‘Amordazado por el terror, encanallado por la miseria, infantilizado por el adoctrinamiento, el cubano no acaba de entender de dónde viene ni se atreve a decidir a dónde va.’

ANDRÉS REYNALDO, Miami 

José Daniel Ferrer ejemplifica uno de esos casos en que el estado de perpetua ficción creado por la dictadura totalitaria puede ser amenazado por la acción de un solo hombre.

Detenido arbitrariamente desde hace dos meses, el líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), ha sido sometido a tortura, privado del derecho de habeas corpus y descrito ante el mundo como un delincuente común. Decir que su vida peligra es redundante. Sus carceleros apuestan a que acabará por pedir a gritos una visa para EEUU. Mientras tanto, continuarán la implacable, científica destrucción de su mente y su cuerpo.

No muchos dictadores pueden aguantar hoy por hoy, sin ceder un ápice, la condena internacional por el encarcelamiento de Ferrer. Raúl puede. Como pudo Fidel. El castrismo es una mafia que gobierna una isla en venta con una sociedad fallida. Su lógica no es política, sino delincuencial. Raúl puede remedar la pregunta retórica de Stalin ante las reacciones de la Iglesia Católica: “¿Cuántos tanques tiene el Papa?”. ¿Cuántos tiene la OEA, la ONU, la Unión Europea? ¿Cuántos la oposición dentro y fuera de la Isla?

La lucha de Ferrer tiene una dimensión trágica. Es el antihéroe en situación heroica. Los cubanos estamos obligados a desconfiar de los héroes. Precisamente, en buena parte estamos donde estamos por haber sucumbido a una construcción mesiánica de la nacionalidad y la decimonónica noción romántica (de hecho, protofascista) del héroe, sobre todo del héroe-poeta como pedagogo del hombre común. Todo esto arrojado al inconsistente melting pot del Caribe, donde la esencia transmuta en parodia.

Así se explica, en alguna medida, el desinterés y hasta el desprecio por la oposición entre nuestros compatriotas dentro de la Isla. Amordazado por el terror, encanallado por la miseria, infantilizado por el adoctrinamiento, el cubano no acaba de entender de dónde viene ni se atreve a decidir a dónde va. Su nihilismo viene de la fatiga. Está cansado de no saber quién es.

Nada más confuso, más paralizante, que la estructuración sobre una misma fuente de los respectivos discursos de victimarios y víctimas. ¿Puede asaltarse el Moncada, embarcarse en una autodestructiva cruzada antinorteamericana y modelarse al ciudadano en un oportunista y retrógrado ideal revolucionario siguiendo, digamos, las ideas de Félix Varela? Nada más difícil de robar que las palabras.

Diezmada sin cesar por el paredón de fusilamiento y el más largo y numeroso presidio político de las Américas, la resistencia anticastrista ha ofrecido tres generaciones al panteón de nuestras libertades. Sobre esa piedra, pienso yo, habrá que refundar. Nada tan firme, tan aleccionador, tan verdadero, en nuestro quehacer nacional. Ni en nuestras luchas por la independencia ni en nuestras luchas por la democracia durante la época republicana. Una resistencia, fundamentalmente, de antihéroes.

A diferencia del héroe, el antihéroe no quiere hacer historia, sino moral. Su política apunta a la recuperación y no a la transformación de la sociedad. En vez de mártir, sueña ser sobreviviente. Su coraje (el tremendo coraje necesario para enfrentar una dictadura como el castrismo) procede de su decencia, de su escándalo frente al poder que le impide ser feliz sin comprometer su conciencia. Es el hombre concreto que se niega a ser reducido en el hombre abstracto. La piedra donde tropieza la legitimidad de la opresión.

Václav Havel habló de la importancia de esa individual acción moral, desprovista de esperanza y de un inmediato efecto político. Con el tiempo, gradual y hasta indirectamente, dijo, acaba por convertirse en una fuerza descomunal.

Raúl tendrá los tanques. Ferrer tiene la realidad.