‘Mural de la Emulación Solabaya’. / ALEN LAUZÁN DDC.-

 

¡Pasen, pasen y vean lo más esperpéntico del año! ¡Casos clínicos que quitan el hipo! ¡Indecencias que no deben ver los niños! ¡Seres venidos de otro planeta! ¡Las peores pesadillas del año que se esfuma! ¡Los mayores descaros!

 

 

Por El Comeclaria para DDC, Madrid.-

Lis Cuesta

—Bajándose del avión en Buenos Aires, al lado de su esposo presidente, el vestido rojo entallado que llevaba le hacía una vaivencito divino por encima de las rodillas. Las media mangas también le hacían tilintilán. Roja y repicante, parecía la campana de un camión de bomberos. Aunque no estuvo mal la elección del rojo, porque la alfombra al pie de la escalerilla era roja, y mejor confundirse con la alfombra que resaltar la silueta atamalada. ¡A ella le gusta el camuflaje, dale camuflaje!

Con esa misma maña, Lis Cuesta supo opacar a la reina Letizia. Paseó Letizia por La Habana Vieja su figura de palo de escoba y, al lado suyo, trotaba un enredo vaporoso de muchas capas: Lis Cuesta disfrazada de rollo de tela caído de un camión.

Dicen que lo que llevaba la esposa del presidente de la República de Cuba era diseño de emprendedores, sí. Producción 100% cubana, sí. Y que el taller de moda que lo ideó y confeccionó responde al nombre de Dador, sí. Un nombre que viene del título de un libro de poemas de José Lezama Lima. Pero el taller debería llamarse Enemigo Rumor, que es otro título lezamiano.

En Cuba no existe el título de Primera Dama, pero sí parece haber un presupuesto para que Lady Lis se luzca. Y, aunque no está claro de dónde sale la plata para esos gastos, sí que se conoce de dónde salen las libras para embutir sus modelitos. Porque hay imágenes de Lis Cuesta en el VIII Festival Culinario Internacional celebrado en La Habana, así como en el Mercado de la Tierra, y en todas esas ocasiones no le pasaba por al lado masita de puerco o friturita a la que ella no le echara garra.

Lis Cuesta no es Primera Dama y lo que le pongan en el plato y lo que ella se ponga encima no viene de su sueldo ni tampoco del sueldo de su marido. Así que sería de agradecer que, si van a cargarle al pueblo la cuenta de sus gastos, no ofendan a ese pueblo por partida doble. Porque ya está bien robar para esos vestidos para, encima, afear tanto el ornato público.

Descemer Bueno 

¿Quién es el José Daniel Ferrer ese por el que le preguntan? ¿Alguien que quiere grabar con él un tema? ¿Sí? ¿Y va a traerle tanta suerte como Enrique Iglesias, cuando grabaron juntos? ¿Hay perspectiva ahí para un buen bisne? ¿Cómo es la talla? Eé, ¿qué tú dices? ¿Un opositor? Ah no, no, que quede claro que Descemer Bueno ni conoce ni quiere conocer al tal José Daniel Ferrer. Descemer lo siente mucho, pero a él no le interesa la política. Lo suyo es nada más la música. Y habrá que perdonarle su ignorancia. Él lo advierte bien claro: “No me puedo responsabilizar con no conocer”.

Por no conocer, Descemer Bueno no conoce bien ni su propia biografía. Lo entrevistan y se acuerda con tristeza de la falta de compota que hubo en su niñez. Ni un juguito podían tomarse en su casa y todo, según él, por culpa del “bloqueo” de EEUU. Su padre, contó después, estaba en la cárcel y era preso político. Así que por culpa del bloqueo no hubo jugo en su casa y su padre estaba preso.

Pasan los años, Descemerito crece, se hace músico y decide irse a EEUU “porque tenía el sueño de ser un artista exitoso”. Nada criticable: si la compota no va a ti, tú vas a la compota. Y, no ya a la compota, sino a Compotilandia. Y allí, en Compotilandia del Éxito, no va a ser la política lo que desvele a Descemer Bueno.

“Yo debería estar preocupándome más por los porcentajes que le dan a los músicos, los compositores”, responde cuando le preguntan de política. Porque tener éxito pasa por tener éxito al cobrar, y las siguientes han sido, en orden cronológico las obsesiones vitales de una figura de la talla de Descemer: repletarse de jugo, tener éxito y cobrar a la altura de ese éxito.

A las que habría que agregar su más reciente inclinación por el ambientalismo, la ecología y los servicios comunales, como se ve en esta reclamación que él hiciera a través de las redes sociales: “Está bueno ya de basura, de botar mierda en el portal de la gente exitosa”.

Sin embargo, lo peor no es la mierda que puedan echarte en el portal, sino todo lo que puedan facharte de tu casa. Lo supo él en carne propia el pasado abril, al volver de unos días en La Habana. Facharon en su casa de North Miami y en el atestado de la policía consta la pérdida de los siguientes bienes: un Mercedes del año anterior, un estudio de producción musical, varios televisores, una lavadora y una secadora, así como la computadora donde almacenaba su trabajo por comercializar.

Nada se dice ahí del refrigerador o los refrigeradores, y el atestado policial no menciona si hubo pérdida de la ingente cantidad de jugos de fruta refrigerados en esa casa.

Amaury Pérez

“La gente solo ve de mí lo que quiero que vea”, dijo en una entrevista a la putinesca televisora Rusia Today.

O sea, que todos los que alguna vez lo vimos y escuchamos nos hubiéramos podido evitar su sobrante de mandíbulas, pero a él no le dio la gana de ocultárnoslo. Y ahora, pasado el tiempo, las que eran protuberancias firmes son bolsas de rana toro.

Señoras y señores, ahí tienen a Amaury Pérez haciéndose el misterioso, el de la vida privada llena de secretos, el novelesco, el interesantón, el intelectualoso, el narrador que ha intentado ser y al que esa mayonesa no le cuaja.

Pero no era de él de quien hablaba en la tal entrevista, sino de Fidel Castro y de Fernando Hechavarría, dictador muerto y actor engolado respectivamente. En defensa de este último, Amaury se quejó de quienes criticaron su presencia en Miami luego de que Fernando Hechavarría hiciera en Cuba un “comercial”.

Respecto a la así llamada Deposición de Santa Ifigenia, ahora resulta que lo que Amaury sentía por él era amistad, cuando antes decía ser hijo del dictador. Hijo sin yate, es preciso aclarar. Y hablando de hijos, Amaury Pérez avisa que tiene un hijo y dos nietos en Miami y que él no va a renunciar a ver a su familia. Que no le hagan lo que le hicieron a Fernando Hechavarría, algo tan repulsivo como fotografiarlo en el aeropuerto y criticarlo.

Ya hace un año Amaury Pérez tuvo lío en la Aduana cubana, al volver de Miami, así que ahora pelea porque ese lío no le haga metástasis en la otra orilla. Y es que a Amaury Pérez lo indignan, sobre todo, dos cosas. La primera, que le quieran tumbar la pacotilla. Y la segunda, que le quieran tumbar la pacotilla.

Podría parecer la misma frase repetida, pero una está pensada para Miami y la otra para La Habana. Y pacotilla es pacotilla, sea cual sea la orilla (y perdón por el pareado).

Amaury Pérez tiene delante suyo las cámaras del Kremlin y explota contra esa gente en Miami que criticó a Fernando Hechavarría. “¿Qué fue lo que exportamos nosotros para allá?”, se indigna.

¿Nosotros? ¿Quiénes son ese nosotros? Porque así, con ese plural mayestático, nada más pueden hablar en Cuba los dirigentes y Seguridad del Estado. GAESA, chúpate esa (y perdón por el pareado).

¿Exportación? El miedo de Amaury Pérez a no poder traer de Miami los discos remasterizados de Barry Manilow le hace confundir emigración con exportación, emigrantes con bienes comerciales. Él prefiere entender la propaganda de una dictadura bajo la forma de publicidad comercial, como si lo que Fernando Hechavarría alababa en aquel video fuera pasta de dientes. Y prefiere entender a los cubanos del exilio y de la emigración como paquetes exportados. Para un ser de la catadura de Amaury Pérez, todo se reduce a pacotilla.

Martha del Carmen Mesa Valenciano

Viceministra primera del Ministerio de Educación Superior o lanzadora de puñales en el circo del tardocastrismo, estas son algunas de las preguntas que Martha del Carmen Mesa Valenciano soltó en un artículo publicado en el sitio on-line del ministerio:

“¿Se podría ser un profesor en Cuba lejano a las políticas del país?”

“¿Se podría ser un profesor que no defienda a ultranza cada paso que se da en la Revolución?”

Y así, varias por el estilo. La primera tendría que pasar por un corrector gramatical que la chapisteara. En ambas se echa de menos aquello que un buen discurso del extinto Comandante en Jefe habría traído entre paréntesis, entre frase y frase: “Pueblo: ‘¡No!'”.

“El que no se sienta activista de la política revolucionaria de nuestro Partido, un defensor de nuestra ideología, de nuestra moral, de nuestras convicciones políticas, debe renunciar a ser profesor universitario”, dispuso Mesa Valenciano.

Mejor que renuncien, porque como dijera el presidente Miguel Díaz-Canel en Irlanda: “Nosotros por política y por sentimientos no excluimos a nadie, lo que pasa que hay cubanos que se han excluido”.

Así que los profesores universitarios que no se sientan lo suficiente suficientes, mejor que se excluyan ellos mismos solitos sin que nadie los empuje y sin que Martha del Carmen tenga que levantarles el tono de su voz.

El artículo de la viceministra despertó una carta de protesta y esa carta de protesta enfureció a Ena Elsa Velázquez Cobiella, ministra de Educación, quien tuiteó: “Los que no viven en Cuba no tienen derecho a criticarnos”.

Más claro ni el agua: si se es profesor universitario y no se siente la suficiencia plena, mejor es renunciar, mejor es excluirse y, mucho mejor, exiliarse. Pero que nadie vaya a hacerse ilusiones, ya se quede o se vaya, que las críticas de un exprofesor universitario no serán escuchadas ni por la viceministra ni por la ministra. Porque, ¿cómo dice nuestro lema? Aquí se desgañitan voces juveniles: “¡La Universidad es de los revolucionarios!”

Este año, en septiembre, la cuenta oficial de Twitter del ministerio que dirige Ena Elsa Velázquez Cobiella circuló dos fotos del inicio del curso escolar. En ambas, un aula daba la bienvenida a los alumnos con este letrero: “Bienbenido [sic] a la educación gratuita”. Una educadora supo escribirlo así, su orgullo hizo que lo fotografiara no una sino dos veces, esas imágenes llegaron al Ministerio de Educación y conmovieron tanto allí que fueron utilizadas en su campaña en las redes. Por último, le tocó en suerte a gente excluida o que no vive en Cuba rectificar la ortografía de la educadora y de todo un Ministerio de Educación.

Bah, si fuera por Ena Elsa Velázquez Cobiella y por Martha del Carmen Mesa Valenciano habrían retuiteado esas imágenes con sus orondas faltas ortográficas. Porque los enemigos, incapaces de apreciar la luz del sol, nada más que veían de él sus manchas. Y lo crucial en aquella frase escrita en la pizarra era la defensa revolucionaria de “la educación gratuita”.

Que esa educación estuviera a la altura de la ortografía de aquella maestra le preocupa poco a la ministra Velázquez Cobiella y a la viceministra Mesa Valenciano.

Guillermo García Frías

Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario y parecía, también, que el farsante que dijo eso del Apóstol estaba muerto definitivamente. Pero abrió la boca por él un comandante vivo, Guillermo García Frías, y soltó uno de esos planes económicos encaminados a su frustración de los que tanto hiciera gala el extinto comandante en jefe. La Deposición de Santa Ifigenia soltó su ocurrencia de mierda por boca de Guillermo García Frías.

¡Cocodrilo! ¡Jutía! ¡Avestruz! Cada una de estas exclamaciones podría servir de insulto y caracterización exacta del Héroe de la República Guillermo García Frías, pero eran los rubros propuestos por él para acabar con el hambre en Cuba.

Aquello era lo que le había faltado por pensar a esa lumbrera de la economía que se llamó Fidel Castro. Zafras de diez millones, matas de café asediando La Habana, vacas más productoras que las vacas de Suiza, ríos de leche y miel, barras de zeolita, mermelada de noni, búfalos de agua y de pantano, plátanos microjet, moringa, cocodrilo, jutía y avestruz…

El objetivo de todos estos planes era no acertar, servir para largos discursos, habladera de mierda que no llevara a ningún lado. Y qué importaba si el pueblo se decepcionaba, ya sabría la dirigencia revolucionaria encontrar otro motivo descabellado que volviera a ilusionarlos. El quid de la cuestión era no perder la oportunidad de masturbarse desde la tribuna con la gente abajo aupando.

Cuando Guillermo García Frías dijo tener la solución de la falta de comida del cubano puso los ojos en blanco, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo, movió los labios como dentro de un sueño, pronunció el nombre de esos tres bichos de charada ñángara, perdió el conocimiento, se babeó y se cagó en su uniforme de comandante héroe, y cuando despertó no se acordaba de nada.

“Lo vi clarito delante de mí”, atinó a reconocer cuando estuvo más calmado.

Ninguno de los que lo rodeaban tuvieron que preguntar de quién hablaba.

Fernando Rojas

La estupidez de Fernando Rojas es de viceministro. No es, de ninguna manera, una estupidez de ministro. Pero con toda su estupidez de viceministro, Fernando Rojas decidió que él podía hacer una performance. Para ello eligió un lugar público y céntrico: el parque de 17 y G, en El Vedado. Y eligió vestimenta: pantalones negros y una guayabera roja.

Pero, ¿dónde encontrar una guayabera roja en La Habana? Con una guayabera blanca y un pomo de rojo aseptil puede lograrse una guayabera roja, pero al viceministro de Cultura le daba tristeza echar a perder una bonita guayabera blanca. Y en esas estaba cuando Lis Cuesta le dijo que fuera de parte de ella al atelier Dador, que allí le daban.

El atelier Dador le hizo, al final, la guayabera. Habían quedado unos retazos de la tela roja del vestido de Lis Cuesta en Buenos Aires. Si Tania Bruguera pretendió hacer una performance en la Plaza de la Revolución, tan cerca de la estatua de Martí, ¿por qué no iba a hacer él, que censuró y descalificó a Tania Bruguera, una performance en el parque de 17 y G, cerca de la estatua de Benito Juárez?

Y si Luis Manuel Otero Alcántara hizo una performance envuelto en la bandera patria, ¿por qué no iba a hacer él, que descalificó y mandó a perseguir a Otero Alcántara, una performance vestido de bandera del Movimiento 26 de Julio? Adelante, Fernando, que Cuba premiará vuestro heroísmo.

Fernando Rojas era viceministro y artista de performance porque el Decreto 349, que él defendió e impuso, le daba atribuciones suficientes para decidir quién es artista y quién es un soplatubo.

¿Tania Bruguera? Alguna vez lo fue, pero anda perdida desde que la captó el enemigo.

¿Luis Manuel Otero Alcántara? Ese sí que nunca fue.

Fernando Rojas se vistió la guayabera ídem y fue al lugar de los hechos.

Ahora bien, ¿en qué consistía la primera incursión del viceministro de Cultura en el fascinante mundo de la creación artística? Aquella performance tenía dos variantes: si se presentaba el tuitero con quien él se había retado, iba a entrarle a piñazos. Si no se presentaba, la acción consistiría en permanecer un cuarto de hora a la espera, tan tieso como el bronce de Juárez.

Pero, cualquiera que fuera la variante, quedaría testimonio gráfico. Quedaría documentación sobre la cual podrían trabajar hermeneutas y críticos y curadores. Ya Fernando se veía en la próxima Bienal como autoridad y como autor.

La performance en la cual su contrincante se presentaba podía dividirse en dos subvariantes, según le fuera a él en la pelea. En la primera de esas subvariantes, pulverizaba al enemigo y el encargado de filmar recogería cada mandarriazo suyo lo más cerca posible. ¡Fernando, Sexto Héroe! Para la segunda subvariante, para el caso dudoso en que el enemigo anduviera cerca del triunfo, el encargado de filmar se sumaría a la pelea y daría aviso a la policía secreta y no secreta de que un delincuente atacaba a un viceministro. Al susodicho tuitero le caería encima todo el peso de la ley, aquella pelea iba a ser la primera de las muchas que perdería dentro del Combinado del Este.

Cinco, diez, quince minutos. Fernando Rojas tieso ante la estatua de Benito Juárez. Y, cuando nadie se presentó, le ordenó al fotógrafo que recogiera los bártulos, que ya estaba bueno. Se desmontó el operativo de protección policial y Fernando Rojas volvió a su oficina con la alegría de quien gana un título por no presentación.

Era alegría, sí, pero también un poco de frustración. Y era, sobre todo, idiotez, pero no idiotez de ministro. La idiotez de Fernando Rojas es de viceministro.

Mariela Castro Espín

Hay momentos en que no se sabe qué cosa es peor, si un moco pegao o un moco despegao, ¿no es verdad? Un moco pegao puede ser una maldición cuando se quieren tener los dedos limpios. Se agita entonces la mano, se manotea en el aire como quien defiende su puesto en una cola (aunque ella nunca ha hecho una cola), y esa cosa asquerosa sigue ahí, impertérrita.

Otra cosa muy distinta es cuando queremos cortejar el moco, darle forma, hacerlo una bolita que permita deslizar otros dedos sobre el pulgar, y ese moco escape. Ya lo dijo su tío paterno en no sé cuál de sus discursos: “Hay que hacer de cada moco una caja de rodamiento”.

Es insoportable tener encima a un periodista que pregunta cuando una no quiere dar respuesta, ¿no es verdad? Pero igual de insoportable es que unos malagradecidos a los que una no les ha dado respuesta se comporten como mocos despegaos.

Porque eso eran ellos. Mocos despegaos todos esos que se lanzaron al Paseo del Prado a reclamar el matrimonio igualitario.

Ella reventó a esa misma hora una fiesta en un círculo social, así que si el problema era de aburrimiento, esa gente ya tenía a dónde ir en vez de perder el tiempo por Prado. Que vinieran a su fiesta, que este año la conga era bajo techo.

Que vinieran a sus dedos como mocos que ella sabría moldear hasta volverlos redonditos, fundidos unos en otros, rodando a voluntad suya de infanta.

Ahora bien, que quede claro: ni ella ni su querido papá tenían culpa de los palos que le dieran por andar a esos mocos despegados metiendo bulla en el Paseo del Prado y asustando a los turistas. Que no vinieran a pedir su intercesión cuando cayeran en candela, cuando los convirtieran en unos mocos quemados.

Allí estaba su nariz de Castro, su nariz de Espín. Estaban allí sus dedos de Espín y de Castro, y lo único que tenía que hacer esa gentuza era dejarse ir de sus fosas nasales a las yemas de sus dedos. Si decidían saltar, dejarse caer, allá ellos, que se atuvieran a las consecuencias. Al fin y al cabo, ella estaría bien. Es que sin mocos se respira mejor, ¿no es verdad?

Miguel Díaz-Canel, Bruno Rodríguez y Abel Prieto

Uno dijo que en Cuba no se persigue a nadie por estar contra la Revolución. Otro que no sabía por qué la Revolución no dejaba viajar al extranjero a ciertos cubanos. Un tercero se puso a distinguir entre “cubanía progresiva” y “cubanía estacionaria”.

No importa cuál dijo qué porque el ventrílocuo que les hace mover los labios agarra para sus actuaciones al primero de ellos tres que encuentre a mano.

Yadira Escobar

Hija de un preso político del castrismo que se la llevó niña a Miami, ella decidió retratarse con un brazalete del Movimiento 26 de Julio y ha confirmado desde Miami la versión oficialista acerca del encarcelado José Daniel Ferrer. Quiere presentarse como representante demócrata al Congreso de EEUU y dice estar cansada de los políticos miamenses de derechas, que no dejan que la gente vista un brazalete rojinegro para llenar el carrito de Sedano’s.

Igual que el viceministro Rojas, Yadira Escobar procura imponer la moda 26-7. Con ese brazalete puesto, recuerda a “El Che de los Gays”, un chileno que monta a Entrañable Presencia en desafío a la pacatería chilena y no le importa lo homófobo que Entrañable Presencia fue.

A Yadira debieron haberle puesto Ramira. Ramira por Ramiro Valdés.

Haned Mota Mompié

Haned es hijo de Haila y Haila es esa cantante que, en un acto público, se portó como una enfermera que pasa revista, tropieza con un viejito convaleciente y lo besa y le desea que Dios le traiga mucha salud. Fue en 2010 y el viejito se llamaba Fidel.

El encuentro ocurrió en la celebración del medio siglo de fundación de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Celebraban cincuenta años de non-stop-chivatería, y Haila Mompié besó al propiciador de todo aquello, y le musitó: “Lo amo con todo mi corazón”.

Bueno, ya esto pasa de enfermera cariñosa para ser de enfermera enamorada.

Falleció el viejito convaleciente y Haila siguió cantando. Haila tiene la voz de La India con baja médica por constipado. Cantó Haila por aquí, cantó Haila por allá y cuando se disponía, hace poquito, a cantar otra vez en Miami, van y le tumban la oportunidad del concierto.

Y ahí es donde entra en esta historia, dando gritos, el hijo de Haila, cantante de reguetón a quien ella debió enseñar a pitar desde niño. “¡Sapingos, estúpidos, terroristas!”, pitó la criaturita. Pero antes de juzgar a Haned habría que ponerse a imaginar lo que él le habría pedido de regalo a su madre, regalo que ahora no tendría. ¿No nos ha enseñado Amaury Pérez que todo es pacotilla?

Entretanto, la afectada madre ni pío. Haned hijo de Haila se explayó acerca de la cantidad de terroristas que pululaba allá en Miami y de “tantos adolescentes matándose por el uso de las armas y drogas”. Y era en ese antro, en esa ciénaga moral, en ese infierno al rojo vivo, donde él quería ver cantando a su madre. Sí, sí, mucho cincuentenario de los CDR, pero poco Día de las Madres.

Hasta que, por fin, Haila madre del reguetonero Haned, habló de su propio caso y declaró que los artistas cubanos no tenían afán ninguno por cantar en Miami. Más o menos lo mismo que la zorra de la fábula dijo de las uvas que no podía alcanzar: que estaban tan verdes y que no le interesaban en lo más mínimo.

Haila Mompié no solo embarajó su desvivimiento por Miami’s wanikiki, sino que también embarajó la causa del rechazo que Miami le dedicara. Ni por un momento mencionó al viejito a quien ella le entregara su corazón, oh bolero infinito.  Ahora Haila intenta convencer a todo el mundo de que la condenan por haberse quedado a vivir en Cuba y por amar a su patria. Ella se da a sí misma el título de “La Diva del Pueblo”, cuando debería ser “La Patriota Postrada del Son”.

Ay, ay, ese cover ya lo han empezado a cantar otros. Sin ir más lejos, ese muchacho del dúo Buena Fe que se ha puesto a decir que ellos son criticados por vivir en Cuba. Y nunca por haberle cantado un cumpleaños feliz a Fidel Castro, no. No por haberle cantado a Chávez hasta en su capilla ardiente, no. Tampoco por dedicarle frases despectivas a las Damas de Blanco. Por vivir en Cuba es que los critican.

Y es que Buena Fe siempre hace pensar. La música de Buena Fe siempre hace pensar. Buena Fe es la poesía al alcance de Hugo Chávez. Buena Fe es la UJC allí donde La Colmenita es la organización de pioneros.

¿Fernando Hechavarría? No, ustedes tienen que estar confundidos. Fernando Hechavarría actúaba en un corto publicitario, no en una campaña política.

¿Gente de Zona? Ah, eso es fácil de explicar. ¡Lo que son las casualidades, caballero! Pues resulta que ellos tienen un socio del barrio que se llama igual que el presidente Díaz-Canel y por eso, en broma, lo llaman “Nuestro Presidente”. Y el dúo estaba actuando una noche, vieron a ese socio entre el público y lo reclamaron desde el escenario, y eso fue todo.

¿Serrano, cuál Serrano? Porque hay muchos Serranos… ¿Rafael Serrano? Ah, sí, ese del bigotón que modera el panel de profesores de “Escriba y Lea”… Mira, ya lo dijo en parte Haila y lo dijo en parte Haned. Lo dijeron Mompié & Mompié: los cubanos del exilio tendrían que estarle agradecidos a los artistas residentes en Cuba que, con tal de cantarle a su pueblo, se arriesgan a abrirse paso en Miami a través de niños con ametralladoras, bebés que se drogan y dinamitadores de aviones jubilados. Y todo eso para que les paguen con una moneda que sigue y sigue devaluándose frente al peso cubano.

¡Solavaya, solavaya!

Y se fue el año, gente.