Salvo las revoluciones burguesas y liberales de los siglos XVI y XIX, las revoluciones sociales han sido inútiles: la gente no vive mejor después de ellas.

ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES, Los Ángeles 

—Así como los cubanos nunca supieron en octubre de 1962 lo cerca que estuvo Cuba de ser borrada del mapa por un infierno atómico alentado por Fidel Castro, tampoco supieron, o muy pocos saben, que realmente fueron los soldados zaristas sublevados, sin sus oficiales, los que llevaron al poder a Lenin y los líderes bolcheviques.

Hoy se cumplen 100 años de aquel acontecimiento que de una forma u otra marcó la historia del siglo XX, pues se aplicó por la fuerza el experimento social diseñado por Karl Marx, que dio a luz el primer Estado comunista en la historia.

Pero antes de echar un vistazo a aquellos acontecimientos lo primero es preguntarse con desideologizada franqueza si luego de que los soldados y sargentos zaristas cansados de la Primera Guerra Mundial que los hambreaba y diezmaba se alzaron contra sus oficiales, destituyeron al zar y establecieron en febrero de 1917 la primera república de toda la historia rusa, encabezada por el abogado antizarista Alexander Kerenski, era necesario que los bolcheviques llegaran al poder para arrasarlo todo, e implantaran el terror rojo, el hambre y el atraso en la sociedad rusa con su “dictadura del proletariado”.

No era necesario. Con el zar Nicolás II ya destituido y confinado con su familia bien lejos de Petrogrado y de Moscú, el nuevo régimen republicano, de no haber cometido tantos errores garrafales, habría podido emprender el camino de Rusia hacia la modernidad, con libertades democráticas y economía de mercado.

Eso fue lo que hicieron las naciones de Europa Occidental, algunas devastadas y tan pobres como Rusia al terminar la Primera Guerra Mundial. Lejos de hacer lo mismo que los bolcheviques, prefirieron la evolución civilizada a la revolución iconoclasta que arrasa con todo a su paso, desangra y pone la sociedad patas arriba. Los europeos occidentales continuaron con sus gobiernos “burgueses” y “pequeñoburgueses”, y la economía de mercado.

A lo largo de los últimos 400 años, salvo las revoluciones burguesas y liberales de los siglos XVI y XIX (y no todas tampoco), las revoluciones sociales han sido inútiles: la gente no vive mejor luego de una revolución, sino igual, o (casi siempre) peor que antes. Y esto sin contar los ríos de sangre que causan, tema para un análisis posterior.

Lo cierto es que, sin revoluciones traumáticas, en los países de Europa Occidental luego de la Primera Guerra Mundial se cumplieron en breve tiempo todas las exigencias que hacían en Rusia los hambreados trabajadores y campesinos rusos en 1917: mejores condiciones de trabajo, aumento de salario, jornada de ocho horas, fin de los abusos de la patronal, seguro por enfermedad, descanso retribuido, etc.

Además se edificaron Estados de derecho con separación de poderes a lo Montesquieu, libertades democráticas modernas, y le dieron al mundo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y otras ventajas sociales imposibles de obtener en la Rusia “revolucionaria y proletaria”.

En cuanto a la Revolución de Octubre, el derrocamiento del zarismo y luego el asalto al Palacio de Invierno para dar el golpe de Estado al gobierno provisional de Kerenski no fue tanto obra de obreros y campesinos como de los soldados zaristas enardecidos por las arengas bolcheviques. Querían paz con Alemania, no la guerra. Los soldados se rebelaron, primero contra el zar Nicolás Romanov, y luego contra el gobierno de Kerenski, y auparon a los políticos comunistas que les prometieron sacar al país de la guerra y darles una vida mejor si tomaban el poder todos juntos.

El 18 de febrero de 1917, en Petrogrado (en 1914 Nicolás II cambió el nombre de San Petersburgo, de origen alemán por el de Petrograd, palabra rusa), empezaron las manifestaciones masivas que exigían sacar a Rusia de la Primera Guerra Mundial. Nueve días después, la mayor parte de la guarnición militar de Petrogrado se pasó a los sublevados. Sin sus oficiales ocuparon el Palacio Táuride e instalaron allí el Sóviet de Diputados Obreros y Soldados. El 15 de marzo el zar tuvo que abdicar.

Con el zar Nicolás II preso se formó el primer gobierno republicano, pero de crisis en crisis. En julio Kerenski (coterráneo de Lenin, ambos de Simbirsk) asumió la jefatura del Gobierno, una alianza de liberales y socialistas no marxistas. Pero cometió el gravísimo error de no sacar a Rusia de la Guerra Mundial, pese a las derrotas constantes ante Alemania que estaban devastando al pueblo ruso.

El mismo error que Batista

Kerenski cometió otro error grave. Sus asesores le recomendaron que encarcelara a Lenin y demás líderes bolcheviques, que con la consigna “Todo el poder a los soviets” arengaban en las calles a rebelarse contra el Gobierno provisional republicano.

No lo hizo. Alegó que no iba a meter en prisión a nadie por sus ideas políticas. Subestimó a Lenin y a los bolcheviques, confiado en que en esos momentos aún la mayoría de los soldados y los obreros apoyaban su Gobierno. Salvando las diferencias de contexto, el mismo error lo cometió Fulgencio Batista 38 años después, al sacar de la cárcel a Fidel Castro. Subestimó fatalmente al ex pandillero universitario.

No sacar a Rusia de la guerra fue el argumento principal utilizado por Lenin y los bolcheviques para tomar con los exsoldados monárquicos el Palacio de Invierno y derrocar a Kerenski.

Obviamente, la enervante propaganda bolchevique capitalizó la frustración y el profundo rechazo del pueblo ruso a la guerra que estaba acabando con Rusia. Soldados, obreros y campesinos sabían que, aún en el caso muy improbable de una victoria militar rusa, ninguno de ellos iba a obtener beneficio alguno. A eso se sumaban los abusos, el hambre y la explotación sufridos a causa del zarismo.

Pero el asalto al Palacio de Invierno no fue tan glorioso ni tan heroico como lo dibujaba la propaganda soviética, y lo sigue pintando la castrista. El 7 de noviembre (25 de octubre del calendario juliano, vigente entonces en Rusia) dos anillos de soldados rodearon el Palacio de Invierno y presentaron un ultimátum de rendición al Gobierno, mientras los marinos ocupaban el Almirantazgo y arrestaban a la plana mayor de la Marina de Guerra, y tropas del regimiento Pávloski tomaban el edificio del Estado Mayor del Ejército.

Casi a la medianoche el batallón de soldados y los cientos de cosacos que defendían el Palacio de Invierno se rindieron en masa y abandonaron el lugar. Y fue así, con el palacio ya vacío, que los atacantes entraron por las ventanas y puertas abiertas. No hubo resistencia porque los ministros que quedaban dentro del palacio dieron a sus custodios orden de no disparar. Poco después de rendirse, a las 2:00 am del 8 de noviembre, los ministros fueron detenidos. Kerenski logró huir y meses después llegó a Europa Occidental.

Simultáneamente, en el Congreso de los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, Lenin proclamaba el poder soviético y se convertía en presidente del “Gobierno de los Comisarios del Pueblo”.

Tomado ya el Gobierno, y con León Trotski como “Comisario del Pueblo para la Guerra”, Lenin y los bolcheviques comenzaron a ejecutar masivamente, sin juicio previo, a “burgueses”, clérigos, kulaks (ricos terratenientes fusilados luego de ser expropiados) y decenas de miles de opositores políticos. Se repetía el episodio sanguinolento de la Revolución Francesa.

El flamante régimen marxista suprimió de cuajo las libertades individuales, la propiedad privada y decretó la colectivización forzosa de la tierra, o su estatización. De inmediato se desplomó la producción de alimentos y una hambruna dramática mató a millones de personas. Pero este tema continuará en un próximo artículo.

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(1) Este estudio histórico fue publicado originalmente el 7 de noviembre de 2017 en el centenario de la llamada “Revolución de Octubre”.-