Carlos Melián. / DDC.-

 

Una conversación con Carlos Melián, realizador de ‘Pizza de jamón’, sobre cómo hacer cine en el extremo oriental de Cuba.

CARLOS QUINTELA, Madrid 

—Carlos Melián es un director de cine que está detrás de algo metafísico. Cuando pienso en su cine veo a un zapador de playa orientándose por el beep de su detector de metal. Sus personajes parecen estar hechizados y él sabe como filmarlos sin romper el hechizo. Es un cineasta santiaguero que no hay que perder vista. Hace tres días nos cruzamos en Facebook, conversamos por WhatsApp y aquí lo compartimos.

Pizza de jamón la filmaste hace varios años ¿qué te dejó ese proyecto?

Me marcó mucho. Porque siendo yo de provincias el recorrido para lograr ese corto fue muy rápido. Yo no estaba preparado espiritualmente. Quiero decir que no estaba preparado para mi propia ambición.

Pizza… fue como el anillo de El Señor de los Anillos, algo que sacaba una negrura de mí que no conocía. Siendo de Santiago gané el Cinergia, que era una convocatoria de Costa Rica, luego todas las puertas se me abrían con facilidad. Entonces me afectó el ego. Y comencé a perder cosas que amaba.

Así que lo que sucedió con Pizza… fue que traté de borrarlo. Me deshumanizó mucho. Perdí a un amigo. Si en ese momento de desolación no me metí en una Iglesia Pentecostal fue de milagro. Entonces quise salir de ese mundo sin salir de ese mundo. Y todavía siento que no me curo y siento que aquella experiencia me sirvió para advertir otras cosas ahora.

En mi último corto, el que acabo de hacer, me sucedió que me di cuenta que había olvidado todo lo que debí aprender en Pizza de jamón. No sabía nada de cómo hacer una peli, de cómo ensayar con no-actores. Lo único que sabía era un consejo que me dio Fernando Pérez que me parece muy sabio, me dijo: “Escucha tu corazón”. Parece una mierda, pero no lo es, es lo mejor que he escuchado. Y otra cosa también sabía: “Mantén unido al equipo, no dejes de hablarle detenidamente a cada miembro”.

En tu cine veo a un director que va detrás de algo, guiado por su instinto, como buscando un yacimiento de algo bruto, puro, aún sin refinar.  ¿Qué me podrías decir al respecto?

Si. Para mí es un hecho, no sé lo que busco cuando estoy detrás de algo. Eso me angustiaba en algún momento, pero luego comencé a creer que era una predisposición legítima. Si supiera de lo que hablo dudaría que lo sé, entonces para mí es imposible llegar a una estación, llegar me parece un empobrecimiento. Oriente forma parte de esa sensación, y la sensación también de que todos se han ido. En Oriente siento la sensación de tener un Disneylandia, inabarcable, para mí solo.

¿Disneylandia?

Fue una manera de decir. El interior de Cuba tiene que ver más con la palabra Oriente. Antes me molestaba que la usaran para referirse al extremo más pobre de Cuba, el este, ¿no?, pero ahora me parece más exacto decirle Oriente, que no Disneylandia.

Oriente es algo grande. Es por donde sale el sol. Es todo eso bien enorme, de donde han salido las cosas más atractivas de Cuba. Creo yo. Entonces la palabra Oriente viene acompañada de algo… no agarro la puta palabra… grave. Es una idea grave. Secreta. entonces en Oriente es donde parece posible, por ejemplo, que la gente vuele. Yo creo que no se filma en Oriente por algunas cosas que no tienen que ver exactamente con subvalorarlo.

Pienso que se ha marginado la cultura de Oriente y es porque cuando de La Habana se va a filmar a Oriente se llega con una idea preconcebida de lo que se quiere encontrar.

Sí, lo creo también.

También por el bloqueo interno que no permite que se desarrollen productoras independientes por esa región y eso frena el desarrollo de los realizadores orientales, de su cinematografía.

Se hace difícil convencer a un equipo para que vaya a Oriente. Pero también es difícil convencer a un productor. Creo que les cansa la idea de Oriente. ¿Entiendes? es como que les cansa solo de evocarlo. Entonces se me van de las manos.

Cuando consigo a un productor leo eso en sus miradas. Les cansa el sol mítico de Santiago, las 16 horas en guagua o las 18 horas en tren, la informalidad e ineficiencia de la gente que será tu colaboradora y puedo seguir enumerando. Yo me suelo sentir Werner Herzog realizando Fitzcarraldo.

Si cambiara el sistema del país —que es lo único que se me ocurre para que se puedan desarrollar las productoras independientes y se pueda filmar sin tanto permiso, con libertad creativa, con verdadero apoyo institucional—,  si eso sucediera, ¿qué te gustaría que se conociera de Oriente? Pero no me refiero solamente al público cubano sino a los espectadores de todo el mundo.

Realmente el país tiene que cambiar para poder seguir haciendo películas porque hacerlas implica grandes costos. Que las pelis hablen de cosas que lleven a los espectadores a una relación más constructiva y creativa con su entorno. Como ves hablo en abstracto, y hablo en abstracto porque descreo de ideas deterministas o maniqueas.

En Cuba hay que buscar un modelo que permita crear con libertad, pero no llegar a él a través de la violencia. Y creo que hemos estado cerca de cambiar el país sin violencia. He pensado en China. Pero en China hay un modelo de sociedad que permite hacer películas, muchas, pero sus artistas termina cansándose de tanta censura. Y se desmotivan, ¿no? Por ejemplo, yo siempre la cago en algún momento. Me propongo escribir un guión de una película que le guste a mi papá y termino haciendo algo más, digamos, metafísico. Esa es la manera en que se proyecta mi espíritu.

Yo tenía una idea del cine ligada a los recursos económicos que se ha ido abajo. Ahora está más ligada a la pobreza. A gastar todo lo que gano en traducir guiones, en pasajes, en pagarle a Fulano o Mengano  sin cobrar yo. En una ocasión fui a La Habana en la cama de un camión sólo para registrar un proyecto en el Cenda, y cuando llegué estaba cerrado porque ellos descansan en verano.

¿Y ese espíritu metafísico cómo se nutre?

No sé realmente cómo fui entrando en un terreno así, al que yo le llamo metafísico por ponerle un nombre. Mi relación con el Oriente no radica en una identidad, es más bien por las posibilidades creativas que me da. Posibilidades de expresar cierto ensimismamiento, en Oriente además puedo usar caballos, praderas, lomas a lo lejos, evangélicos, changüí, hombres y mujeres negras, hombres y mujeres blancos, jinetes, brujas.

No hay nada que me emocione más que el universo mágico de los evangélicos. Cuando vas a un templo en medio del campo allí pasa cualquier cosa. El que mejor ha transmitido todo esto es Rafael Ramírez, aunque Alejandro Alonso tiene un documental hermoso llamado Duelo que da cuenta de ello. Rafa es el Oriente de Cuba y por suerte su obra es menos complicada de lo que parece. Hay otro realizador que se llama Lázaro Lemus que trae cosas muy buenas. Me manda por Whatsapp ideas realmente nuevas.

Volviendo a la idea de los productores, creo que los productores cubanos, aunque sean de La Habana también viven en una precariedad (de otro tipo) que les impide pensar en la aventura de ir a filmar a Oriente o incluso de tener el tiempo de fijarse en un director como tú. Pero sinceramente lo que me interesa a mi es que Oriente se filme así mismo y que nazcan productores locales.

Si, es precisamente lo que creo. Que Oriente se filme a sí mismo es más prometedor para mí. Hasta ahora solo puedo ver como viene gente de afuera y nos filma como su versión de lo que somos los orientales. Entonces es un Disneylandia visitado por unos tipos de muy buena pinta, una elite tanto cubana como extranjera, que se van llevando, extrayendo las mejores cosas. La montaña rusa, la casa de espejos, los bancos y todo lo demás.

Cuando se los llevan no los usan, sino que los convierten en objetos museables, algo así como un “Miren esto, miren como viven, miren con qué se divierten allá”.  Creo que no logran nada, no logran llegar al diamante. Son turistas que le hablan a otros turistas sobre el avistamiento de un oso. Pervive un solo imaginario entonces, un imaginario muy pobre. Se repite la lógica extraccionista.

Me agota hablar del tema, pienso que no resuelve nada. Debe haber otra manera de enfrentar el problema, y supongo que el antídoto será seguir trabajando en guiones hasta que estos puedan ser apreciados por alguien.

¿Cómo definirías Oriente en una imagen cinematográfica? Puedes incluir sonidos si lo deseas.

Puede ser un paisaje con lomas bajas en su zona rural, tipo sertón brasilero. En la zona urbana es como un parque de diversiones vacío. Esa imagen me gusta mucho. Está en un guion de largometraje que tengo. Un parque de diversiones vacío. Sin niños. No porque esté vacío, sino porque la gente sueña con abandonar Oriente e irse a Occidente.

El oriente está vacío porque la gente lo abandona sin abandonarlo. En ese parque imaginario suena lo que suele sonar en un parque vacío de Oriente, un chivo por allá que se come la maleza, una multitud de cigarras que de pronto rompe a sonar. O también acaso la sangre de uno fluyendo por las venas, que es lo que escuchamos cuando no oímos nada.

¿Tú crees que podría existir una cinematografía oriental?

Ya la hay. Se ha hecho un cine aquí. Es un cine algo alegórico, un cine donde se filman vampiros, o donde se filma sexo, con recursos de fábula. Todo el interior de Cuba fabula mucho. Déjame explicarte que para mí Oriente también es una respuesta dialéctica a un tipo de cine demasiado político, sin querer menospreciar lo político.

El cine de Jorge Molina es oriental. No sé, la idea que tengo de cine oriental es un cine muy universal. Lo que se ha hecho acá, Emmanuel Martin, Guillermo de la Rosa, José Armando Estrada, Rafael Ramírez, se ha hecho como si se viviera en Los Ángeles, o en Suecia, hay mucho interés por fabular.

A mí me gusta mucho, por ejemplo, lo que hacen en el nordeste de Brasil. Claudio Assis, ahí siento una verdadera expresión pura del imaginario local. Creo que Assis está mucho mejor plantado filosóficamente hablando que Kleber Mendoza. Aunque Kleber tiene una visión que también es expresión de lo que piensa la gente común creo yo, la política común, y eso es importante.

Yo creo que el cine militante a largo plazo termina secuestrando un sinfín de interioridades humanas que cada vez abundan menos en el cine cubano.

Sí, creo lo mismo. Siempre me suelo quedar solo cuando digo que la idea de que el hombre es un animal político es falsa. Yo intento decir que esa idea me excluye. Le doy a la política un lugar marginal. Aunque reconozco que la política me aplasta, ¿no? Me pasa por encima. La política tiene una relación aplastante en mi entorno, pero en mi fuero, en mi universo, en la medida que le doy a las cosas, para mí la política tiene un lugar marginal.