La Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió un comunicado desmintiendo que beber alcohol proteja contra el covid-19. (cc).

 

Pese a las advertencias de la OMS sobre los riesgos asociados, el consumo de alcohol se dispara en los hogares.

 

La Habana / 14YMedio.-

—Hasta hace unas semanas, Rodolfo Cabrera, de 48 años, asistía regularmente a una reunión de alcohólicos anónimos en un local adjunto a una iglesia católica en Centro habana. “Me iba bien, porque tenía mucho apoyo del grupo pero ahora han suspendido los encuentros con esto de la pandemia”, una circunstancia que coincide con el aumento de consumo de alcohol en los hogares y del que los expertos alertan.

Cabrera ha tenido una recaída y ha vuelto a beber alcohol. “Luché mucho los primeros días, pero no puede mantenerme limpio”, comenta a 14ymedio. Albañil por cuenta propia, se quedó sin trabajo a finales de marzo. “Estaba haciendo una reparación en un hostal para turistas y el dueño mandó a parar todo porque ahora no puede gastar ese dinero sin saber cuándo volverán los clientes”.

Encerrado prácticamente en su casa, a cargo de su madre con Alzheimer, Cabrera se refugió en la botella. Como ya no podía permitirse comprar una botella de ron Havana Club, un poco de vodka y, mucho menos, unas cervezas, apeló a un viejo conocido que prepara una bebida alternativa a partir de alcohol robado de la red de farmacias.

Como ya no podía permitirse comprar una botella de ron Havana Club, un poco de vodka y, mucho menos, unas cervezas, apeló a un viejo conocido que prepara una bebida alternativa a partir de alcohol robado de la red de farmacias

Hueso de tigre, mofuco, warfarina, chispa de tren o champán de hamaca son muchos de los nombres populares que han tenido en Cuba las bebidas alcohólicas de factura casera. Unos destilados que habían perdido protagonismo pero que ahora, con el confinamiento social y las restricciones de ventas de productos no imprescindibles, han regresado.

En Cuba, entre un 7% y un 10% de la población tiene problemas de alcoholismo, según cifras oficiales, aunque los índices pueden dispararse por los casos no diagnosticados, especialmente en regiones del país donde las ofertas recreativas y la sana diversión escasean.

“Puede que no sean conscientes del problema y de la cantidad real de alcohol que están consumiendo, porque la rutina del encierro distorsiona aún más sus percepciones”, advierte la doctora Camila Hechavarría, quien colabora con uno de estos grupos de Alcohólicos Anónimos gestionados por la iglesia. “En una situación como esta, entre las personas más vulnerables se encuentran aquellos que tienen adicciones”.

“Me preocupan mucho los recién llegados al grupo que apenas habían comenzado a reconocer que tienen un problema de exceso de consumo de alcohol y ahora todo se ha interrumpido y no sabemos si están tomando más que antes o si ya han tenido algún episodio de violencia asociado a esta práctica”, añade Hechavarría.

Para paliar la situación, el grupo mantiene contacto a través de un grupo de WhatsApp. “He recibido muchos pedidos de ayuda de personas con un trastorno por consumo de sustancias que ya estaban en tratamiento, pero también me han llegado reportes de gente adicta que todavía no es consciente de su enfermedad pero que esta cuarentena les ha multiplicado el consumo”.

“A veces la persona está sola y sufre episodios depresivos por no tener a nadie más cerca, pero en otros casos reside en una vivienda con problemas de hacinamiento y conflictos familiares severos”

Hechavarría describe los peligros del encierro para los adictos. “A veces la persona está sola y sufre episodios depresivos por no tener a nadie más cerca, pero en otros casos reside en una vivienda con problemas de hacinamiento y conflictos familiares severos”, detalla. “Todo eso la puede llevar a la ansiedad, los problemas de sueño, la agitación y la falta de esperanzas que pueden empujarla a recurrir al alcohol”.

Con el cierre de bares y restaurantes para frenar la propagación del coronavirus, la venta de bebidas alcohólicas ha quedado muy restringida, porque las tiendas de alimentación apenas venden otra cosa que alimentos y productos de aseo y los negocios que llevan comida a domicilio no reparten vino, cerveza ni otros destilados.

“Cada tarde me iba con dos socios más para el parque y nos bajábamos una o dos botellas de vodka que es lo que nosotros podíamos comprar porque era lo más barato que había en las tiendas”, recuerda Raudel, de 28 años y residente en la barriada de El Cerro. “Desde que empezó toda esta movida, la policía no deja estar sentado en los parques, mucho menos bebiendo, porque para tomar hay que quitarse el tapaboca”.

Raudel y sus amigos ahora se han trasladado hacia la casa de uno de ellos, donde pasan buena parte de la cuarentena. “Compramos cada semana dos o tres galones de una chispa de tren que está buena porque el hombre que la hace tiene buenos contactos y le llega un alcohol de primera calidad”, explica Raudel. “Si nos vamos a morir que sea contentos. Va y hasta esto nos ayuda a no enfermarnos”, apunta.

“En el encierro durante la pandemia, el consumo de alcohol puede exacerbar la vulnerabilidad, los comportamientos de riesgo, los problemas de salud mental y la violencia”

Recientemente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió un comunicado desmintiendo que beber alcohol proteja contra el covid-19 y ha alertado sobre las consecuencias del consumo de esta sustancia, que dispara la vulnerabilidad frente a la enfermedad. “En el encierro durante la pandemia, el consumo de alcohol puede exacerbar la vulnerabilidad, los comportamientos de riesgo, los problemas de salud mental y la violencia”.

En Irán, la falsa creencia de que el metanol cura el coronavirus ha hecho perder la vida a más de 700 personas por intoxicación. Un peligro que también acecha en Cuba, donde son frecuentes los casos de bebidas de producción clandestina contaminadas con alcohol metílico, conocido popularmente como “alcohol de madera”.

Yurislandy, de 42 años, perdió en 2013 un amigo que bebió uno de esos destilados caseros contaminado con metanol. “En la funeraria le prometí que nunca más me iba a llevar un trago a la boca y lo he cumplido”, cuenta a este diario. “En esta cuarentena he tenido momentos que pensé que iba a volver a empinarme la botella, porque tanto tiempo en la casa me ha traído muchos recuerdos del pasado, pero sigo limpio”.

Para evitar una recaída, Yurislandy ha habilitado un improvisado gimnasio en su patio, con barras de hierro y una rústica pesa. “Me levanto cada día temprano, hago planes para cuando todo esto termine, me ejercito, trato de escuchar la radio y mantenerme ocupado haciendo pequeñas reparaciones en la casa. Todo menos el alcohol, porque en esta casa no entra una botella nunca más”.