‘En Miami, núcleo de nuestra mayor población exiliada, el enfrentamiento entre trumpistas y sus adversarios está a diario a punto de desatar una revuelta.’

VICENTE ECHERRI, Nueva York

—Por estos días, cada cuatro años, se vive en EEUU la fiebre de las elecciones primarias para las presidenciales de noviembre, que esta vez solo le conciernen a los demócratas, pues en el Partido Republicano nadie se ha atrevido a desafiar la reelección de Trump (esta abstención es lo habitual en el partido del presidente que se reelige).

Los cubanos que vivimos en EEUU —tanto los ciudadanos que ejercemos el derecho al voto, como los simples residentes o incluso los refugiados que no pueden votar— nos sentimos motivados a opinar, con los distintos grados de vehemencia que nos son habituales. En Miami, núcleo de nuestra mayor población exiliada, el enfrentamiento entre trumpistas y sus adversarios está a diario a punto de desatar una revuelta.

Los que están por el presidente son capaces de encontrar comunista a la Caperucita Roja, y para quienes se le oponen la sola idea de que Trump pueda prolongar su mandato otro cuatrienio es una blasfemia. Si hubiera de empezar otra Guerra de Secesión en EEUU, estoy casi seguro de que una de las primeras escaramuzas sería entre cubanos de Miami, si bien el bando de los republicanos puede afirmarse que es más numeroso y hace más ruido.

Como un regalo para los republicanos —cubanos o no— el socialista Bernie Sanders empieza a llevar la delantera en las primarias. Si su posición se consolida y termina por convertirse en el candidato de los demócratas, sus adversarios de partido lo celebrarán como si se hubiesen sacado el premio gordo.  El presidente, al parecer contagiado de esta emoción, le enviaba un mensaje a Sanders en el que le decía que no dejara que los otros demócratas le robaran la candidatura (¡¡¡!!!).

Este comentario hace ver a Trump como alguien que espera, frotándose las manos, que sea Sanders quien termine siendo el ungido de los demócratas, para que los republicanos salgan a acribillarlo impunemente en el enfrentamiento del otoño. Toda la artillería republicana está lista para pulverizar a Sanders si la convención demócrata lo consagra como su campeón.

Entre cubanos es materia muy explosiva. En el día en que esto escribo se divulga en las redes sociales una opinión de Sanders justificando a Fidel Castro por los consabidos “logros” en materia de salud y educación públicas que bien sabemos constituyen un fraude. De hoy en adelante, ningún cubano del exilio se atreverá a defender a Sanders —sobre todo en Miami— so pena de ser desollado vivo. El viejo y cardíaco senador por Vermont es en este momento más tóxico para mis compatriotas del exilio que si estuviera contaminado de radiaciones nucleares o acabara de llegar de China como portador del último coronavirus que nos alarma.

Es muy pronto aún para dar por segura la victoria de Sanders en las primarias demócratas, se le oponen, entre otras cosas, los cientos de millones con que Michael Bloomberg ya ha empezado a inundar el campo de batalla. Cree este, y acaso acierta, que su falta casi absoluta de carisma lo suple una bolsa sin fondo y el antecedente de 12 años de gobierno eficaz en Nueva York. Bloomberg es gris, pero expedito; su inmensa fortuna va tornando verde —el amable color de los dólares— su grisura.

Los demás —Biden, Warren, Buttigieg, Klobuchar— parecen, hasta ahora, liados a mordiscos por un hipotético segundo lugar, y es probable que todos alcancen despedazados y desangrados ese puesto.

Entre tanto, los cubanos que podemos ejercer el derecho al voto en este país terminaremos, mayoritariamente, por votar por Trump, aunque sea con una horquilla puesta en la nariz. El presidente carece de carisma y de empatía, es obviamente pesado (que entre los nuestros es un crimen) y da diarias pruebas de su ignorancia; pero la economía marcha bien (aunque él no sea enteramente responsable) y puede ser que, en un segundo periodo, ya sin aspiraciones reeleccionistas, decida terminar de una vez con los regímenes de Cuba y Venezuela.

Esto último es altamente improbable, pero somos muchos los cubanos que apostamos por esa quiniela —lo venimos haciendo hace 60 años—, de la misma manera y con la misma esperanza con que jugamos ciertos números a la lotería. Si alguna vez un presidente de EEUU ha de ponerle brusco fin a la revolución cubana, será un republicano —los demócratas han demostrado ser blandengues y apaciguadores con el castrismo y sus amigos—. Movidos por esa convicción, y ante el panorama desalentador de estas primarias, no dudo en creer que la mayoría de los cubanos que vota en EEUU ya está decidida a votar por Trump en noviembre, aunque tenga que sobreponerse a sus muchas reservas.