Carro patrullero detenido frente a la tienda La Americana, municipio Centro Habana (foto del autor).

 

Es mucho lo que deben soportar las madres cubanas mientras el nivel de instrucción de niños y adolescentes sigue cayendo

 

Los ánimos se habían caldeado tanto que hubo que llamar a la policía; varias patrullas se apostaron en la calzada previendo un desenlace de broncas y vidrieras rotas. A la insoportable canícula se sumaban la lentitud de las dependientes y el mal comportamiento que desde hace décadas caracteriza al grueso de la población cubana; una tara social que transforma cada dificultad en el peor de los padecimientos.

En medio de aquella pelotera, dos madres, acompañadas por sus respectivos hijos, coincidieron. Y si asombroso fue el talante con que una coló a la otra sin levantar más que miradas aviesas entre quienes las rodeaban, inolvidable será la conversación que tranquilamente y en alta voz compartieron; una charla que constituye, en su totalidad, la mejor crítica al sistema cubano de educación.

La masa de gente no se movía. Pasaban horas y ambas mujeres parloteaban sobre los avatares de alguna novela turca, la escasez de refrescos en plenas vacaciones y lo malo que está el Campismo Popular. Al hijo de una se le ocurrió decir que quería irse a casa; a lo que su madre respondió dándole un estrujón para que se estuviera quieto. “Pues te aguantas que yo estoy aquí por ti”, le espetó, y volviéndose a la amiga continuó: “no aprende nada en la escuela y yo paso por lo mismo todos los años”.

La otra, por no ser menos, la acompañó en el lamento agregando que su hijo estaba en idénticas condiciones. Con displicencia le aseguró que había salido “malísimamente mal en cálculo y lectura”, y no salía del bache ni con un repasador particular. Lo más interesante del asunto es que las dos mujeres, lejos de mostrar preocupación por la mediocre instrucción de sus hijos, los culpaban por ser brutos; además de reconocer que habían evitado la “repitencia” poniéndole uñas acrílicas a la maestra una, y la otra comprándole “tongas de toallitas húmedas para adultos”, porque tiene a su mamá postrada y las toallitas de marras cuestan un dineral.

Así, por una simple transacción de especies y favores, dos niños pasaron de cuarto a quinto grado sin saber leer. Y allí estaban sus desganadas madres esperando para comprar el uniforme y la pañoleta que en otros tiempos tenían tanto significado, más allá de la connotación político-ideológica. Por la forma en que se expresaban diríase que iban a comprar cualquier cosa, abrumadas por la enorme obligación de tener hijos en edad escolar.

Otras madres, más involucradas en el desarrollo de sus hijos, pero igualmente hartas, criticaban un sistema de educación que demanda sacrificios excesivos durante todo el año. “Incluso en las vacaciones no paramos. No es solo el uniforme, también la mochila, los zapatos, los pliegos para forrar los libros, los tenis de la Educación Física…”, decía una mientras le probaba apresuradamente, ante la mirada asesina de la dependiente, el pantalón y las camisas a su hijo para evitar confusión en las tallas.

Estos y otros problemas que seguirán agravándose a pesar del aumento salarial, eran seriamente ponderados por quienes pasaban horas de pie aguardando su turno en la fila infernal, preguntándose algunos si la nueva y “sensible” clase gobernante tendría la delicadeza de habilitar una flota de barcos para llevar a las desesperadas madres hasta Okeechobee y la 95 en Miami, donde venden todo tipo de uniformes escolares para Cuba, sin molote, a partir de 6.95 USD.

Acerca de la autora: Anay Remón García. La Habana, 1983. Graduada de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años fue profesora en la Facultad de Artes y Letras. Trabajó como gestora cultural en dos ediciones consecutivas del Premio Casa Víctor Hugo de la Oficina del Historiador de La Habana. Ha publicado ensayos en las revistas especializadas Temas, Clave y Arte Cubano. Desde 2015 escribe para Cubanet bajo el pseudónimo de Ana Léon.