No son días para seguir ciegamente, en la política, a los “machos alfa”, a esos ya los conocimos en el poder. Hoy será un acierto atender a Otaola.

 

 —“¡Hijoeputa! ¡Maricón! ¡Miserable! ¡Cundango!”; así chillaba Raúl Roa, según cuentan con desmesurado orgullo los comunistas, mientras caminaba con paso inquieto y desafiante hacia el sitio que ocupaba el canciller chileno en una asamblea de las Naciones Unidas. Así gritaba descompuesto Raúl Roa al diplomático sudamericano que hizo público su desprecio a la, todavía joven, “revolución cubana”. El canciller cubano de la “dignidad” no encontró mejor respuesta que la ofensa, y para conseguirla se decidió por la homofobia.

Así chilló, frenético y desquiciado, aquel a quien los comunistas cubanos llaman todavía el “canciller de la dignidad”. Raúl Roa olvidó ese día que la dignidad tiene también como sinónimo a la decencia, a la moderación y al respeto. Y es que los comunistas son, en extremo, exaltados, son bravucones, sobre todo cuando se les desenmascara, cuando se les pone frente a sus esencias, cuando sus verdades se hacen notar sin ningún tapujo.

Sin dudas los comunistas no tienen muy claro lo que es decencia y sobriedad, los comunistas no reconocen la utilidad que tiene la mesura cuando se hace diplomacia. La diplomacia debe ser habilidosa, sutil, simuladora incluso…, pero en Cuba no se escondió, ni siquiera por astucia, los desprecios que los homosexuales despertaron en el poder comunista. Unos años antes de este suceso neoyorquino, el mismo hombre, el mismo canciller comunista, había llamado “escritor del género epiceno“, al gran Virgilio Piñera.

En Nueva York, y una vez más, el comunista hacía galas de su homofobia, y también dejaba muy en claro que esa “revolución” a la que él representaba en la ONU, no toleraba críticas. Sin dudas Raúl Roa era un tanto histérico, y para probarlo recordemos también una de sus tantas intervenciones públicas, recordemos el día que pronunció “Chaquespeare” en lugar de Shakespeare. Recordemos que, tras los murmullos reprobatorios, el irritado “diplomático” usó el idioma inglés para continuar su intervención, advirtiendo así que él no era “criticable”, que él podía decir las cosas como le diera la gana, incluso corriendo el riesgo de que no se le entendiera nada de lo que decía

Así actúan los comunistas cubanos; como les da la gana, sin remilgos, sin diplomacia, sobre todo si se trata de defender lo indefendible. Así era ese Raúl Roa que no fue capaz de mostrar cordura tras la crítica de sus contrarios. Y si menciono a este hombre no es por capricho. La verdad “más verdadera” es que, en no pocas ocasiones, estuve recordando la homofobia revolucionaria de Raúl Roa, y hasta imaginé, ¡qué cabeza la mía!, las posibles reacciones de aquel exaltado canciller cubano si atendiera, al menos por un ratico, la imagen y el discurso de Alex Otaola.

Me pregunto qué habría dicho Roa si descubría a Otaola discurseando, y hasta puedo imaginar sus reacciones. Lo supongo castigando al comunicador con los mismos calificativos que dedicó al diplomático chileno en aquella reunión de Nueva York. Lo presumo “regalando” al influencer las mismas ofensas que dedicó a Piñera. Y, ¿qué habría dicho para juzgarlo? ¿Será que lo llamaría líder de opinión abyecto?  ¿Influencer del género epiceno, de quien no se sabe si es macho o es hembra? ¿Cundango? ¿Maricón? ¿Lo habría tildado de fascista?

Porque soy empecinado estuve ejercitando un poco mi imaginación y hasta conseguí, tendido en mi cama y mirando al techo, suponer a Roa frente a una PC en la que de pronto aparece la figura de Otaola; la cabeza coronada con un turbante y vistiendo una camisa holgada y tremendamente colorida. Y entonces supuse al canciller con la boca abierta, con los ojos a punto de abandonar esas órbitas a las que estaban destinados. Supuse irascible al diplomático, rojo, por comunista y por el descubrimiento de los tantísimos pulsos coloridos que habitan las muñecas del comunicador cubano que vive en Miami.

Puedo suponer al “canciller de la dignidad”, al decoroso y “mesurado”, en el instante en el que se transforma, ese momento en el que se vuelve irascible, y se arrebata tanto que está a punto de romper la pantalla de esa PC, que le supongo enfrente, sin que consiga entender que mucho mejor sería apagarla, o buscar otro sitio, quizá Cubadebate, La Jiribilla, el Granma, la página de ese Ministerio de Relaciones Exteriores que el mismo dirigió; pero no lo consigue, al menos en mi imaginación. Él se enfurece y grita improperios a Otaola, lo llama “maricón, cundango, influencer del género epiceno”.

Eso hace Raúl Roa en mi cabeza, en mi imaginación; y hasta supongo a otros comunistas cubanos, vivos y muertos, en circunstancias parecidas. Resulta que Otaola debe ser odiado por el poder isleño gracias a su discurso anticomunista, a su amaneramiento, a la sexualidad que sus ademanes denotan o hacen suponer. El poder debe odiar a ese hombre que consigue miles y miles de seguidores que desprecian al poder cubano.

Y no dudo que su “sexualidad”, al menos esa que puede imaginarse echando un vistazo a sus ademanes nada “discretos”, si es que los ademanes tuvieran la capacidad de ser cautelosos, sean los que consiguieron ganar tantos seguidores. Me gusta pensar que esa es una de las razones que hace crecer su ejército de adeptos. Otaola es un influencer, Otaola tiene miles de seguidores. Lo mismo en Miami que en La Habana se reconoce su existencia y se le aplaude, en inmensa mayoría, aunque también se le vitupere…, en minoría.

Alex Otaola es más buscado en las redes que Díaz-Canel, y su discurso, ese que puede resultar caótico, es capaz de competir con la oratoria oficial, con el discurseo comunista, y superarlos en atención, en partidarios, y sin dudas ese predicamento del que goza este hombre tiene que ver con sus ademanes, con su elocuencia  corporal e, incluso, con su amaneramiento. Si Otaola tiene una resonancia enorme entre los jóvenes, y también entre los que ya no lo son, es causado por el agotamiento que genera el discurso oficial, y alabancioso, que ya cumplió sesenta años y que pretende eternizarse.

El caos de ese discurso es su propio orden, el caos es su sentido, la esencia de nuestras vidas. Cuba está harta de la arenga macha y verde olivo, y por eso aplaude el discurso florido, estampado, caótico, e incluso amanerado, de Otaola. Su retórica es la de los marginados, sus construcciones discursivas son las de los preteridos. Con Otaola ganan esos a los que el poder oficial sigue llamando “gusanos”, y apátridas. La retórica “otaoliana” es la de la de las locas de carroza, y también la de los gais, la de los homosexuales, y no soy yo quien hace esas diferencias, esas desemejanzas las advierte el discurso del poder.

Si me preguntaran de dónde salió Otaola, yo diría que salió del discurso oficial, de la retórica cursi y rimbombante de los comunistas. Otaola es una reacción al pomposo alegato del poder comunista, él es su desinencia. Otaola subvierte la retórica comunista, y tengo la certeza de que es muy inteligente decidir ese “caos retórico”, ese “embrollo discursivo”. Sus fundamentos no son desatinados, no son imprudentes; torpe será desatenderlo, subestimarlo.

La suya es una muy buena manera de enfrentar al poder, no la hay mejor si se quiere llegar a muchos, si se quiere conseguir seguidores a montón. Si se pretende desacreditar la grandilocuencia del poder comunista lo mejor es atender a ese discurso, tan retóricamente contrario. Su liderazgo es post heroico, él es un héroe del pop, un post héroe, y lo mejor será atenderlo, apoyarlo; sus errores pueden ser, también, sus aciertos. Estos no son tiempos de Herodoto ni tampoco de Tucídides. Hoy no estamos para la elocuencia de Sócrates o Pericles. No son días para seguir ciegamente, en la política, a los “machos alfa”, a esos ya los conocimos en el poder. Hoy será un acierto atender a Otaola, incluso en sus desaciertos.