José Antonio Torres Fernández, ex corresponsal de ‘Granma’ en Santiago de Cuba, habla con DDC.

Por WALDO FERNÁNDEZ CUENCA, Santiago de Cuba, para DDC.-

—Pactamos vernos donde ha hecho la mayor parte de su vida y comenzó su calvario: Santiago de Cuba. Nos encontramos muy cerca del Palacio de Justicia y me explicó con lujo de detalles cómo fue desplegado un fuerte cordón de seguridad durante los dos días que duró el juicio que marcaría su vida para siempre.

La carrera profesional de José Antonio Torres Fernández escaló a principios de este siglo los más altos peldaños dentro del periodismo oficial. En el momento de su detención, el 8 de febrero de 2011, era el corresponsal del diario Granma en Santiago de Cuba, pero más allá de eso era el hombre designado por Raúl Castro para las investigaciones periodísticas de mayor interés del Consejo de Estado.

En 2010 el general elogió su investigación sobre los graves errores de inversión y planificación del acueducto en la ciudad. En la sala de su casa aún se halla el cuadro con la foto y las palabras de Raúl Castro. José Antonio dice ser un hombre sin odios ni resentimientos hacia sus verdugos.

El periodista fue encarcelado y condenado a 14 años de prisión por un supuesto delito de espionaje que, asegura, jamás cometió. Su vida, tanto antes como después de su encarcelamiento, merecería un libro. Aquí va, en apretada síntesis, solo una muestra del diálogo que tuvimos.

¿Cómo comienza la historia del supuesto espionaje?

“Esta truculenta historia se remonta al año 2004, cuando de manera inesperada y arbitraria despiden a mi esposa de su cargo como directora de la Casa de la Música en Santiago. En ese momento, mi hija estaba muy pequeña y consideramos que se había cometido una gran injusticia. Hicimos innumerables reclamaciones a todos los niveles posibles, de ninguno recibimos respuesta.

No fue hasta años después que decido —con bastante temor— hacerle una carta al entonces jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Michael Parmly, en busca de alguna ayuda para mi esposa. Debido a mis vínculos estatales le pido a uno de mis hermanos que la eche en el buzón de la Oficina de Refugiados.

Para tratar de atraer la atención del diplomático, en esa misiva le expresé que pensaba hacer revelaciones desconocidas, era el gancho para despertar la atención de este señor, pero jamás recibí respuesta. La carta nunca llegó a sus manos.

La vigilancia sobre mi persona comenzó apenas a los 15 días de que la carta fuera echada en el buzón y se mantuvo hasta el momento en que fui detenido.

En el juicio fue cuando supe que el documento supuestamente lo habían hallado en un cesto de basura cercano a la embajada. Dicha versión no tiene la menor posibilidad de ser verídica porque toda la papelería de las embajadas se incinera o se destruye.

Las autoridades cubanas no podían admitir que la misiva había sido extraída del buzón de la Sección de Refugiados, porque eso conllevaba revelar lo que todo el mundo supone: que la inteligencia cubana espía las embajadas extranjeras, especialmente la de Estados Unidos. Era revelar que el Gobierno cubano tiene la osadía y el atrevimiento de sustraer la correspondencia ajena, nada menos que de una embajada, y que con eso viola de manera flagrante la Convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas entre los estados.

¿Dominabas de verdad alguna información sensible o confidencial del Gobierno cubano?

Para la vista oral de mi juicio, las Fuerzas Armadas emitieron un dictamen diciendo que yo no tenía acceso ni dominaba ninguna información secreta, estratégica, sensible o clasificada. Casualmente, el oficial y jefe de enlace entre el Ministerio del Interior y las FAR que emitió ese documento fue el único testigo que se ausentó en el juicio y se adujo, para justificar su ausencia, que se encontraba fuera del país. ¿Acaso no había otro oficial en toda Cuba que pudiera llevar ese documento que demostraba mi total inocencia?

Si yo era realmente un espía, se imponían varias preguntas que ninguna autoridad respondió: ¿Quién me contrató? ¿De qué recursos disponía? ¿Qué información dominaba? ¿Dónde la conseguí? ¿A quién se la entregué? ¿Quién me entrenó?. Todo eso preguntaron los periodistas extranjeros durante la visita del expresidente Barack Obama a Cuba y la única respuesta oficial fue esta: “él no se encuentra en término libertad condicional”.

Apenas un mes después de esa visita, ya cuando el Departamento de Estado norteamericano tuvo un mejor conocimiento sobre mi caso, empezó la campaña por mi libertad, porque yo era un preso político en toda regla.

¿Cómo describirías tu estancia en la prisión de Boniato, adonde te llevaron?

Vivir allí es algo más que un acto de fe o una penitencia del destino. Esa no solo es una de las tres cárceles de máxima seguridad que existen en Cuba, sino la más sanguinaria y aborrecible de la Isla.

En ese lugar ver morir o golpear a un hombre se convierte en una rutina. A Boniato llegué el 25 de octubre de 2012, horas después de que el huracán Sandy destruyera por completo la Prisión Provisional de Aguadores.

Tuve el “privilegio” de ser el primero, entre más de mil presos, en ser trasladado a ese presidio. Bajo estrictas medidas de seguridad me ubicaron en el colectivo número dos, junto a otros 230 convictos. Las primeras noches dormimos en el suelo con las pertenencias empapadas. Días después nos llevaron el avituallamiento disponible.

En aquel estercolero existía un solo servicio sanitario. Nos sacaban a bañar de cinco en cinco, a la intemperie. Almorzábamos sobre las 7:00 de la noche; comíamos bien entrada la madrugada y a oscuras.

Sales en libertad condicional el 27 de junio de 2017. Desde esa fecha hasta acá habías permanecido en silencio y no te habías acercado a la prensa para contar tu historia ¿Cuáles son las causas de este silencio? ¿Qué ha ocurrido con tu vida en estos dos años?

Han ocurrido muchas cosas. Visité o me comunique con todas las personas e instituciones que ayudaron en mi liberación y, de manera personal o mediante cartas, les agradecí de corazón todo lo que hicieron.

Además, comencé el proceso para emigrar como refugiado político hacia los Estados Unidos, pero vino la enfermedad de mi hija y eso ocupó todo mi tiempo y atención.

En un momento determinado ella estuvo al borde la muerte debido a la nefritis lúpica, una enfermedad para la cual en Cuba los tratamientos que existen no son los mejores. Solo gracias al cuidado y profesionalidad de los médicos mi hija hoy está estable y ha rebasado su peor etapa.

Como lo peor ha pasado y hoy mi vida es, digamos, más normal, decido contar mi historia.

A todo esto se suma que la paralización de los servicios consulares en la Embajada de Estados Unidos hizo que todo el proceso para emigrar se estancara.

Unos meses después las autoridades judiciales cubanas me dijeron que ya no tenía permitido salir del país y que para trasladarme dentro del territorio nacional debía pedir permiso. Me dijeron también que están revisando mi caso para la extinción total de mi pena y dar por concluida mi sentencia, pero desde noviembre de 2018 hasta la fecha no se han pronunciado al respecto.

¿Volverás al periodismo en algún momento?

Volveré al periodismo y lo haré con la mayor franqueza posible, pero ya no podría regresar a la prensa revolucionaria y allí tampoco sería aceptado. Tengo deudas con mi país que aún debo saldar; por eso, donde pueda expresar mis criterios con la mayor libertad posible podrán hallar a este servidor.