Manuel Marrero, primer ministro, es felicitado por el  general de Ejército Raúl Castro y otros jefes militares en la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular / Archivo.-

 

Carlos Cabrera Perez

Carlos Cabrera Perez / CiberCuba | 01/10/2020.-

Collage CiberCubaLuis Alberto López-Calleja y Miguel Díaz-Canel Foto © Collage CiberCuba.-


—La Casa Blanca ha puesto en la mirilla al General de Brigada Luis Alberto Rodríguez López-Calleja y ha tendido la mano al presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez y a altos cargos militares con méritos de guerras en África; en una jugada política audaz, pero no exenta de riesgos porque el sancionado defiende un entendimiento con Estados Unidos, como solución a la crisis cubana.

La medida de Washington puede leerse en clave errónea porque serviría para reforzar el inmovilismo castrista, pero la administración Trump ha reequilibrado el tablero cubano con una carambola a tres bandas: Si López-Calleja está dispuesto a dialogar, mejor que se siente a la mesa debilitado, como hicieron con Diosdado Cabello y Nicolás Maduro y, si no cuadra la caja, ya sabe el calvario que lo aguarda.

La persistencia de López-Calleja en seguir construyendo hoteles en medio de la debacle acabó dinamitando los puentes con Díaz-Canel; aunque ambos seguirán guardando las apariencias porque saben que su única fórmula para sobrevivir política y civilmente es llegar a la negociación con Washington lo menos lastimados posibles.

Recientes escándalos de corrupción en CIMEX, S. A. y Transgaviota, S. A. han servido a ministros para reclamar un cambio de rumbo y que las -ahora aminoradas- auditorías de la Controlaora Gladys Bejerano no machaquen tanto al empresariado civil y se extiendan a los ejecutivos militares, teniendo en cuenta que la Contrainteligencia Militar ha fallado clamorosamente en el control de GAESA, donde algunos ejecutivos han descubierto el olor del dinero.

Díaz-Canel y quienes le acompañan en su simulacro del aquí no se rinde nadie carecen de fortunas personales, solo tienen préstamos ventajosos de los dueños de la finca; y el Pentágono respeta más a los generales de cuatro y tres estrellas con guerras ganadas en África que a un burócrata capaz, bendecido por Raúl Castro Ruz y ahora asustado porque tiene mucho que perder.

Trump no ha suprimido el intercambio mensual entre militares cubanos y norteamericanos que, desde 1994, dialogan en el entorno de la Base Naval de Guantánamo sobre cooperación en desastres naturales y otras materias nobles que ya deben haber agotado la agenda bilateral en estos 26 años; ¡siempre es 26!

A grandes rasgos, este es el escenario cubano evaluado por analistas de Inteligencia y funcionarios a las órdenes de Mike Pompeo, que ha amargado la vida de López-Calleja y sus familiares directos porque no hay peor noticia para un burócrata con alma de potentado que saberse espiado; cuando a alguien le toca la lotería, su mayor goce es vivir como un millonario; a Gallito Ronco se le ha acabado la tranquilidad.

A estas horas, andará evocando a sus padrinos Ulises Rosales del Toro, un general brillante maltratado por los Castros hasta negarle su más que merecida tercera estrella de Cuerpo de Ejército y razonando cómo afrontaría Julio Casas Regueiro, la nueva adversidad con sus mañas de Contable avispado, en un Oriente próspero que la revolución destruyó.

Rosales del Toro fue Medalla de Oro de la Voroshilov, pero es el militar cubano vivo que mejor conoce al ejército norteamericano y, en su etapa final como Jefe de Estado Mayor, reprodujo en los tres ejércitos el modelo estadounidense de escuelas para suboficiales y sargentos con mando de tropas; experimento que controlaba mensualmente.

Obviamente, acudirá a La Rinconada a tomar té con su exsuegro que, como Vito Corleone, no consigue zafarse de su pasado y, cuando se creía bebiendo vino francés del año y paseando del brazo de su hermana Emma por México y Mayarí -Juanita se le aparece en sueños, como Fredo a Micheal Corleone- tiene que hacer de árbitro entre López-Calleja y Díaz-Canel, que va forjando piel de rinoceronte, pero no consigue conectar con el cubano medio, harto de limones sin jugo, clarias de la presa Minerva y calabazas y piñas de macetas y jardineras; tras prometerles un socialismo próspero y sostenible.

López-Calleja lleva en su pecado la penitencia porque leyó mal el éxito resonante de la imposición de Manuel Marrero Cruz, su atento sirviente y becario de Meliá, como primer ministro, pero los desastres del turismo y del coronavirus, las antipatías que despierta en muchos miembros del gabinete, y el trío Cabrisas-Ramiro-Díaz-Canel han conseguido aislar al pupilo que, además, está cercado por Gaute, que aspira a relevar a Machado Ventura, Tapia Fonseca y Álvaro López-Miera, que ha aprovechado el perfil bajo de Polo Frías y la bronca entre el presidente y el ministro del Interior, para dotar de un perfil político a su jefatura del Estado Mayor.

Aún cuando Raúl Castro, con 89 años, tenga una ganas locas de quitarse de en medio, no tendrá otra opción que arremangarse y arbitrar la bronca entre sus herederos, con dos handicaps: Él y solo él fue el responsable del ascenso de Luis Alberto Rodríguez López-Calleja al olimpo tardocastrista y cuando uno pone todos los huevos en la misma canasta, si la bicicleta se va para la cuneta o el caballo se desboca, los huevos se rompen.

¿Cuántos cuadros quedan vivos políticamente de la era Fidel? Tres: Ramiro, Machado Ventura y Cabrisas ¿Tan mal lo habían hecho el Comandante en Jefe y su guara que ninguno más resultó aprovechable para el raulato?

La tropa de GAESA asaltó toda la economía exterior y dejó a López Miera el reparto del arroz con frijoles, craso error de López-Calleja; ministros civiles fueron sustituidos por generales y coroneles (circunstancia ya rectificada), y los consejos de Estado y de Ministros fueron puestos bajo vigilancia de los uniformados Homero y Amadito, procedentes de la oficina del compañero ministro de las FAR, que siguen en sus puestos.

Académicos e intelectuales a sueldo del Partido Comunista de Cuba, que hasta el día anterior habían guataqueado sin miseria a Lage, Pérez Roque y al Equipo de Coordinación y Apoyo del jefe, se hicieron raulistas y comenzaron a ponderar las virtudes del Sistema Empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que, al lado de las ocurrencias del comandante, parecía un gallo tuerto y fecundo en la mansión del ciego voluntarioso.

Pero la militarización acabó mostrando sus debilidades estructurales para administrar un mercado de once millones de almas empobrecidas espiritual y económicamente, y abriendo una brecha notable entre civiles y militares, incluidos algunos formados en escuelas de negocios europeas y algún curso en Estados Unidos, y motivados por el humano afán de lucro y voluntad reformista.

La CIA, los Departamento de Defensa y Estado norteamericanos, Canadá y Europa han ido evaluando el escenario cubano; los primeros, por los riesgos de desestabilización a 180 kilómetros de sus costas; los segundos, porque no olvidan la afrenta de los ataques sónicos y los terceros, porque insisten la revolución cubana aún pesa en los hippies de 1968.

El Viejo Continente y ONU presionan en materia de derechos humanos y la ratificación de los Pactos de Derechos Civiles, pendiente desde 2008; España conserva el baldío empeño de marcar distancias con Washington, pero desvelada por la deuda cubana de dos mil millones de euros y Francia, discretamente preocupada por las cuentas de Bouygues en Cuba.

La sanción al general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja llega en el peor momento posible para La Habana, que estaba concentrada en ganar tiempo hasta noviembre para ver si Trump pierde; extender la Libreta de Racionamiento al área dólar y el mantenimiento de su sinfonía inconclusa para socialismo mecánico, que atormenta a combatientes melancólicos y angustia a renovadores agazapados.