Aurelio Díaz Campillo, ex soldado español de la Guerra de Cuba, en la localidad asturiana de Tielve, con sus descendeintes, en octubre de 1977. En ese momento tenía 99 años. – ABC.-

 

Aurelio Díaz Campillo fue reclutado para ir a La Habana al cumplir los 18 años. Había nacido en el pequeño pueblo asturiano de Tielve en 1878 y allí volvió al regresar a casa tras el desastre de 1898. En 1983, con 105, aún encontramos noticias suyas en ABC

ABC, 23 de octubre de 1977: «Hace solamente unos meses leí en un periódico de gran tirada la noticia de que había muerto el único superviviente de la Guerra de Cuba, cerrándose así una etapa de nuestra historia. Puse en duda la noticia, pues en mis andanzas por los Picos de Europa el verano de 1976 conocía a un vigoroso paisano con muchos años y cuantiosa descendencia que nos contaba escenas vividas por él en su lucha contra los insurrectos cubanos y no tenía, aún, aspecto de morir a causa de los años. Hice un propósito de averiguarlo en las vacaciones del presente año».

Entrevista a Aurelio Díaz Campillo en 1977
Entrevista a Aurelio Díaz Campillo en 1977 – ABC

Habían pasado ya 109 años desde que comenzara la primera de las tres

guerras cubanas de independencia y ocho décadas desde que, en 1898, la última finalizó y nadie podía imaginarse que pudiera vivir aún alguno de los soldados españoles que participaron en aquel conflicto. España había perdido sus últimas tres colonias en ultramar en aquel desastre y había superado ya la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, una guerra civil y la larga dictadura de Franco, como para pensar que, entrados ya en la democracia, uno de nuestros combatientes todavía pudiera contarlo, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de ellos murió como consecuencia de las terribles enfermedades que soportaron en la isla caribeña.

Pero sí. Y lo localizó para ABC el doctor M. Ruiz Rivas, un profesor de la Facultad de Medicina de Madrid y habitual colaborador de este periódico a finales de los 70. Vivía tranquilo en la pequeña localidad asturiana de Tielve: «Lo encontré con su familia recolectando hierbas medicinales para el invierno y madera y raíces de nogal para sus rústicas tallas, que después vende a buen precio. Bajamos a su casa y allí estaba su hermano, su hijo, varios nietos y biznietos. Una tataranieta se hallaba ausente. Su mujer murió hace años», explicaba.

Aurelio, con 100 años

Se trataba de Aurelio Díaz Campillo, al que le faltaban pocos meses para cumplir los 100 años. Había nacido en esa misma aldea en 1878. «Un pueblo impresionante por su belleza, al borde del río Duje, que descansa en un increíble valle muy estrecho, de un verde que solo existe en esos parajes. Con sus pendientes rocosas que se aproximan a la vertical, la vista alcanza muy pronto afiladas crestas. El conjunto es tan bello, que más bien parece una decoración salida de un sueño», describe el médico, que comienza su nostálgica charla con nuestro protagonista, sobre aquellos días del pasado siglo XIX.

Aurelio Díaz Campillo, en 1977
Aurelio Díaz Campillo, en 1977 – ABC

«Cuando era pequeño lo pasé bastante amargamente —contaba Aurelio—, pues mis padres, pastores, no tenían para más. Mi niñez fue cavar el huerto y criar ganado. Una veces cabras, otras, vacas. Tuve mojaduras, frío, agua y nieve a montones. En cuanto oscurecía, a dormir en las cuevas. Una veces con candil y, otras, sin él. Mi comida eran castañas, nueces y leche, que nunca me faltó, como el queso de Cabrales, que ahora les da por decir que tiene la penicilina».

Así creció Díaz Campillo, hasta que, al cumplir los 18 años, en 1897, fue tallado por el Gobierno español y destinado al campamento provisional de San Antonio de las Vegas, en La Habana, a las órdenes del general Arsenio Blanco. «Un gran hombre que nunca mandaba hacer cosas que no pudiera hacer él mismo. Todos le quería», apunta. Le había tocado aquel destino por sorteo, tal y como ocurría en el servicio militar a finales del siglo XIX. Podría haber sido enviado a Puerto Rico, Filipinas o haberse quedado en España, pero le tocó Cuba, donde no entró en acción hasta que no llevaba allí cuatro años. Todavía recordaba multitud de aventuras y enfrentamientos contra los «insurrectos». «Callaos, que os voy a contar una que merece la pena», le comenta al periodista, antes de sentarse sobre la hierba para iniciar su relato.

«¡A fogonazos!»

«Estaba yo de centinela y en una descubiertas, de las muchas que se hacían al enemigo oculto en los grandes bosques, salieron del campamento base de San Antonio cuatro hombre a caballo. Las fuerzas estaban de limpieza a pocos kilómetros de la base y en ella nos quedamos 80 hombres rebajados [eximidos] de todo servicio por las fiebres tercianas [calenturas, episodios de fiebre y escalofríos que se producían cada tres días]. ¡Las palúdicas eran peores que los emboscados! A la media hora, aproximadamente, veo desde el puesto de centinela a los cuatro jinetes, que corrían más que el viento, y detrás de ellos muchos insurrectos a caballo. El último de los cuatro caballos disminuyó el galope y el jinete fue alcanzado y derribado allí mismo. Los otros tres entraron en nuestras líneas gritando: “¡A las armas! ¡Son más de cuatrocientos! Inmediatamente, los 80 hombres con sus fusiles saltaron a las trincheras», relata.

En ese momento, al bueno de Aurelio Díaz campillo se le animó la cara y le preguntó al doctor: «¿Sabes como les hicimos poner los pies en polvorosa?». Y, a continuación, responde él mismo: «¡A fogonazos! Pronto quedaron tendidos más de la mitad y el resto desapareció en el bosque próximo. Los muy… se enteraron de que en la base solo había 80 españoles amarillos y enfermos, y ya ven, con la tiritona y todo les dimos su merecido».

Este asturiano parecía contradecir aquellas predicciones del escritor Vicente Blasco Ibáñez, en 1895, sobre el futuro que les esperaba a los soldados españoles que fueran a la Guerra de Cuba. La reflejó, con todo el sarcasmo del mundo, en un artículo titulado «El rebaño gris»: «Los que sobrevivan, si pueden volver a España, tienen asegurado el porvenir. Entre los que les despidieron ayer no faltará quien les compre los abonarés irrisorios con un descuento del 99 por 100. Si quedan inválidos, pueden aprender a tocar la guitarra para pedir una caridad a cualquiera de esas familias enriquecidas en Cuba y es posible que, desde sus carruajes, les arrojen dos céntimos».

Aurelio Díaz Campillo, posa con toda su familia, en 1977
Aurelio Díaz Campillo, posa con toda su familia, en 1977 – ABC

Para muchos de los que sobrevivieron no se equivocó, puesto que, al regresar a España –después de una travesía infernal de dos semanas, todos apretados en barcos sin apenas comida ni bebida, mezclados sanos y enfermos y sin apenas asistencia sanitaria–, tuvieron que sufrir otro calvario: el de su reinserción social y laboral en un país en serias dificultades. «Muchos volvieron inválidos, sin posibilidad de regresar a sus trabajos labrando los campos o vareando las aceitunas. Era como volver a la pobreza y el Gobierno no supo dar respuesta a ello. No eran conscientes del problema social que se les venía encima. Cuando se iban, les daban de todo: dinero, tabaco, vino, escapularios… Y a la vuelta, ni los buenos días», explicaba a ABC, en 2018, el historiador aragonés Javier Navarro, fundador de la asociación «Regreso con Honor», que ha conseguido identificar a los más de 58.000 españoles muertos que produjo la Guerra de Cuba.

Según la información del Archivo Histórico Nacional, de febrero de 1896 a noviembre de 1898, entre los repatriados se contabilizó a 10.995 soldados inútiles y 33.808 enfermos. Se le llamó «La flota silenciosa», que siguió llegando hasta bien entrado 1899. Una tortura que no podía ocultarse en sus cuerpos demacrados. Un periódico compostelano recogía en 1898 una tétrica noticia que ilustraba esta pesadilla: «Un pobre soldado regresado de Cuba llegó hasta la puerta de su casa paterna en Enfesta. La hora era bastante avanzada y como aquel desdichado careciese de fuerzas para darse a conocer por la voz, no le abrieron la puerta, a pesar de sus repetidos golpes, por temor a ser objeto de un robo. A la mañana siguiente, el cadáver del desdichado joven, muerto de hambre, apareció tendido delante de la puerta de su casa, produciéndose la desgarradora escena al ser visto por su familia».

Pero para Aurelio no fue así. Llegó sano y salvo y tuvo una vida muy larga y saludable. Tan larga como para compartir con ABC, con total lucidez, los recuerdos de aquella guerra ochenta años después, cuando Franco ya había muerto y la Guerra Civil era un recuerdo lejano. ¿Y con fue el enfrentamiento con los estadounidenses a partir de 1898, cuando llegaron a Cuba en auxilio de los independentistas cubanos? «Estaba yo en La Habana cuando empezaron a aproximarse a la bahía varios de sus barcos. Se corrió la voz y tomamos posiciones en una colina que dominaba la bahía. Empezó el bombardeo de los barcos, pero al segundo cañonazo que disparó la batería del Morro, un barco enemigo se inclinó de lado por el trastazo que le dieron. A este no le vimos hundirse, pues se lo llevaron remolcado a alta mar. Los otros barcos desaparecieron. Nos quedamos roncos de gritar “¡Viva España! ¡Vivan los artilleros!”», contestaba el asturiano centenario.

Los «politicones»

Y continúa, después, con su emocionante relato y la tragedia de la derrota ante los americanos: «Poca nos duró la alegría, pues aquellos barcos se concentraron en Santiago de Cuba y consiguieron desembarcar. En septiembre del 99 ocuparon los americanos la isla. Recibimos la orden de rendición, pues no quedaba un solo cartucho. Fuimos bloqueados completamente por mar. Nuestros barcos de guerra eran unos cacharros y no podían enfrentarse con los poderosos americanos. En honor a la verdad, hicieron más de lo que humanamente podía hacerse y sucumbieron con honor. Fue una pena, pues la guerra estaba ganada. Si no hubiera sido porque nos quedamos sin qué comer y sin municiones, les hubiéramos dado muchos disgustos. ¡Y su trabajo les costó! Por ejemplo, en la playa de San Juan cayeron miles de americanos y los que defendían la playa era solo 500 hombres al mando del general Vara del Rey. Por dos veces tuvieron que reembarcar y solo nos invadieron cuando nuestros fusiles no podían disparar por falta de municiones. Recuerdo que, muy a menudo, desembarcaban negros con una anilla en la nariz. ¡De esos no quedó ni uno! No me remuerde la conciencia de no haber hecho todo lo que pude, lo mismo que mis compañeros, jefes y oficiales».

¿Y quién tuvo la culpa de la derrota en la Guerra de Cuba, en la que murieron más de 58.000 españoles? «Está mal echar la culpa a nadie. Para mí, como para mis compañeros, la culpa fue, como siempre, de los politicones, que mientras nosotros nos jugábamos con gusto la vida por España, ellos mandaban sobre lo que no sabían. No me explico todavía cómo nuestros generales, que sabían lo que hacían, tenían que obedecer a estos politicones», opinaba nuestro protagonista en 1977.

En diciembre de 1899 se hizo la entrega oficial de la isla a Estados Unidos y Aurelio embarcó en La Habana rumbo a su querida España en el barco Villaverde. Celebró la Nochebuena en alta mar. Una celebración «triste, pues la alegría de pensar que faltaba poco para llegar a casa nos la fastidiaba la tristeza de la derrota», añadía, en plenas condiciones físicas y mentales este último soldado superviviente de la Guerra de Cuba, a su casi 100 años. No sabemos cuándo murió exactamente, pero sí que aún vivió unos años más para contarlo. «Este es don Aurelio Díaz Campillo, natural de Tielve, un pueblecito de los Picos de Europa, que mañana cumple 105 años. Don Aurelio tiene 12 hijos, el mayor de los cuales cuenta 82 años, y numerosos nietos, bisnietos y tataranietos», podía leerse en ABC, el 15 de octubre de 1983.