Leonardo Padura. (ELDIARIO.ES).

Por Andrés Reynaldo para DDC.

 

—La visita del escritor Leonardo Padura al presidente Inácio “Lula” da Silva, preso por corrupción en la cárcel de Curitiba, tuvo un efecto acaso no esperado. Sin convencer a nadie de la inocencia de Lula, convenció de que ya Padura no podrá seguir haciéndose el inocente.

No hay manera, digo yo, de que semejante encuentro pueda ocurrir por combustión espontánea. Lo sabe cualquiera que tenga la menor noción de la dinámica del poder en Cuba. Si Padura fuera lo suficientemente tonto (que no lo es) para irse por su cuenta a Curitiba, demos por seguro que Lula no le abre la puerta por su cuenta. Hay mucho negocio de por medio, mucho secreto, demasiado programa entre Lula y Raúl Castro para correr riesgos con improvisaciones.

De hecho, Padura no improvisa. Su obra es un coherente esfuerzo para humanizar la figura del policía castrista y problematizar, a veces con tintes de folletín, la obvia interpretación de la destrucción de un país sometido a la opresión y la miseria por una familia y su mafia vasalla. El detective Mario Conde lleva casi 30 años sin encontrar al asesino del Estado de derecho.

Puntero de la política castrista de intercambio cultural, Padura se presentó en Miami con la máscara del creador apolítico, heterodoxo, asépticamente contestatario. Con aires de sexagenario enfant terrible, pontificaba sobre los excesos de los exiliados, convocaba a una reconciliación que exige, sine qua non, el arrepentimiento de la víctima y nos juraba que se avizoraban las reformas. Por ahí venía ya, nos anticipaba, una nueva Constitución.

En un reciente comentario sobre la visita a Lula, un lector identificado como El Viajero (repruebo que la gente no hable con nombre y apellido), comentaba en estas páginas: “Y pensar que este hombre cuando visitó Miami llenó un teatro completo de intelectuales y de cubanos ‘amantes de la literatura'”.

Yo pienso que no lo leen. Porque si lo lees, todo está claro. Tanto más legible si lo lees en traducciones. En sus textos, la corrupción, la pobreza, la violencia y la degradación moral flotan en un contexto amniótico sin que nunca le veamos la cara a la madre de la desgracia, cuyo nombre empieza con F. Como si la falaz ecuación de su novelística, precisamente, estuviera concebida para que esa F nunca pudiera despejarse. O sea, embarajar la letra.

Lo he dicho antes. Padura no es un oportunista ni un cobarde. Para decir lo que dice se necesitan las agallas del compromiso. En una entrevista con Pablo Iglesias dirá que enfermedades y accidentes cobraron la mayoría de las “ridículas” bajas cubanas en Angola. Acerca de la situación política en Cuba dirá en Miami que “hay muchas Cuba”. Lástima que el embelesado presentador no le preguntara si en alguna de esas Cuba había libertades.

Más reciente, el pasado 1 de febrero, en Cartagena, Padura aparece hablando en El País sobre las relaciones entre Raúl y el presidente Barack Obama como un “momento esperanzador”. Para recuperar ese momento, dice, haría falta la “voluntad política” de ¡Donald Trump! Ese mismo día, por cierto, el presidente designado, Miguel Díaz-Canel, era abucheado en el poblado de Regla por el abandono de las autoridades a los damnificados de una fuerte tormenta que azotó La Habana.

La visita a Lula marca un hito. El escritor que nunca ha dicho ni ha escrito una palabra sobre el presidio político cubano, un fenómeno sin parangón en Occidente, se ha ido a Brasil a defender a un ladrón juzgado con las garantías procesales de un poder judicial independiente. Ya quisieran los cubanos tener esa justicia.

“Me solidarizo con él [Lula] y con todos los hombres y mujeres que en el mundo han sufrido y sufren persecución y acoso por defender sin violencia sus ideas sobre la sociedad y el mundo”, dijo Padura.

La sacó del parque y, a la vez, se ponchó.

Néstor Díaz de Villegas observa que el castrismo solo puede producir simulacro. Mario Conde ha rendido un gran servicio a la dictadura como agente de desinformación. Padura, sin duda, es la principal voz de una narrativa isleña que disimula la tragedia nacional en una trama de cochambre, cambalache y singueta.

Una lectura al gusto de Lula. ¿Al gusto de Raúl?