Cuentapropista recogedor de materia prima. (AFP).-

Los precios no son lo único que está ‘topado’ en Cuba, sino también el uso de la inteligencia.

Por JORGE A. SANGUINETTY, Miami para DDC.-

—En Cuba la carrera de un economista es una de obstáculos. Pero a diferencia de las competencias de atletismo en que los participantes ven los obstáculos desde antes de comenzar a correr y saltar, los economistas cubanos comienzan sus carreras sin tener una idea clara de qué han de encontrar, sin  necesariamente saber si hay obstáculos o no y de qué tamaños. O sea, es una carrera de obstáculos sorpresivos que, además, son absurdos y si no se negocian bien puede que muchos de los corredores no lleguen a meta alguna.

Se puede suponer que la meta, más allá de los estudios, es una carrera exitosa en lo personal y útil para la sociedad. Y en este marco también se puede suponer que el economista trabaja para hacer más eficientes los procesos productivos y distributivos de una sociedad y mejorar el nivel de bienestar de sus miembros. Y, como en cualquier otra profesión, el economista tiene opciones sobre trabajar o no a la luz de algún código de conducta ética.

Desde un punto de vista estrictamente técnico, en cualquier parte del mundo todo economista que se respete tiene que saber hacer un uso inteligente de la lógica, no solo en cuestiones elementales sino también en muchas de alta complejidad. La práctica de la economía como profesión consiste en eso precisamente: el uso de la lógica para examinar y evaluar las decisiones de otros y sus resultados y para recomendar acciones eficientes y eficaces. De hecho, la eficiencia y la eficacia en una economía depende de la libertad que tenga el economista de decir lo que es verdadero y lo que es falso de lo que proponen sus agentes decisorios.

En Cuba, sin embargo, el economista tiene que ejercer en el Gobierno o instituciones del Gobierno y encuentra sus primeros obstáculos en el terreno de la lógica desde el mismo comienzo de sus estudios y en condiciones más alambicadas después de graduarse. Pero también se encuentra con obstáculos éticos que en Cuba se aparecen entrelazados con opciones de tipo técnico.

Desde que comienza sus estudios el economista cubano tiene que enfrentarse (o hasta chocar) con programas de estudio intoxicados con marxismo (a veces con una aberración escolástica llamada “socialismo científico”) que lo obligan a ignorar o a hacerse el ignorante de más de 200 años del pensamiento económico más avanzado de la humanidad.

Los pocos estudiantes que eventualmente consiguen becas o pasantías en países o centros de estudios más avanzados, más los también pocos que tienen acceso a textos más modernos, tienen la oportunidad de contrastar la economía que se enseña en Cuba con la que se estudia en otros países. Y la diferencia es gigantesca. Cuando el economista se percata de esto se le crea un gran conflicto que tiene las dos dimensiones mencionadas, una cognitiva y otra ética o moral.

La cognitiva la resuelve mentalmente cuando se da cuenta del anacronismo que arrastra el marxismo, que consiste en más doctrina y dogma que ciencia; de la superioridad del análisis económico moderno y de la eficacia de los métodos de investigación como son la econometría y los que se derivan de la teoría de juegos.

Es en la dimensión ética donde el conflicto se hace difícil de manejar, pues el economista que siente que su comprensión del fenómeno económico es superior a la que le permite el paradigma marxista y comienza a utilizar un léxico que choca con el lenguaje oficial en Cuba. Un ejemplo concreto de esto lo expresó públicamente el ministro de Economía hace unos días al declarar que en Cuba no operaba la ley de la oferta y la demanda.

Semejante disparate es equivalente a decretar algo así como que en Cuba no opera la ley de la gravedad. La determinación de los precios de los bienes y servicios por medio de las interacciones y condiciones de equilibrio entre la oferta y la demanda es una de las leyes gravitacionales de cualquier economía. Sin embargo, tenemos que escuchar al mismísimo ministro de Economía declarar que en el sistema cubano la ley de la oferta y la demanda no opera. Es como cambiar de país y declarar que la ley de la gravedad no opera en esa geografía.  En la física estas incongruencias quedarían dramáticamente demostradas invitando al proponente del disparate a que salte al vacío, lo cual podemos suponer que nunca haría. Pero en los espacios económicos el vacío correspondiente no es tan evidente. El choque con la realidad sobreviene más lentamente que estrellarse contra el suelo desde cierta altura, lo cual le da un poco más de tiempo, pero no mucho, al dirigente o político para escaparse con alguna explicación absurda.

En esta situación, el economista que trabaja bajo las órdenes  de ese excelso ministro (o el ministro mismo si es economista y conoce el problema) u otro parecido tiene que decidir callar o no callar, tragar su silencio o insistir en señalar la incongruencia o machucar lo que tenga de honradez y decoro y hablar la basura política e ideológicamente requerida.

Todas estas incongruencias se pueden observar ahora en la falta de lógica del Gobierno cubano al elevar significativamente los niveles de salarios de los empleados del Estado, sin que haya una subida concomitante de las cantidades de bienes disponibles a  la población y esperar que no haya inflación en el país solo porque se dictaminan precios “topados” para todo lo que se vende.

No hay que ser economista para comprender que con un aumento de la cantidad de dinero circulando en la calle los precios de todo lo que se compra y vende van a subir. Sin embargo, la subida del precio del dólar que acaba de reportarse en Cuba pone en ridículo al Gobierno por su empecinamiento en no dejar que los precios fluctúen para cumplir con su función equilibradora. Tal subida es consecuencia lógica de que los aumentos salariales representan un aumento de la oferta en moneda nacional en presencia de una cantidad dada de dólares en circulación.

Mientras tanto, el economista cubano que está cerca del Gobierno, y que supuestamente lo asesora, se desespera tratando de encontrar una estrategia retórica que convenza a los dirigentes de la incongruencia que proponen y de los costos que acarrea si no cambian de rumbo. Es aquí  donde el economista (o el que no lo es, pero está en la escena) se enfrenta a varios dilemas, por lo menos uno ético o moral y otro, digamos, de tipo logístico.

El primero lo acabo de mencionar, y consiste en escoger entre aceptar sin chistar lo que los superiores proponen, y seguirles la corriente o tratar de argumentar defendiendo lo que cree correcto. Si escoge la segunda opción se enfrenta al dilema logístico que consiste  en no insistir demasiado en defender lo que cree correcto (o no criticar en exceso), o mantenerse en sus trece hasta ver qué pasa. Cada vez que pienso en esto recuerdo el ejemplo de un colega y compañero de estudios en la Universidad de La Habana, que se atrevió a contradecir a Fidel Castro sobre un cierto proyecto y recibió un castigo que, a la larga, acabó con su salud y su vida.

Actualmente puede parecer (por lo menos desde mi perspectiva lejana y, por supuesto, sujeta a errores) que las discrepancias entre economistas y Gobierno en Cuba son un poquito más toleradas de lo que fueron antes. Posiblemente porque algunos economistas opinan sobre medidas del Gobierno sin desafiarlo en sustancia y sin ser parte formal del mismo o de los procesos decisorios. O sea, puede que algunos vean que hay una libertad aparente o limitada de expresión que se permite hasta cierto punto y mientras no desafíe la autoridad involucrada ni el canon establecido por el Partido.

Sin embargo, las recientes declaraciones de la viceministra de Educación Superior afirmando que todo profesor universitario debe rendirle pleitesía a la política oficial no deja dudas de que no se trata de la simple represión a la libertad de expresión, sino a la libertad misma de pensamiento. O sea, los precios no son lo único que está “topado” en Cuba, sino el uso mismo de la inteligencia. Lo cual da lugar a preguntarse si la inteligencia de los mandatarios está topada o si no hay que preocuparse por la misma porque, al fin y al cabo, no hay peligro inminente de una inflación de inteligencia.

Pero el hecho persistente es que la economía cubana no prospera. La insólita situación que se acaba de reportar sobre la inseguridad del suministro de combustible a la Isla es un síntoma adicional de la ineptitud del equipo gobernante a cargo del presidente digital Díaz-Canel. Tan bizarra situación es principalmente resultado de una falta elemental de previsión del personal a cargo, lo que me hace pensar que si los máximos dirigentes o jefes de Díaz-Canel saben lo que están haciendo (lo cual dudo), al presidente le queda poco tiempo en el cargo.

Cuando él dio la noticia y la explicó por televisión, me quedé con la sensación momentánea de estar viviendo hace siglos, cuando la Cuba colonial recibía barcos cada cierto número de días con suministros necesarios. Pero no. Estamos en pleno siglo XXI. Es solo un anacronismo en tiempo real, un episodio de ciencia ficción, viajar en el tiempo pero hacia atrás, un milagro esquizoide de la rama cubana del socialismo del siglo XXI.