Marlon Brando como Vitto Corleone, en ‘El Padrino’. / LA TERCERA.-

 

La iniciativa de ese grupo en Cuba ha servido para marcar la línea de flotación ideológica de la dictadura: los Castro, sin Martí, son la familia Corleone.

 

Andrés Reynaldo, Miami. 01 Feb 2020 – 13:03 CET.-

—Vale suponer que las acciones del grupo Clandestinos se agotarán, al menos, por falta de materiales. Un Estado capaz de controlar la posesión de pintura roja (o verde o carmelita o azul) y la recolección casera de la sangre de puerco, le lleva un buen tramo de ventaja a sus enemigos.

No obstante, la iniciativa ha servido, aún sirve, para marcar la fundamental línea de flotación ideológica de la dictadura: la entelequia martiano-castrista, que justifica la imposición revolucionaria de 1959 por la imposición revolucionaria de 1895. No es poca cosa. Los Castro, sin Martí, son la familia Corleone.

Como suele ocurrir, la dictadura ha visto el peligro con mirada más aguzada que la oposición. Una oposición que, en su mayoría, simplifica a Martí con triviales, apresurados y autocompensatorios tópicos; legado del pensamiento martiano. Mucha palma, muchos pinos nuevos, mucha estrella que ilumina y mata. Pero inestable la sustancia, preocupante (incluso desde una perspectiva clínica) la excesiva intromisión del yo en la causa pública.

En la respuesta oficial, digamos, en la “orientación” que ha sido bajada para tratar el asunto, salta a la vista la mala conciencia por una manipulación histórica imposible de sostener en un libre debate. Los voceros bajo consigna, tanto en la Isla como en Miami, enfrentan insalvables dificultades. Primero, el tabú de Fidel. La defensa del elemento cristalizador de la entelequia exige la inconveniente exposición de su expediente acusatorio. Eso obliga a reducir al mínimo la mención del elemento cristalizador.

Luego, es menester cuidarse de no mostrar a Martí como lo que fue, un romántico y liberal del siglo XIX, a fin de mantener su perfil en los parámetros del  castrismo y, sobre todo, del poscastrismo. Para ocultar la realidad de Fidel hay que ocultar la realidad de Martí.

Merece repetirlo: no tenemos que bajar a Martí de su pedestal. Pero urge inscribir en el pedestal las anotaciones pertinentes. En principio, la abrumadora y en ocasiones hasta oportunista desproporción entre el romántico y el liberal. Dicho sea en  beneficio de su permanencia, debemos desarmar la provinciana construcción de su “apostolado” y verlo en el claroscuro propio de toda existencia humana, como corresponde a un pueblo en busca de su madurez. A un pueblo que ha alcanzado en la entelequia martiano-castrista el suicida clímax de su inmadurez.

No pasemos por alto el contraste entre el volumen de la respuesta de la dictadura y el limitado espectro de las acciones conocidas hasta ahora. Al fin y al cabo, el testimonio ofrecido por autoridades y activistas de Clandestinos da fe, apenas, de una decena de bustos e imágenes tratadas y ni una decena de detenidos. Uno tiende a creer, tal como afirman algunos, que la iniciativa se está reproduciendo de manera espontánea. A esa acción anónima y prudente le falta la comprobación de la cámara.

Paradójicamente, esa carencia multiplica su potencial subversivo. Fuenteovejuna, Raúl. Solo la “quinta policía del mundo” puede llevar la cuenta.

Defensores de la entelequia en Miami se han apresurado a condenar cualquier elaboración intelectual sobre Clandestinos. Casi con las mismas palabras de los voceros oficiales y echando mano a los eufemismos y abstracciones del diccionario de la neolengua de la dictadura. Atención, críticos literarios: una ocasión para observar en la viva variedad de las ramas la inequívoca raíz común de la novelística del culipandeo y la ensayística del embaraje.

Clandestinos, también, ha recibido descalificaciones por parte de legítimos opositores. Esto corrobora la necesidad del debate. En otra medida, contribuye a reforzar la pluralidad de nuestro discurso político. Nadie debe callarse por temor a ser divisivo. A nuestra historia le sobran errores, canalladas y tragedias en nombre de la unidad.

He aquí la debilidad de las dictaduras. Un busto embadurnado de sangre de puerco, una frase colgada de un puente, adquieren la dimensión de un acto de guerra. Lo hemos visto más de una vez. Llega un punto en que la perversa lógica impuesta al oprimido se revierte contra la lógica del opresor.

Así, en una impredecible circunstancia, aparecen manchas que limpian.