Como resulta peligroso subir los precios en el punto final de la cadena, los vendedores de carne de cerdo han empezado a cerrar sus carnicerías.  (Flickr/Paul K.).-

 

No hay que ser economista para darse cuenta de que esto genera un círculo vicioso donde los precios entran en una espiral.

 

—A falta de otros cárnicos, el cerdo ha protagonizado la dieta de los cubanos que clasifican como “clase media emergente” o que están en camino de ubicarse en ese escalón social. El pescado fresco, los mariscos y la carne de res son privilegio de ese diez por ciento que no pregunta cuánto cuesta algo antes de decidirse a comprarlo. El resto de la población aspira a las salchichas, las sardinas en lata y marca temprano en la cola cuando llega el pollo del racionamiento.

Pero en mayor o menor medida el cerdo se presenta en todos los niveles de consumo. Esa es la razón por la que cualquier situación que disminuya su producción o dificulte su comercialización se refleja inmediatamente en los precios. La respuesta del Estado,  que pretende controlarlo todo, oscila entre el racionamiento y aplicar un tope a los precios.

Unos meses antes de la crisis generada por el covid-19 se había dictado una medida que regulaba en 45 pesos (CUP) el precio máximo de una libra de carne de cerdo sin hueso, en la capital del país. En otros municipios del interior el tope se quedaba en 35 pesos.

Ahora mismo, en la mitad del mes de abril, la libra de la carne de cerdo, cuando el animal sigue vivo, oscila entre 25 y 30 pesos. La localización de cada espécimen se cotiza en 50 pesos, porque esos animales no están en un almacén esperando a que alguien vaya a recogerlos. Se requiere una actividad detectivesca que consiste en averiguar quién tiene en cual lugar los cerdos listos para el sacrificio y luego salir a caballo para montearlos.

El negociante que se dedica a esta actividad debe pagarle al menos 600 pesos al conductor de la carreta que llevará a los condenados hasta la mano del matarife

Adicionalmente, el negociante que se dedica a esta actividad debe pagarle al menos 600 pesos al conductor de la carreta que llevará a los condenados hasta la mano del matarife y a este verdugo hay que darle 100 pesos por cada animal que mate y limpie.

En todo este proceso (similar a lo que el Estado denomina “cadena puerto transporte economía interna”) y en cada uno de los eslabones se está sintiendo la crisis. Porque no hay transporte, porque el combustible está más caro y la vigilancia de todo lo que parezca ilegal se ha vuelto insoportable.

Como resulta peligroso subir los precios en el punto final de la cadena, que es el único vigilado por las autoridades, los vendedores han empezado a cerrar sus carnicerías. Al menos las visibles que funcionan con licencia, lo que no significa que haya cesado el negocio. Cada carnicero tiene un número de clientes fijos a los que conoce personalmente. Venderle a ellos por la izquierda es suficiente para seguir ganando el mínimo para sobrevivir.

Aquí se pone de manifiesto una característica de los oscuros mecanismos del mercado informal. Cuando el productor llega a la conclusión de que no le afecta la competencia y que el consumidor no tiene otra alternativa que aceptar los precios que él imponga, desaparece el estímulo de aumentar la producción para ganar más.

No hay que ser economista para darse cuenta de que esto genera un círculo vicioso donde los precios entran en una espiral.

¿Hasta dónde y hasta cuándo? Primero habría que saber cuándo termina la pandemia.