír. De donde son los gusanos, recién publicado por Vintage Español, es una crónica escrita en un rapto de dolor y lucidez que parte las aguas de este momento cubano. En menos de 200 páginas, Díaz de Villegas retrata un país, más que arruinado, “extinguido” por el castrismo. Libro revelador, que troca el regreso, al cabo de 37 años de exilio, en una radical despedida.

A partir del verano del 2016, Díaz de Villegas hizo cuatro viajes a La Habana con su esposa Esther María. La apertura entre el presidente Barack Obama y el dictador Raúl Castro estaba en su apogeo. Era una ocasión para reconstruir el apartamento de los fallecidos padres de ella. Con mano de obra local, algunos materiales básicos procurados en el mercado negro y los muebles, herramientas, enseres y hasta puntillas llevados desde EEUU, la aventura ejemplifica en una escala minúscula la posibilidad y el límite de una economía organizada para gobernar mediante la miseria.

Según el arquitecto Rafael Fornés, citado por Díaz de Villegas, el verdadero socialismo se ha logrado en Miami, no en Cuba.

“La gente emigra del castrismo al socialismo”, dice Fornés.

Antes de repintar, hay que raspar. A medida que Díaz de Villegas iba raspando las paredes, aparecían las anteriores capas de pintura. Mientras más antiguas, más duras de raspar. En mi lectura, esta es la metáfora fundamental del libro. Apenas el escritor pone un pie en el aeropuerto habanero las capas de la realidad cubana van apareciendo una detrás de la otra. A la vez, van a apareciendo las capas de su propia vida. País y persona se entrelazan en una compleja narrativa que el preciso y chispeante estilo del autor nos permite leer con la transparente inmediatez de un relato oral.

Por supuesto, el viaje de Díaz de Villegas no tiene como fin comprobar si la utopía se estaba convirtiendo en realidad. Vuelve a recordarnos que la utopía del castrismo encarna en un fascismo tropical, el mafioso monopolio unifamiliar que es “la fase superior del gorilismo latinoamericano”.

“El castrismo es incapaz de producir higiene, auténtica hospitalidad o verdadera cultura, simplemente porque todo lo humano le es ajeno”, dice Díaz de Villegas. “El castrismo sólo puede producir simulacro”.

Simulacro. Este es un libro contra el simulacro. Precisamente por eso me atrevo a augurar que será atacado en muchos frentes.

Para empezar, Díaz de Villegas es uno de los pocos intelectuales cubanos que comprende el castrismo como contrarreforma española frente a la modernidad norteamericana. En este aspecto, a castristas y anticastristas se les cae la pared al tropezar con la mano de pintura martiana.

Fidel aniquila Cuba para ganar la guerra del 98. Es un gánster con un resentimiento cultural. A la vista de la Loma de San Juan, dirá: “Aquí perdimos la guerra”. Su simulacro de victoria, si hay que llamarlo de alguna manera, aclara Díaz de Villegas, tiene carácter retroactivo.

La riqueza anecdótica del texto es un vívido desmentido del simulacro cuentapropista y la política del cambio-fraude. Nuestro gusano observa que la dictadura importa pollos de Jacksonville pero prohíbe a los campesinos de la Isla asociarse con sus compatriotas en la Florida. Igual que se aprovecha del tráfico de drogas, agrega, ahora su “bisne” es permitir un vigilado sector particular para recaudar “dólares disfrazados de CUC”.

“Si el peso convertible es un simulacro de divisa”, concluye, “el cuentapropismo es el refrito de la propiedad privada”.

Los cuatro viajes de Díaz de Villegas provocaron críticas. Algunos creyeron que el capitán Gulliver bajaba la cabeza ante el despótico rey de la isla voladora de Laputa. No fue así. En las letras cubanas, este texto queda como la pedrada que hace añicos el simulacro de eufórica apertura montado por el establishment del diálogo en ambas orillas. Por contraste, deja a los cuentapropistas de la novela y el ensayo desnudados en su trivial (si no colaboracionista) quehacer perfomático.

Jonathan Swift dijo que había escrito los viajes de Gulliver para molestar, no para entretener. Díaz de Villegas ha escrito los suyos, además, para no regresar.