La indefensión ciudadana se ensancha y profundiza en relación directa con la profundización de la crisis general del sistema. (14ymedio/ Archivo).-

 

 

La máxima dirección del país ha vuelto a demostrar su incapacidad para cumplir sus propias mínimas directrices.

—Muy temprano en la mañana, Yasmani apresuró su habitual sorbo de café antes de salir a la calle con su carretilla de venta de frutas y otros productos del agro en el municipio de Centro Habana. No imaginaba que sería su última jornada en tiempos del covid-19 que sigue golpeando la capital cubana.

Yasmani era uno de los escasos carretilleros con licencia de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (Onat) que a lo largo de una década habían logrado sobrevivir a acosos, decomisos en operativos policiales, detenciones temporales, extorsiones de inspectores y a cuanto atropello han cometido las autoridades contra este vilipendiado nicho del sector privado, eufemísticamente bautizado como cuentapropista”.

Perseverante, inteligente y laborioso, Yasmani es el típico comerciante que entre cubanos se conoce como un luchador, un “metedor de pie”, un callejero, capaz de levantarse una y otra vez desde la calamidad y en poco tiempo colarse de nuevo en el complicado entramado mercantil de la capital cubana, siempre en frágil equilibrio entre lo permitido, lo aceptado, lo ilegal y lo prohibido.

Este emprendedor empírico llegó a poseer dos artefactos rodantes para la venta de su mercancía que pronto fueron confiscados por la policía y por los que estuvo a punto de perder su licencia e ir a juicio

Años atrás corrían tiempos mejores para este emprendedor empírico que llegó a poseer dos artefactos rodantes para la venta de su mercancía que pronto fueron confiscados por la policía y por los que estuvo a punto de perder su licencia e ir a juicio, acusado de “enriquecimiento ilícito”. Salió de aquel y de otros trances gracias al procedimiento habitual: colocando generosos y oportunos sobornos en los bolsillos adecuados.

Yasmani siempre se las arregló para que su carretilla fuera una de las mejor surtidas de su barrio y, con diferencia, también una de las que vendía productos de mejor calidad para los estándares de su gremio, gracias a sus contactos de larga data con proveedores privados y a su astucia para justificar debidamente todas y cada una de sus mercancías.

Esta ha sido la forma en que este joven padre de familia se ha ganado la vida, entre tropiezos con las autoridades y breves períodos de relativa paz, y ha procurado su sustento y el de los suyos. Hasta que esa mañana aciaga, mientras atendía a un cliente, vio acercarse despacio un vehículo del Cuerpo de Prevención de las Fuerzas Armadas Revolucionarias -los popularmente conocidos como “boinas rojas”- que se dirigía inequívocamente hacia él.

“En principio creí que iban a preguntarme alguna dirección o algo así, pero noté enseguida una mala actitud y supe que venían contra mi negocio. Ya he tenido tantos problemas con inspectores, policías corruptos y cuanto funcionario descarao hay en este país que no me extrañó que también esta gente viniera a coger una tajada. Pero lo que no imaginé es que fueran a tratarme con tanto despotismo”, cuenta Yasmani.

“Ya he tenido tantos problemas con inspectores, policías corruptos y cuanto funcionario ‘descarao’ hay en este país que no me extrañó que también esta gente viniera a coger una tajada”

Se bajaron del vehículo dos hombres jóvenes “con tremendas caras de perros” y, sin que mediara saludo ni explicaciones, le dijeron que tenía que recoger todo e irse. “Está prohibido vender, y eso tú lo sabes, no te hagas el listo”.

De nada valió el reclamo del pequeño comerciante ni su insistencia en conocer a qué respondía semejante arbitrariedad, por qué la Onat no le había informado del cierre o si se trataba de una disposición temporal relacionada con alguna estrategia en torno al covid-19 y a su significativa incidencia en Centro Habana. En especial, Yasmani quería saber por qué eran las Fuerzas de Prevención del Ejército y no la policía común la que se dirigía a un civil como él, no estando el país en guerra y sin haberse declarado por la máxima autoridad un toque de queda ni ninguna otra medida extraordinaria.

Lejos de recibir alguna explicación, sus cuestionamientos solo consiguieron irritar más aún a los militares. El que parecía menos joven de ellos lo confrontó entre amenazante y burlón mientras lanzaba miradas fieras a los clientes y vecinos que se habían agrupado en el lugar. “Ah,¿te vas a hacer el loco y te vas a engallar? ¿Tú eres ‘líder’ en este barrio? ¿Tú no sabes que hay una emergencia en el país y el Ejército está al frente de todo?¿Dónde tú vives, a ver?”.

Yasmani le señaló hacia el cercano edificio donde reside desde que nació. “Allí yo vivo, donde está aquel balcón con pañales tendidos, que son de mi hijo al que tengo que alimentar. Y no, no me he enterado de ninguna emergencia. Eso no lo han dicho ni en el noticiero”.

El militar no se inmutó. “Pues mejor para ti que vives cerca, así no te dará mucho trabajo llevarte todo esto. Y cuando vuelva a pasar por aquí, si no te has ido, te vamos a llevar nosotros y entonces no será para tu casa”. Tras esa bravuconada final los represores se marcharon arrogantes, visiblemente orgullosos del sobrecogimiento que habían despertado entre los testigos de aquella escena infame. Algunos vecinos solidarios ayudaron al indignado comerciante a llevar su diminuto agromercado rodante hasta su casa y a guardar sus productos.

“Pues mejor para ti que vives cerca, así no te dará mucho trabajo llevarte todo esto. Y cuando vuelva a pasar por aquí, si no te has ido, te vamos a llevar nosotros y entonces no será para tu casa”

Desde entonces Yasmani y el resto de los escasos carretilleros que a duras penas se mantenían vendiendo sus productos contra viento y marea han desaparecido del abigarrado paisaje centrohabanero sin que se haya presentado un funcionario de la Onat a darles explicaciones o a comunicarles si en alguna ignota fecha podrán regresar a la actividad con la que se ganan el sustento y con la que puntualmente han estado tributando sus impuestos al fisco.

“De nada vale que paguemos impuestos y seguridad social o que se haya inventado un sindicato de este sector; los cuentapropistas no tenemos derechos laborales y no recibimos una ayuda en dinero como sí se le garantiza al sector estatal, posiblemente con el mismo dinero que aportamos nosotros al fisco”, se queja Yasmani. Y sentencia: “Lo que están haciendo con esto es obligarme a regresar al mercado negro, al contrabando, a la ilegalidad, porque mi familia no va a pasar hambre”. Le pregunto, entonces, qué piensa hacer y su respuesta es tajante: “Lo que sea necesario”.

Así, de una torpeza oficial en otra, sigue creciendo el malestar social. Y ahora, como si no bastara con el despliegue policial que en los últimos meses se ha entronizado en los espacios públicos de la capital cubana, los cuerpos represivos del Ejército ahora vienen a sumarse directamente a la represión contra civiles sin que exista una declaración oficial extraordinaria que justifique semejante extralimitación de sus funciones y atribuciones. La indefensión ciudadana se ensancha y profundiza en relación directa con la profundización de la crisis general del sistema.

Betsy Díaz Velázquez aseguró que “se aprovecharían las redes de venta minorista ya establecidas, tanto los estatales como los de trabajadores por cuenta propia, incluidos los puntos de venta de los llamados carretilleros”

No solo estamos ante la grave conjunción de una crisis económica irremontable agravada por una epidemia no reconocida oficialmente, sino que además el país marcha acéfalo y sin brújula, precariamente comandado por un grupo de improvisados grumetes que intentan sostenerse a toda costa sobre la cubierta de la nave al borde del naufragio.

La máxima dirección del país ha vuelto a demostrar su incapacidad para cumplir sus propias mínimas directrices. Basta recordar que el pasado 20 de marzo, en comparecencia especial en la Mesa Redonda, la ministra de Comercio Interior, Betsy Díaz Velázquez, aseguró que -con vistas a extender la venta de productos agropecuarios, y evitando la concentración de las personas en ferias y agromercados- “se aprovecharían las redes de venta minorista ya establecidas, tanto los estatales como los de trabajadores por cuenta propia, incluidos los puntos de venta de los llamados carretilleros”. Esto no solo optimizaría la distribución de alimentos sino que los acercaría a la población.

He aquí que transcurridos poco más de dos meses de enunciarse tales propósitos, cada vez se alejan más los alimentos de las mesas y se ciernen más la incertidumbre y el hambre sobre los hogares cubanos. Muy mal andan las cosas si la respuesta del Gobierno a la crisis es la multiplicación en las calles de las fuerzas represivas y del Ejército. En estos tiempos de frustración y desesperanza no podrían enviarnos los señores del poder un peor mensaje.