Eduardo del Llano. E. DEL LLANO/ FACEBOOK.-

 

¿A quién pretenden engañar los nuevos voluntarios? ¿A los puñeteros exiliados? ¿A los gringos que los aplauden? ¿Al jurado de algún festival de cine extranjero?

NÉSTOR DÍAZ DE VILLEGAS, Hollywood.-

—Adoctrinado y sumiso, el cineasta Eduardo del Llano se para delante de la cámara y vomita el sancocho que el castrismo le hizo tragar, un cerdo de granja que pasó estos “65, 64 años… 61 años… ¡60, vaya, para ponerlo redondo!” de dictadura con la cabeza metida en un cubo.

No le tiembla la voz a Del Llano cuando canta el número redondo: el número de años de la misma familia fallida de gallegos terratenientes en el poder. ¡Es normal! Solo otra cifra de la aritmética para cocksuckers. Si antes había en Cuba zombis chupasangre, ahora la Isla está llena de carneros prendidos a la metatranca oficial.

Carneros engordados con leche negra y marcados con el mismo discursito fariseo. Porque de discursito se trata, no de declaraciones soberanas. Cada cocksucker adopta el tono pedagógico y el ademán condescendiente:  “¡Ay, estos extremistas de Miami!”; “¡Yo también viví un año en España!”; “¡Pero si tengo buenos amigos entre los emigrados!”; “Ni es tan sangrienta ná… ¡las cifras se exageran terriblemente!”.

Amaury, Silvio, Sotomayor, Descemer, Haila, Rojas, Pichy, Pablo Armando, Arrufat, Alexander Delgado, Randy Malcom, Barnet, Padura, Brouwer, Juantorena, Eliancito, Varela, Yousam Palacios… Las tribunas del pueblo se han vuelto un fenómeno interiorizado. La tropa de choque de voluntarios regresa a la Fidelísima voluntariamente.

Pero, ¿a quién pretenden engañar los nuevos voluntarios? ¿A los puñeteros exiliados? ¿A los gringos que los aplauden? ¿Al jurado de algún festival de cine extranjero? ¿A la oficina de un viceministro perdonavidas? Todo el mundo en Cuba sabe quiénes son los culpables de que tres niñas murieran aplastadas por un balcón. Tiempo han tenido los criminales, y de sobra, para disculparse y hacer reparaciones. (Mi tía Guillermina cayó al vacío con su balcón de la calle Estrella… ¡en 1972!).

Trump y Obama son fenómenos pasajeros, como lo han sido todos los presidentes norteamericanos desde Eisenhower. En los tiempos dorados de la componenda obamista, los generales de GAESA le negaron participación a los emigrados, que son dueños de las más grandes compañías de construcción de la Florida y que serían los más indicados para remozar la infraestructura del país. Pero el trato sucio con los gringos solo benefició a lo que Del Llano llama, eufemísticamente, “la clase media”.

El malfuncionamiento de la capacidad lógica le hace creer al pobre diablo que pertenece a un estamento ubicado entre la mafia de los generales y la depauperación generalizada. ¡Vaya falsa conciencia! Pero Del Llano y los suyos no integran una clase, ni mucho menos: son solo una tropa de choque de voluntarios, con deberes y responsabilidades.

¿Quienes integran esa camarilla? Los artistas estrellas, los escritores desparametrados y renormalizados, los troles de los medios de comunicación, diversos arribistas. Son los privilegiados que abren galerías y bares; los sobrinos y nietos de tíos y abuelos corruptos. Son la prole de los ministros de Castro, que compra en el Dadeland Mall y viaja a Nueva York y Madrid con tarjeta de residencia de la Florida.

No son la clase media sino la “Nueva Clase”. Son la exclusivísima “emigración económica” que reivindica el moscovita Del Llano, repitiendo el discurso del amo; y es un hecho que, aun ellos, abandonaron “la tierra que los vio nacer” por una razón eminentemente política: la dictadura de números redondos. En tal sentido, los cubanos somos, sin distinción de clase ni credo, consortes de causa.

Pero, si por casualidad Eduardo del Llano se refiere a la “otra” clase media, la inmensa mayoría que sobrevive con 30 euros al mes, entonces debe saber que la existencia de ese grupo no es más que el efecto colateral de las remesas, una infusión de 7.000 millones de dólares anuales en concepto de capital, medicamentos y mercancías, o el equivalente de un Plan Marshall cada dos años… ¡durante 40 años!

Cualquier mejora en la situación económica de Cuba es el resultado del impacto financiero de la emigración, incluso en los sectores de la educación y la salud. Lo cual convierte al castrismo en un plattismo, en el lacayo del Imperio y en el mercenario que especula con un estado de guerra fría. La guerra sicológica debe ser propalada por los voluntarios, y es lo que hace el video de Del Llano.

Así, la emigración se ha convertido en una clase fantasma: la de los vasallos que palían el desastre económico castrista sin poder reclamar derechos ciudadanos ni participación política en la nación de origen. “Remesas” y “emigración”, como todo lo demás en la nomenclatura totalitaria, son designaciones engañosas: se trata del diezmo que el raulismo feudal impone a tres millones de súbditos a cambio de absolutamente nada. El verdadero problema de los desterrados (que no emigrados) es de tributación sin representación.

Eduardo, el clasista de Nuevo Vedado, se llena la boca para explicarnos que “cuando miles y miles [sic], de hecho más que de Cuba, de mexicanos se van a través del río Grande —y cuando pueden, porque ahora con el muro que hizo el singao ese es mucho más difícil— nadie dice: ‘Mira, eso es un reflejo de la decadencia y el fracaso de la democracia mexicana’. No, la gente dice: ‘Esos son emigrantes económicos’. En cambio, cuando se trata de Cuba, dicen: ‘¡Mira como huyen del castrocomunismo!'”.

Pero la ignorancia le impide ver a Del Llano que la intelectualidad azteca, amparada en una prensa libre, ha dicho, desde antes de que terminara el monopolio del PRI y regresara la democracia a México, que el problema mexicano es eminentemente político, algo que certificó la elección de Andrés Manuel López Obrador en los recientes comicios de ese país. La emigración masiva es, efectivamente, “el reflejo de la decadencia y el fracaso de la democracia mexicana”, una idea expresada por el “singao” de Donald Trump y por un compatriota de Del Llano en las páginas de su blog.

No deja de ser curioso que una perorata que hace alusión a la muerte de tres niñas a causa de la negligencia criminal de un régimen que construye hoteles en vez de viviendas, nombre a un único “singao”… ¡el presidente Donald Trump! ¿Por qué no los singaos López-Callejas y Díaz Canel?

Eduardo del Llano, como todos los desparametrados antes y después de él, sabe dónde dice peligro. Obviamente, ha jugado con la cadena en su saga de Nicanor O’Donell, pero nunca con el mono. Con el mono guarda una respetuosa distancia, evidente en su aparición ante las cámaras. Y no es que Del Llano tenga que denunciar a la dictadura de manera explícita, sino que podría ahorrarnos el tonito condescendiente cuando se refiere a “ustedes”, es decir: a nosotros.

Lo que Del Llano impugna y, en definitiva, teme, es nada menos que la principal ganancia del exiliado, el motivo por el cual se exila: la libertad de expresión, el derecho de señalar culpables y denunciarlos sin tener que dar un rodeo de diez minutos en torno a tracios y romanos, cuando el asunto es que tres niñas cubanas yacen cuatro metros bajo tierra.

En cambio, Del Llano se dedica a prodigarnos pura metatranca como buen cocksucker, y a afirmar que tiene “muchos amigos emigrados que no caen en la comedura e’ pinga esa”; o hablar de ruptura y contradecirse enseguida con “puede ser que la ruptura sea culpa de aquí… pero, también eso es relativo…”; o lo de “ustedes van de un extremo a otro”; o recomendarnos “el festival Longina, el premio Casa de las Américas”; o el pendejísimo “no es así caballeros…”; o el desvergonzado “los muertos en democracia sí pueden estar, lo que no pueden haber muertos en la dictadura…” En fin… ¿quién va a creerle cuando regrese como Nicanor O’Donell?

No es de extrañar, entonces, que, si Del Llano es capaz de rebajar la situación del exiliado a la de mero emigrante económico, pueda, simultáneamente, degradar al intelectual a la categoría de voluntario. Escuchándolo hablar, entendemos que en su mente también hubo un derrumbe horroroso donde pereció Eduardo, el ciudadano:

“No se trata de que [el castrismo] hace edificios para turistas porque no le importa el pueblo, es que gracias a esos edificios para turistas puede mantener al pueblo, por lo menos como está…”.

Que la cuestión es, precisamente, sacar al pueblo de donde está, no es algo que se le ocurra a un voluntario.


Este artículo apareció en el blog N.D.D.V. Se reproduce con autorización del autor.