Hernán Cortés en la recién estrenada serie ”Hernán” (AMAZON PRIME VIDEO).-

‘Una aventura que entraña más riesgos para sus protagonistas que la invasión de Persia por Alejandro, el paso de los Alpes por el ejército de Aníbal o el mismísimo viaje de Colón.’

 

 

Por Vicente Hecherri para DDC.-

—Acaban de cumplirse cinco siglos de la llegada de Hernán Cortés a Technotitlan, una suerte de Venecia antigua que los aztecas fundaran en una laguna del valle de Anáhuac como punto de irradiación de una sociedad guerrera que se propuso el sometimiento de las naciones circundantes.

Cuando los españoles pusieron pie en México, el imperio de los aztecas mostraba una pujanza que permitía augurar la realización de ese sueño. En eso se produjo lo que bien podemos considerar un decisivo punto de inflexión.

En la Trinidad (Cuba) de mi infancia, Hernán Cortés seguía siendo un nombre conocido. En la margen del río Guaurabo crecía una ceiba —no sé si existe aún— que llamaban la Ceiba de Cortés, donde —decían— el futuro conquistador de México había amarrado sus naves; y en la esquina de las calles  Real del Jigüe y Desengaño, donde aún se alza la Casa de Ortiz, contaban que había estado la posada en que Cortés había izado su banderín de enganche al objeto de reclutar vecinos de la villa para su empresa mexicana.

Fundada cinco años antes, Trinidad, en enero de 1519, era apenas un caserío  que quedaría prácticamente despoblado después del paso de aquel temerario aventurero.

De Trinidad partió Cortés no solo con gran parte de los vecinos —entre ellos Pedro de Alvarado y sus hermanos, Pero Sánchez Farfán y Cristóbal de Olid, todos los cuales serían notables en la conquista de tierra firme— sino también como un prófugo, alertado por el alcalde Francisco Verdugo de que Velázquez le revocaba sus poderes y ordenaba su arresto.

Los expedicionarios habían de tocar en La Habana (que todavía se encontraba, aunque solo por pocos meses más, en la costa sur) para recalar luego en el cabo de San Antón antes de cruzar el estrecho de Yucatán y dar inicio a lo que muchos tienen por la empresa más audaz de la Historia.

Bernal Díaz del Castillo, que acompañaba al conquistador, da prolija cuenta de una aventura que entraña más riesgos para sus protagonistas que la invasión de Persia por Alejandro, el paso de los Alpes por el ejército de Aníbal o el mismísimo viaje de Colón. En el empeño de Cortés la incógnita es mucho mayor, la hueste emprendedora muy pequeña, apenas poco más de 600 hombres, y el mundo a explorar y conquistar, vastísimo y desconocido; pero Cortés sabe combinar el valor con la astucia y su talento de estratega con sus dotes de diplomático y político.

A su paso por Tlaxcala —donde se ve acometido por ejércitos que lo superan varias veces en número, pero a lo que derrota sucesivamente—, logra vencer la desconfianza de esta orgullosa nación, que se le suma contra del poder opresor de los aztecas. Cuando Cortés avanza hacia México para encontrarse con Moctezuma, son muchos los “indios” que empiezan a verlo como un libertador.

Los pormenores de la conquista nos son conocidos: el secuestro y la muerte de Moctezuma, la salida de México en la llamada Noche Triste, el regreso esforzado, el sangriento asedio de Technotitlan… Ayudado por las enfermedades de que los invasores son portadores y para los cuales los naturales no tienen defensa inmunológica, la capital azteca es un inmenso cementerio cuando los españoles se imponen finalmente después de la captura de Cuauhtémoc, el último emperador.

Más tarde vendría, no el simple avasallamiento de los vencidos, sino la fundación de una nación nueva que ya el propio Cortés, en algún momento, llegó a contemplar como una entidad política separada de España (si bien no se atrevió a llegar tan lejos). Una nación mestiza, donde el credo, la lengua, la religión y la cultura de los conquistadores terminarían por fundirse con la enorme población donde perviven muchos rasgos del mundo derrotado.

Tres siglos después, cuando México surge como un país independiente, no es —no puede ser— la revancha de Moctezuma, como algunos han pretendido, ni siquiera cuando volvió a sacudirse  de algunos atavismos ancestrales en 1910. Un discurso nacionalista pretende escamotear una identidad que forjó una aventura del Renacimiento sobre las ruinas de una cultura que, en el siglo XVI, era una versión de Sumeria a la que aún le faltaba mucho tiempo para llegar a ser Babilonia.

Quinientos años después de su llegada a México, Hernán Cortés —el prófugo, el osado caudillo, el astuto conquistador y el rapaz administrador, todo en uno— aún espera el reconocimiento que merece como el auténtico padre de una nación moderna.