Edificio en ruinas en La Habana. JORGE PERÉ DDC.-

A diferencia de Londres o Nueva York, en La Habana ‘la llovizna no es elegante’.

Por JORGE PERÉ, La Habana

—Casi las seis de la tarde en Neptuno y Galiano. Una fina llovizna se cierne sobre esta parte de la ciudad, amainando su estado vaporoso. La gente se mueve aprisa, utiliza cualquier cosa para taparse: periódicos, jabas, mochilas. Cualquier cosa menos sombrillas. A diferencia de Londres o Nueva York, aquí la llovizna no es elegante.

Me quedo inmóvil bajo un alero, y a mi lado un hombre viejo, echado en el suelo entre jabas, sacos y otros trastos que no alcanzo a detallar, chupa pacientemente un cigarrillo. Supongo que de un momento a otro aparecerá un taxi y me sacará de aquí, y en lo que esto sucede me dispongo yo también a fumar. Ahora la lluvia es más intensa y la ciudad se torna evanescente, como eclipsada por un espeso velo.

“Socio, dame uno de esos” —me dice el viejo con una voz gastada, marchita de tanto alcohol y tabaco malo.

Me mira como a un amigo de toda la vida. Su cara, estrujada y sucia, tupida por una barba grisácea que se hace amarilla en las puntas, me conmueve de golpe, y pienso que es justo darle ese último cigarro, que este octogenario, probablemente, no haya hecho otra cosa en todo el día que pedir cigarrillos, que acaso ese es el único placer que puede permitirse: fumar. Y saco el paquete, extraigo el cigarro y aprieto la envoltura. Luego lo miro fumar un rato sintiendo que le he salvado la vida.

Un Chevrolet azul, estruendoso, apareció junto a la acera. De la nada, también apareció a mi lado una mujer con un niño pequeño en brazos. Miré adentro del taxi. Tan solo quedaba espacio para un pasajero. Dudé una milésima de segundo, que la mujer aprovechó para preguntar:

“¿Vedado, niño?”

“A peso, mi tía.”

“¡¿Qué cosa es eso mi vida?! ¡¿Cuál es el abuso tuyo?!”

En ese instante abrí la puerta y me deslicé en el ínfimo espacio que dejaba, en la parte trasera, una pareja de cuarentones. El chofer clavó su mirada en mi rostro, miró nuevamente a la mujer, y me dijo que llegaba nada más al Coppelia. Le dije que me servía y con un gesto marcial el hombre tiró de la palanca y aumentó el volumen de la música.

“¡Descarado! ¡Están hechos unos descarados!”

Comenzó a gritar la mujer y no supe si se refería a mí, o si era con el chofer. En cualquier caso, el hombre no perdió tiempo: “¡Más descarada eres tú, vieja tortillera!”

Y la bestia comenzó a rodar torpemente, como si fuera a desarmarse en los próximos veinte metros.

Me quedé pensando en aquella mujer y el pequeño que resguardaba en su pecho. También recordé al viejo que parecía ajeno a cualquiera de estos dramas tan comunes. No pude evitar sentirme miserable.

Un CUC se volvía el precio para escapar de ese triste encuadre. Un CUC, me dije, ya no equivale a dos taxis en esta ciudad. Un CUC puede pagarme un auto o un paquete de cigarros, pero no las dos cosas.